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Impredecible – cuento

María García Marichal. Profesora de Geografía. Uruguay.  

mariagarciamarichal@gmail.com

 

– Vicente… Vicente…

Se sobresaltó cuando la maestra le tocó el hombro; estaba situada detrás de él, junto al banco de Flora y no la había oído acercarse. Algunos de los niños se rieron y Vicente sintió que le ardían las orejas hasta dolerle.

– Sí, señorita…

La voz era apenas audible en el salón silencioso de las cuatro de la tarde, cuando el calor de diciembre se instalaba entre las cortinas oscuras y la puerta abierta de par en par, negándose a escapar al patio. La maestra pensó que en unos días llegaría el alivio de las vacaciones; ahora tenía  que terminar el trabajo sin apresurarse, sin irritarse. Era difícil no sentirse irritada con Vicente: la distracción era su modus vivendi y había que arrancarlo de ella cada pocos minutos, mirarlo a los ojos, reiterar una y otra vez la misma idea hasta que se focalizara en lo que debía. Atenuaba su enojo el rubor subido que cubría la cara redonda y las orejas, el pestañeo propio de quien recién se despierta, las manos regordetas que buscaban algo indefinido y perdido en las hojas del cuaderno.

Suspiró y se puso en cuclillas a su lado para mirarlo de frente.

– ¿Terminaste la composición?

Él afirmó con la cabeza y le tendió el cuaderno. Cuando se incorporó, quedó inmovilizada por la sorpresa: cuatro páginas escritas con la letra menuda y prolija. Cuatro páginas.

– Trabajaste mucho. Muy bien.

La campana sonó inesperadamente y la quietud desapareció cuando veintidós pares de manos comenzaron a guardar mal que bien los útiles en las carteras. El murmullo previo a la salida se generalizó, los niños se formaron junto a sus bancos y fueron callando cuando la maestra se ubicó junto al escritorio para despedirlos.

– Hasta el lunes, niños.

El coro fue casi perfecto:

-Hasta el lunes, señorita.

Salieron al patio en fila: aún faltaba el saludo de la directora. Vicente se quedó relegado y miró largamente a su maestra.

-¿Qué pasa, querido?

Él señaló con el índice el pizarrón en el que una lámina grande, en brillantes tonalidades, mostraba una cabaña cubierta de nieve con un altísimo pino en el frente, un abeto elegante decorado e iluminado como en un sueño. Encima, con letra clara de maestra, se leía: “Composición: Nieve en Navidad”

-¿Puedo quedarme con la lámina, señorita?

Lo miró con curiosidad y la enternecieron los ojos alargados y oscuros que tal vez habrían andado por lugares que ella jamás imaginaría, porque sabía que en la cabecita de pelo cortado al rape existía un mundo desconocido para ella. Le sonrió, despegó la cartulina y la hizo un fino rollo que entregó al niño.

-Te la regalo.

Le dio un beso en la mejilla y lo vio sonreír como nunca antes: descubrió sus dientes desparejos, algunos de leche, otros creciendo muy blancos y el cansancio y el calor desaparecieron en un instante. Vicente salió corriendo cuando Flora lo reclamó para que llegara al saludo de la directora.

                                            .                 .                    

La madre entró con un montón de ropa seca que puso sobre una de las camas de los chicos y empezó el trajín cuidadoso de doblar cada prenda y separar en montones: de Vicente, de Javier, de Marianela, de ella y de Juan. Se la veía acalorada y cansada, con el ceño fruncido y las manos ásperas y ágiles concentradas en la tarea. Había dejado los guardapolvos en remojo para lavarlos al día siguiente y quedaban muchas cosas por hacer antes de que Juan llegara del trabajo en la quinta. La intranquilizó la idea de que aún no había pensado lo que haría para cenar: quedaba algo de verdura del mediodía y había recogido unos tomates lustrosos de una de las tomateras del patio. Respiró hondo y se deslizó como pudo entre los angostos espacios que separaban las tres camas para llegar al ropero de los niños. Se detuvo antes de abrir la puerta del mueble (que nunca se cerraba del todo) cuando vio la lámina extendida sobre la colcha gastada de Vicente.

Su hijo entraba en ese momento, recién bañado y con el vaso de leche en una mano y el pan con manteca en la otra.

– No comas en el cuarto.

Él se volvió para retirarse.

– Vicente, ¿de dónde sacaste esta foto?

– Me la regaló la maestra.

Y salió.

Ella recordó cuántas veces su hijo había permanecido largos ratos observando las postales navideñas de la librería sin decir nada. Era cierto que Vicente pocas veces decía algo. La doctora le había dicho que era un niño normal, con inteligencia normal, pero muy distraído y tanto ella como Juan habían salido de la consulta con una sonrisa forzada y con más dudas que certezas. De eso hacía dos años y su hijo aprendía sin grandes dificultades, pero con tiempos lentos; su vida transcurría en un tiempo manso, silencioso, con pocas risas y mucha observación. Todo lo observaba con un detenimiento de parálisis: los insectos, las hojas de las plantas, las lombrices, el vuelo de los pájaros… Una madrugada que Juan se levantó para ir al baño, lo descubrió de pie junto a la ventana del dormitorio mientras sus hermanos dormían profundamente; los ojos de Vicente estaban fijos en la luna llena que se elevaba muy despacio en un cielo lechoso de julio.

Lo había obligado a abrigarse, porque no quiso de ningún modo volver a la cama.

