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Ella o yo – cuento

 

Yanni Tugores. Escritora uruguaya   

yannimara57@hotmail.com

 

Ella camina por la orilla de la playa. Una túnica negra le cubre los pies. Arrastra algo pesado en su mano derecha.  Camina de un extremo al otro y a mitad del recorrido se detiene. Levanta su cabeza y me observa. Solo distingo su silueta negra, su rostro enmarcado en una capucha, y sus ojos solo son cuencos blancos y vacíos que me miran fijamente.

¿Tiene rostro? No lo sé. No logro distinguir con claridad, estoy detrás del ventanal de mi apartamento en un noveno piso.

Todas las noches la misma rutina: camina de un lado  al otro, se detiene, me observa y continúa.

Afuera es verano pero aquí, dentro de mí, hace mucho frío. Me canso de mirarla. Giro mi silla y me dirijo al dormitorio. Me acuesto y me cubro con una manta tejida de cuadrados de crochet multicolores que heredé de mamá. Al fin logro dormirme.

Amanece. El sol majestuoso se posa en mi cama. Intento abrir mis ojos. No puedo. Algo enturbia mi pecho y sella mis párpados. Estiro mis manos hasta alcanzar la silla. Me incorporo del lecho y a ciegas tomo mis piernas y las bajo. Logro sentarme. Tiro de la manta y me cubro. Conozco bien la casa, no necesito mis ojos para recorrerla.

El frío es cada vez más intenso. Me dirijo hacia el ventanal y corro las cortinas. Puedo sentir el sol invadiendo mi cuerpo, pero no logra calentarme.

No tengo apetito ni ganas de hacer nada. Un olor nauseabundo se filtra en mis fosas nasales. Seguro que son las heces de la gata que no he podido limpiar. ¿Qué puedo hacer si no veo nada? “No importa, pienso, ya lo limpiaré”.

Decido  quedarme allí, inmóvil, esperando. Mimí, la gata, salta en mi regazo, maúlla y ronronea

Abro el ventanal y salgo al balcón, obviamente el animal se va. Ni idea de adónde  fue. Pero siempre regresa. No me preocupo.

Percibo que poco a poco se va el día complacido.

Mi olfato se impregna de sal, mis oídos del vaivén de las olas y de las risas de los enamorados que dejan la playa. Siento una luz brillante recorrer mi cuerpo, entonces sé  que hay luna llena.

Es  extraño ya no tengo frío. Por el contrario un intenso calor me sofoca.  Siento que alguien toma mi mano y me incorpora. Puedo sentir el agua en mis pies. Tocan mi rostro y abro mis ojos. Estoy caminando junto a ella por la orilla del mar. La miro detenidamente. Sus ojos ya no son solo cuencos vacíos y blancos, ahora se ven enormes, rojos y un halo de fuego rodea su cuerpo.

Ahora entiendo, viene a buscarme, me arrastra con ella pero… ¿Adónde?

El calor se hace más intenso. Yo no he sido mala.

-¡No, no! ¡Por favor, déjame!

Forcejeo y logro soltarme de  su mano. Me sumerjo en el mar y nado y nado hasta que no hago pie. ¿No hago pie? ¡Sí, mis piernas se mueven, puedo nadar!

Ahora mis ojos ven con claridad. Sabía que había luna llena. Que bello paisaje. El agua parece estar cubierta por noctilucas  destellando su luz. Mi cuerpo, desnudo, se cubre con esos destellos. ¡Qué placer!

Nado hasta la orilla y salgo. Aún no puedo creer que esté caminando. Me tiendo boca arriba sobre la arena y observo. Mi piel esta tersa y mi pelo recobró el color del trigo. Mis senos lucen turgentes y en mis extremidades, no se percibe  ninguna arruga. ¡Soy joven otra vez! Me acerco a la orilla y miro mi silueta, en el espejo que la luna me regala. Estoy desnuda, debo regresar. Antes tendré que  secarme, pero… ¿Cómo?

La playa está desierta entonces decido caminar de un extremo al otro.

A mitad del recorrido me detengo. Levanto mi mirada y veo la figura de una anciana en una silla de ruedas que me está mirando.

Al bajar mi rostro, una túnica negra me cubre todo el cuerpo. Comienzo a caminar en la playa de una punta a la otra, mientras mi mano derecha arrastra, una pesada guadaña.

 

 

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