Estás aquí
Inicio > Archivo - Archive > Ocho estrellas

Ocho estrellas

 

 

Hugo Eduardo AvilaMúsico, autor y compositor

 Argentina

hugoavila1@gmail.com

“…Usted pensará que somos poquitas, pero nosotras vamos a cambiar la historia…” (Mendoza – 1989) – Iris

Son las cinco de la tarde y el extenuante sol de octubre se manifiesta en todo su esplendor. La piel sudada, la tierra adherida, los pies cubiertos por medias largas y borceguíes, el uniforme, el cansancio físico y mental; todo obstruido del consciente por la activación de los sentidos de alerta que despierta el entrenamiento táctico y operativo. Llevar a la persona a conocer sus límites para que en estas situaciones pueda resolver conflictos o enfrentar las más complejas situaciones sin perder el más alto objetivo de proteger a las personas y los bienes involucrados, era el propósito del crudo entrenamiento que en la década de los 80 recibían los Cadetes, futuros oficiales de la Policía de Mendoza. Cada jornada iniciaba a las seis de la mañana cumpliéndose los ritos propios del centro de formación, que bajo un sistema de internado y castrense, regulaba las 24 horas del día para que los cursantes cumplieran con los niveles de exigencia académicos y físicos bajo un estricto control.

Pocos saben que por entonces la Escuela de Cadetes de Policía General Don José de San Martín funcionaba en uno de los establecimientos de la entonces Colonia 20 de junio, en Godoy Cruz, el mismo lugar donde hoy tiene sede el IUSP. El paisaje y el funcionamiento operativo del lugar era muy distinto entonces. Cuadras con cuchetas y cofres adaptados para la vida en el lugar, sanitarios, aulas, cocina, el gran comedor y por supuesto, la Plaza de Armas, donde la formación cotidiana tenía su espacio. Los docentes a cargo de la formación intelectual eran reconocidos académicos y profesionales en las ramas del Derecho, Literatura, Historia y Matemáticas entre otras, y eran minuciosamente seleccionados los Oficiales que se encargarían de las materias propias de la carrera; entonces el Mando, Estrategia, Táctica, Operaciones y demás, completaban un raid de ocupaciones cotidianas que se mechaban con la actividad física especial, normas de urbanidad, mecanografía (y desde 1989 computación), y por supuesto, el mantenimiento del lugar.

Toda esta antesala intenta contextualizar lo que ocurría hace 30 años, cuando 1989 representaba el emblemático final de una década que marcó al mundo con la caída del muro de Berlín, a nuestro país con el retorno del sistema democrático y a la Policía de Mendoza que, después de 179 años de historia, tomaba la decisión de poner a prueba el ingreso de mujeres al centro de formación de Oficiales del Cuerpo Comando. La percepción cultural y la idiosincrasia mendocina de la época deben considerarse, pues la Institución policial en la provincia tenía un carácter de burócrata profesional y un adiestramiento semimilitarizado bajo un estricto sistema de internado que duraba dos años. Solo el 20% de los aspirantes alcanzaban el título habilitante y el grado de Oficial Subayudante; la promoción Nº 58 ingresada ese año -la primera mixta- no sería la excepción, y es así que de las 20 aspirantes mujeres que lograron su ingreso solo 8 lucieron, a finales de 1990, el plateado rombo metálico en la paleta sobre los hombros de su uniforme, portaron el cordón de oro en el frente de su gorra bajo la escarapela y el escudo provincial y vistieron la doble bandolera, todos símbolos que representan el pleno ejercicio del Mando.

La decisión no fue sencilla, y llevarla a cabo, menos. La adaptación de los espacios y el ejercicio de lo cotidiano fue lo menos complicado; transitar cada día no fue simple para ninguno de los protagonistas del momento, mucho menos para ellas que debieron enfrentar los prejuicios propios de la época, de sus familias, el entorno de relaciones, el pensamiento colectivo que posicionaba a la mujer en un espacio de cuidado y mantención, o su capacitación profesional en otro tipo de especialidades que no comprometieran su vida, su integridad y mucho menos, que la pusiera al frente para comandar a cientos de mujeres y hombres formados en un sistema rígido y piramidal.

Dentro de la Escuela debieron enfrentar el pensamiento de sus compañeros directos, que al igual que ellas estaban sometidos al sistema, el de los Cadetes del año superior, que además contaban con un ejercicio de Mando que proporcionaba el orden de mérito, los instructores y directivos policiales e incluso, los profesores y profesionales que impartían la formación académica.

Templar el carácter no es simple, y sumarle a ello la crudeza que la historia delega a los pioneros y a quienes se atreven a dar el salto evolutivo, dejan un sinnúmero de historias y anécdotas que cimentan la experiencia y el aprendizaje. Así, el comienzo del relato transporta a un momento específico que dejó en mí un recuerdo indeleble. Sentados bajo el sol, sobre los cerros del piedemonte, al Oeste del viejo autódromo de los Barrancos y abrazando los pesados fusiles Máuser que no faltaban en cada entrenamiento y eran fieramente protegidos por cada uno de los cadetes, el Oficial a cargo de las maniobras enumeraba los errores detectados, la flaqueza y las consecuencias que podían tener en una situación real y por supuesto, la doctrina que era propia para los Oficiales, ser responsables de sus errores pero especialmente, el de sus conducidos, pues la seguridad de ellos también era su responsabilidad. En un momento el análisis tuvo un vuelco hacia el género y escaso número de nuestras compañeras. Todos albergábamos cansancio, sed, enojo y un cúmulo de sentimientos que nuestros rostros habían aprendido a ocultar y nuestro cuerpo a canalizar para transformarlos en ansias de superación, sin embargo Iris tuvo el coraje y determinación de pausar al instructor con una mirada difícil de obviar y tras la pregunta de – ¿tiene algo que decir?, con voz pausada, aplomada para una joven de su edad y con todos los sentimientos contenidos que le dictaban gritar su respuesta simplemente dijo –“…usted pensará que somos poquitas, pero nosotras vamos a cambiar la historia…”

