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Doña Marquesa – Una historia de Navidad

 

Hugo Eduardo Avila – Músico, autor y compositor

Mendoza – Argentina- hugoavila1@gmail.com

Ojos rasgados, profundos, azules, enmarcados por nutridos bordes y parpados que terminaban en pobladas pestañas que los protegían del sol abrazador y el reflejo en los arenales. Sus pasos cortos y constantes desplazaban su figura que por momentos evidenciaban a una anciana de edad incierta, y por otros, a una esbelta mujer de acallada e imponente presencia. ¿Quién no conocía a Doña Marquesa? –La Abuela- “esa señora que cura”.

Hoy podría considerarse paganismo o ejercicio ilegal de la medicina, claro, la cristiandad le había asignado el mote de “curandera”; pero sus ancestros y la castellanización de su idioma original la ungieron “Chamana”, término que surge como homenaje a una mujer sagrada, sabia, con pleno conocimiento de la naturaleza, la flora y la fauna; conocedora del cuerpo y el alma, protectora de milenarios secretos y con capacidad de predicción.

Nacida en las últimas décadas del 1800 vivió lo suficiente para presenciar los evolutivos saltos tecnológicos y sociales del siglo XX, sin embargo, aún en la década del ’80, cientos de fieles la buscaban en su humilde vivienda de adobes, techo de cañas y aplomada arquitectura huarpe, para confiar sus males a su santa intervención. Llegar era simple, o no, solo la pregunta de “¿lo de Doña Marquesa?, ¿sabe dónde queda?, le indicaba a los decididos pacientes cómo encontrarla. La oportunidad de verla recibir a alguien, y el preludio de éste haciéndole saber quien la recomendó, me enseñó que la sola mirada le bastaba para saber si el visitante sería digno o no de su confianza y sus artes. Tal fue mi suerte, que alguna vez me confió a la vista su preciada piedra beezar.

No es sobre los dones que tan conocida la hicieron sino sobre su rol de matriarca que la historia se inspira. De sangre Huarpe, y oriunda del actual territorio de San Luis, se afincó en Mendoza a mediados del siglo pasado al igual que gran parte de sus 11 hijos.

Pocos reconocen, a veces, que las festividades católicas han coincidido con celebraciones espirituales que la mayoría de las culturas del mundo han perpetuado en homenaje a la manifestación de la naturaleza, los astros y el cosmos; tampoco reconocerían que muchas de esas celebraciones se fueron camuflando con las propuestas evangelizadoras de la colonización primero, y la reafirmación que la conquista del desierto dejó después a quienes la sobrevivieron.
Por estos motivos, Doña Marquesa alimentó a sus hijos con ambos saberes. Uno místico y secreto, y otro público, social y cristiano. No obstante, las fiestas de fin de año guardaban los ritos entrelazados de ambas culturas.

Por entonces, las cartas escritas a mano eran el principal método de conexión. Así, el cartero, un pariente, un conocido o alguien que llegaba a determinado lugar y allí encontraba a quien finalmente llevaría el sobre a su destinatario (podían surgir tres postas o más), permitían hacer llegar los mensajes y la decisión de la Abuela sobre la casa designada para el encuentro. Con tanta limitación, estos ritos podían iniciar cuatro o cinco meses antes. Para más, el destino o el aquerenciamiento tal vez, había querido que todos sus hijos viviesen en zonas rurales o de montaña. Solo uno, el mayor, la acompañaba de cerca; un solitario residente que se había detenido en el tiempo y así lo evidenciaban sus prendas, modos y la formidable capacidad de caminar enormes distancias, pues, no conducía y no siempre tenía caballo a disposición. Quien entienda cabalmente el matriarcado sabrá el por qué.

Una fiesta de navidad en el campo tenía tintes muy distintos a los que se viven hoy en la ciudad. Las ceremonias se mezclaban entre modos de saludos, asistencias, recepciones y la tarea para la cual cada uno debía hacerse cargo. Claro, podían juntarse cien personas que transitaban sus vivencias entre llantos de recién nacidos y, por supuesto, la abuela.