¿Qué habría encontrado en aquella lámina con el abeto de Navidad, luces y nieve? Ella había traído una rama del ciprés más viejo del campo de Paredes, uno de los que habían formado parte del jardín de la casa ahora casi derruida, había comprado globos de vidrio de colores y unas guirnaldas, había sacado las piezas del pesebre que, una a una, habían comprado desde que ella y Juan se habían casado y el 8, tres días antes, habían armado un paisaje en un rincón de la cocina, junto a la puerta.

Era el único espacio del que disponían, pero los niños estaban felices. Vicente se había quedado junto al árbol más de una hora.

– ¿No vas a salir a jugar?

Él la había mirado desde muy lejos.

– Necesitamos nieve. ¿Por qué aquí no tenemos nieve?

Mientras salía del cuarto para seguir con las tareas, recordaba que habían buscado en el libro de Geografía la respuesta a la pregunta. Habían mirado el globo terráqueo dibujado en su eje inclinado con los rayos solares incidiendo sobre él, las imágenes de las estaciones en los dos hemisferios, habían leído la explicación con detenimiento.

Vicente se quedó unos minutos pensando con la mano en la frente mientras ella esperaba que hablara, uno frente al otro en la estrecha mesa de la cocina en la que Javier y Marianela hacían sus deberes.

– Nunca vamos a ver un árbol con nieve en Navidad…

La madre se había reído y le había acariciado la cabeza de pelitos hirsutos.

– Cuando ustedes sean grandes, hayan estudiado y trabajen, podrán viajar y ver una Navidad con nieve en el hemisferio norte. Aquí, en diciembre hace mucho calor.

Él no dijo nada más.

Sí que hacía calor. Un calor intenso y pegajoso que le adhería el vestido al cuerpo y la hacía sentir agotada. Salió al corredor y vio a sus hijos sentados en la gramilla, a la sombra del paraíso. Rezó para que no dejaran de estudiar y pudieran labrar sus caminos, para que fueran felices… para que Vicente pudiera ver una Navidad con nieve alguna vez…

– Mamá…

Marianela se levantó y se acercó a su madre.

– Estuvimos hablando y queremos pedirte permiso para hacer un árbol de Navidad aquí, en el patio. ¿Nos das?…

– No podemos comprar más adornos…

Javier y Vicente se levantaron llevando una caja grande de cartón entre los dos.

– La señora de Pizarro nos regaló todo esto. Solo falta el árbol.

Javier la miraba suplicante, más grande, más intrépido. Imaginó que el regalo habría sugerido por su propio hijo; tendría que hablar con la vecina.

– Mañana temprano, antes de que caliente el sol, vamos a ir a buscar otra rama. Hoy no, porque ya se bañaron y hace mucho, mucho calor.

La aplaudieron y corrieron a sentarse a hacer planes para el día siguiente. Vio a Vicente que, sin prisa, iba en busca de su lámina. Fue a darse un baño antes de que Juan llegara.

                                             .                  .                      .

El calor fue aumentando hasta hacerse intolerable. Los días que siguieron se volvieron irrespirables, tanto que la tarde que se hizo el acto de clausura en la escuela, las maestras y algunas madres repartían vasos de agua con hielo a los alumnos y a las familias. Las gallinas extendían las alas con los picos abiertos y ni siquiera los pájaros se veían después de que el sol se elevaba un poco sobre el horizonte. El suelo ardía, las calles ardían, el aire ardía…

Tres días antes de Nochebuena, una nube negra y pesada que parecía arrastrarse, se acercó desde el suroeste con presagio de tormenta; un perfume de tierra mojada y agua tibia se tendió por el pueblo y por el campo. Todo se oscureció de pronto y un viento violento se abatió acarreando raudales de lluvia cálida. Vicente y sus hermanos a duras penas lograron entrar a tiempo su nuevo árbol. Luego, la calma, el cielo tan claro como un cristal azul y un pampero punzante y helado.

El frío sorpresivo se prolongó en un invierno olvidado; la gente buscaba los abrigos entre las bolitas de naftalina, se desdoblaron frazadas y ardió el fuego en la estufa de hierro de la casa de Vicente. Tanto fue así, que en la cena de Nochebuena,cuando el padre cortó el pollo que habían asado en el horno y la madre sirvió una ensalada tibia, todas las ventanas estaban cerradas como en junio; no hubo más que algunos petardos en la plaza cuando se reunieron los más atrevidos y las campanas de la iglesia para la misa del gallo convocaron a  no más de veinte fieles en la gélida noche transparente; bajo el cielo estrellado, el pueblo se recogía en una calma impropia de la fecha, cuando los saludos y los brindis recorrían los vecindarios.

Vicente no se durmió hasta muy tarde: embelesado, se perdía en la lámina que la maestra le había regalado; sentía los perfumes, la música, el frío de la nieve, el crepitar del fuego sentado en su cama y a la luz de una linterna.

                                       .                            .                    

– ¡Vicente!

Lo despertó el grito de sus hermanos. Saltó de su cama y cruzó por encima de las otras hasta la ventana de la cocina. Sus padres, Javier y Marianela se apretaban contra el vidrio empañado en un silencio incrédulo. Le dejaron lugar. Todo, el patio, la gramilla, el paraíso, los techos de las casas vecinas… el pino que habían armado afuera… aparecían blancos, tanto que destellaban en la luz primera de la mañana. Una escarcha espesa y pura lo cubría todo: nunca se había sabido que helara en diciembre.

– Así es el tiempo aquí: impredecible. Helada en diciembre…

Su padre lo abrazaba mientras miraba el espacio inmaculado sin dar crédito a sus ojos.

– Ahí está, Vicente, como en la lámina: tu Navidad con nieve. Bueno, casi: con escarcha.

El niño miró a su madre que sonreía como nunca y su cara redonda se iluminó mientras reía y aplaudía en la más intensa felicidad.

 

 

 

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