Éramos jóvenes, casi niños, todos de entre 17 y 22 años por entonces. Proveníamos de familias humildes y trabajadoras, todos queríamos alcanzar nuestros objetivos. Lloramos y reímos juntos, nos levantabamos cuando nos caíamos y ayudábamos a quien se rezagaba. Adquirimos el don de la camaradería, el amor más puro y sincero que una persona puede manifestar por otra, pues, aunque no se sienta bien y aunque la situación sea fastidiosa o incluso de máximo riesgo, uno permanece porque a su lado está su igual padeciendo exactamente lo mismo. Con nuestras compañeras corrimos a la par, nos esforzamos y estudiamos sacrificando las pocas horas de sueño que el sistema nos permitía, Patrullamos las calles de los barrios colindantes cuando se creó el primer Destacamento Policial Escuela, compartimos desfiles y las ceremonias que coronaban el alcance de cada objetivo, y sufrimos la baja de aquellos que iban quedando en el camino. El respeto profesional que se ganaron, primero el nuestro, luego el de los instructores y directivos policiales, el de los profesores y del resto de los involucrados con el funcionamiento del establecimiento, fue solo el paso inicial, pero dejó en claro que se habían ganado el derecho por ellas y por quienes las sucedieran.

El ingreso de las próximas camadas de mujeres tuvo otras situaciones especiales, sin duda, pero encontraron a mujeres Cadetes superiores que las pudieron orientar y ayudaron a adaptar el proceso de formación bajo el mismo sistema.

Como Oficiales, y en el desarrollo pleno de la profesión, los desafíos fueron más crudos aún. Fueron las primeras mujeres policías, con ejercicio de Mando, destinadas a cumplir funciones en Comisarías y Unidades Especiales de la Policía de Mendoza. Claro que esto merece otros relatos, pero basta decir que de las ocho mujeres oficiales egresadas en esa primera camada, solo una llegó al grado de Comisario, que aún ejerce y se encuentra al frente de una de las Comisarías operativo-judicial más compleja del gran Mendoza. De esas ocho Oficiales, dos partieron demasiado temprano a los cielos donde, según se dice, los policías siguen patrullando y custodiando a sus compañeros, y de las cinco restantes puedo decir que abrieron el camino, sentaron sus huellas y llegado el momento se retiraron para volver a sus casas, con sus formadas familias, para disfrutarlas y brindarles su valioso y precioso tiempo. Ninguna llegó al grado máximo de la escala jerárquica, pero forjaron el camino que le permitió, este año, a la primera mujer en la historia de la provincia en alcanzar el grado de General, una sucesora de estas pioneras, que si hubiesen desistido hace treinta años, mucho tiempo más hubiese pasado para que se permitiera el ingreso de mujeres a ese centro de formación y otro sería el presente.

Es probable que la historia escrita y pública no las recuerde jamás, por eso me permito este texto, que difícilmente puede resumirse y que vagamente puede reflejar el importante aporte que hicieron no solo a la institución, a la provincia y a su género. Elizabeth Fernández, Iris González, Sandra Gutiérrez, Laura Infante, Adriana Ortiz, Sonia Strohalm, Alejandra Valdez y Carmen Ruarte; sus nombres son el título de esta historia, que no se reduce a este escrito sino al hecho que impacta en el alto porcentaje de mujeres que hoy son parte de una de las Fuerzas policiales mas profesionalizadas y reconocidas de América latina, son sinónimo de lucha, garra y determinación por ellas y por quienes las sucedieron, son la esencia que, mucho mejor que yo, describió la Doctora Clarissa Pinkola Estés en su libro “Mujeres que corren con los lobos” de cuyo relato dejo un pequeño extracto que refleja mejor mi admiración por ellas y me permite agradecer a la vida por la enorme oportunidad de ser protagonista del mismo tiempo.

“…Los lobos sanos y las mujeres sanas comparten ciertas características psíquicas: una aguda percepción, un espíritu lúdico y una elevada capacidad de afecto. Los lobos y las mujeres son sociables e inquisitivos por naturaleza y están dotados de una gran fuerza y resistencia. Son también extremadamente intuitivos y se preocupan con fervor por sus vástagos, sus parejas y su manada. Son expertos en el arte de adaptarse a las circunstancias siempre cambiantes y son fieramente leales y valientes.
Y, sin embargo, ambos han sido perseguidos, hostigados y falsamente acusados de ser voraces, taimados y demasiado agresivos y de valer menos que sus detractores. Han sido el blanco de aquellos que no solo quisieran limpiar la selva sino también el territorio salvaje de la psique, sofocando lo instintivo hasta el punto de no dejar ni rastro de él. La depredación que ejercen sobre los lobos y las mujeres aquellos que no los comprenden, es sorprendentemente similar…”

Fragmento de “Mujeres que corren con los lobos” (primera edición 1992)
Clarissa Pinkola Estés (1945-)

Hugo Eduardo Ávila

Top