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Córdoba siempre

Gerardo Molina. Profesor – Poeta y Escritor . Uruguay    gerardomolinacastrillo@gmail.com

 

Unida entrañablemente a nuestra historia desde los tiempos del Prócer, a quien admiró y honró con una espada confeccionada en la Fábrica de Armas Blancas de Caroya, en cuyas caras leemos: “Córdoba independientea su protector” y “General José Artigas- año 1815”, se yergue majestuosa y moderna, celosa sin embargo de su inconmensurable patrimonio histórico y cultural. De aquel lejano tiempo que mencionamos, había escrito el célebre poeta Arturo Capdevila: “El ensueño oriental conoció un instante de plenitud: aquel en que Córdoba se plegó al movimiento artiguista”. Córdoba era entonces el centro territorial y cultural de la América del Sur. Recordamos que Córdoba había sido fundada por el sevillano Jerónimo Luis de Cabrera el 6 de julio de 1573, con el nombre de Córdoba de la Nueva Andalucía. La traza original tenía setenta cuadras (diez cuadras de largo y siete cuadras de ancho).

Para explicar a Córdoba

“Para explicar a Córdoba, para mostrarla, hay que calzarse la ropa de poeta, empapar el pensamiento de historia, inundarse la mirada de colores y entonces, recién entonces, intentar describirla” escribió el Dr. Ruben Américo Martí, Intendente Municipal por los años noventa.                             En sus entrañas late un corazón provinciano pese a su perfil cosmopolita. En lo personal, es imponderable todo lo que la ciudad y el entorno transerrano con sus villas y sus pueblos eglógicos, su gente, las familias, los hermanos en el Arte nos han dado. Llegamos por primera vez con Marta, de la mano del artífice de los Encuentros de Poetas Oscar Guiñazú Álvarez, en 1987. “Hay un antes y un después de Villa Dolores” había afirmado el recordado poeta Horacio Goslino. Y es verdad, pródiga en afectos y caminos, la Capital de la Poesía, a modo de una ubérrima nodriza, alumbra, acrece, despierta y alimenta el desarrollo de las artes y las letras, fiel a la consigna de don Oscar “Poesía y Amistad”.

 

Fotografías: gentileza del Prof. Gerardo Molina

 

 

Córdoba en la voz de los poetas

 

Córdoba mía

No sé qué dice mientras voy pasando

Por estas calles de la plaza vieja

El canto que oigo, con su voz de queja

En que yo mismo estoy resucitando.

 

No sé qué dice con su toque blando

Esa campana. Acaso me aconseja.

O bien un salmo de piedad me deja

Con qué seguir por el camino andando.

 

No sé qué dice suspirando el agua

Del río que cruzaba en su piragua

El indio aquél que le llamó Suquía.

 

No sé qué dicen tus perennes voces,

Pero adivino que me reconoces

Y me haces mucho bien, Córdoba mía.

Arturo Capdevila          

 

                                          

 

Córdoba de los ochenta

Era la Córdoba de los 80. Llegué hasta sus calles,chuncana, pajuerana, desnuda de sauces y de abrazo de madre, analfabeta citadina para entender la velocidad de los colectivos y decodificar la red del tránsito, más allá del recorrido del 60, que me dejaba en las baterías de la ciudad universitaria. Eran los 80. Y mientras la poesía y el azar me llevan al anaquel de mi biblioteca para encontrarme con Sor Juana, la poeta y la monja, vuelvo por un momento a subir, como aquella estudiante deslumbrada, al viejo 60. Allí están los días, las lecturas, los compañeros que tomaron otros colectivos y que descendieron en paradas que no conozco. Tengo este boleto señalador entre mis dedos,y en la página marcada los hombres necios siguen acusando a las mujeres sin razón y son siempre la ocasión de lo mismo que culpan.El amor sigue siendo un bien esquivo, y la Sor Juana de la rebeldía me tira interrogantes desde los siglos y me digo que fue bueno elegir el camino de las palabras. Marqué el libro hace 26 años en una página que hoy me habla desde adentro, desde esa letra libertaria de una mujer que se animó a ser mujer sin hábitos en sus versos. Este boleto sepia, que promueve una Córdoba Limpia, este minúsculo trozo de memoria me ha dejado picando en el corazón aquella tarea de lectora improvisada y asustadiza, como quien descubre que el verdadero viaje no fue el de la línea 60, sino el de los libros, laberintos de ideas que tenían al luminoso hilo de Ariadna en la puerta de ingreso. Pienso que tal vez el 60 ruidoso y amarillo también pudo haber sido un mágico pretexto para que me bajara en la puerta de la Biblioteca y decidiera entrar.

Celia Inés López Miranda

 

 

Córdoba

Vivit sub pectore vulnus.

Virgilio

 

Cautivo del ensueño de tus sierras azules

-¡oh, peregrinos éxtasis de bienaventuranza!-

me fui como un aeda, camino de las cumbres

a buscar pueblecitos de paz y miel seráficas.

 

Y me admiró el rostro innumerable de la piedra,

como si el pensamiento de razas milenarias

escondiera un misterio de mudas elocuencias

en el hondo latido de su rígida entraña.

 

Y caminé otro cielo de añeja arquitectura,

con pájaros de bronce atravesando el alba,

que entre labor y preces, santa pasión y duda

destrenza como rubias guedejas sus mañanas.

 

Córdoba señorial y de espadas y tules;

Córdoba monacal, de penumbras beatas:

libro, birrete y toga, persiguiendo virtudes

por claustros recoletos y callejas arcanas.

 

Inasibles fantasmas me descubren e invaden:

soy hidalgo poeta que cabe una ventana,

de callados fulgores, deshila madrigales

y se aleja enhebrando su cuita apasionada.

 

Aldeana y señorial: te llevo en mis latidos

porque en tus pueblecitos de notas encantadas

y en el Quisquizacate de perfumes dormidos

tuvieron como un bautismo sideral mis alas.

Gerardo Molina

 

Grito de cemento

 

Sobre la piel lustrosa de la calle

Tu mano de cemento adormecida.

La brisa recupera en la Cañada

Su voz arisca de algarrobo y pita.

 

Tras la pollera azul de cielo-niebla,

La pausa conceptual de las esquinas

Arranca sus gemidos de ladrillo

En la tapia que agrieta una caricia.

 

Así te siento: solidaria, culta,

Ciudad apasionada, creativa,

Donde formé sobre tu faz difusa

Este claro perfil de la pupila.

 

Puedo ser quien redima tus olvidos,

Prender tu fuego, tu provincianía.

Campanario de fe con voz de siglo,

Redoblando en el bronce, verdecida.

 

Sobre la piel lustrosa de la calle

Un sueño de poeta te camina.

Efraín Barbosa

 

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