La limpieza del patio podía arrancar dos días antes, con escoba de pichana y lejos del perro que estaba atado a un enorme tronco –que era capaz de mover cuando ladraba, o “toreaba”, furioso-. Como era tarea de los más chicos, el más astuto, o afecto a Doña Marquesa, se encargaba de ir regando el patio con el agua contenida en un tarro que alguna vez había sido envase leche en polvo, y con habilidad, alambre y varios pequeños orificios en el fondo –que se hacían generalmente con un clavo- se había transformado en un regador que eficientemente distribuía el agua en pequeños chorros o pesadas gotas, lo suficiente como para no levantar polvareda al barrer. Claro, la situación era propicia para un thriller de espionaje y acción oculta de la vista de los adultos. El encargado de humedecer la tierra, mientras subía y bajaba la palanca de una antigua bomba sifón que servía de grifo para extraer agua del pozo, miraba sigilosamente a quien, accidentalmente, mojaría al balancear el recipiente. Por su lado, los menos favorecidos y a cargo de las pesadas escobas, ideaban el modo de hacer que el agua se volcase sobre el regante y, accidentalmente, se viese cubierto por alguna nube de polvo que circunstancialmente se levantaba al barrer un guadal. Independientemente de los enojos y discusiones que podían terminar en los adultos “porque tu hijo ensució al mío”, era Doña Marquesa quien, con su sola mirada, acallaba hasta los más encolerizados. La faena podía terminar con algo de viruta de madera para cubrir los pequeños pozos que a veces eran parte del estadio donde se disputaban, “troya” mediante, las bolitas más coloridas, esas de vidrio, las que costaba conseguir; ni hablar de la lechera o un bolón de acero.

El encargado de la bebida, que hoy provocaría envidia entre los avezados bici montañistas, llegaba en una bicicleta rodado 28, de delgadas cubiertas y manubrio curvo a modo de cacho, pedaleando sobre la arenosa y ensanchada huella que oficiaba de calle; en acrobática contorsión, necesaria para el equilibrio, cargaba una enorme barra de hielo comprada en la cooperativa eléctrica, porque ahí funcionaba la cámara frigorífica también. Un enorme tacho, dos barras de hielo y agua, mantendrían la bebida fresca por los próximos dos o tres días. Solo el clericó tenía lugar en la heladera con motor a kerosene, pues, quedaba preparado en un recipiente enlosado que oficiaría de ponchera –claro que nadie sabía entonces lo que era una ponchera-

Reservaré, para no alterar a los modernos y citadinos protectores de la flora y la fauna silvestre o doméstica, como se seleccionaba la carne que posaría sobre la parrilla o se asaría a la llama; solo aclararé que no había supermercados ni almacenes de ramos generales en la cercanía. Las ensaladas, de las más variadas, el arte del picadillo para las empanadas y la masa de la Eloisa, única hija de Doña Marquesa, competían en sus destrezas culinarias con las esposas de sus hermanos. A veces, casi en la clandestinidad, la Eloisa extraía vainas de algarrobo que transformaba en harina para el patay; en complicidad, Nicasio, el hermano mayor, desplegaba sus habilidades para transformar la sustancia en dulce aloja que difícilmente compartía. Recuerdo la adrenalina que en alguna ocasión sentí al llevar a cabo un elaborado plan que me permitió llegar a una de las preciadas botellas. Mirar las estrellas mientras el anaranjado néctar llegaba a mis labios, fue lo último que observé detenidamente, y por unos instantes, hasta que el aire fresco completó el ciclo del “machado” y por supuesto, no recuerdo haber vivido esa navidad.

Las mejores ropas, elaborados peinados y la cara limpia en los más chicos, constituían la policromática presencia de su descendencia. Hijos, nietos, bisnietos y tataranietos. El sol se perdía tras las montañas y las baterías se conectaban para dar energía al sistema de iluminación estratégicamente diseñado para la ocasión. Risas exageradas, constantes elevaciones de tonos de voz, los repetidos chistes, las tradicionales preguntas y acertijos a los más chicos y el bullicio que solo cesaba, por instantes, para deglutir, eran la ceremonia familiar que Doña Marquesa contemplaba desde la punta de la mesa. Callada, mujer de campo, India, poseedora de los secretos de su raza, supo adaptarse a los tiempos e insertar a su familia en la modernidad conocida. No aprendió a leer ni escribir, tenía nietos a quienes dictar. Su habilidad radicaba en leer la naturaleza, también la humana, y no equivocarse en ello. Al fenecer, cada uno de sus hijos cubrió su lugar en cada una de sus familias, y poco a poco, junto con mi niñez, se fueron desvaneciendo en el tiempo las multitudinarias fiestas navideñas.

Hoy, lejos del misticismo, intento encontrar a mis hijos y a mis nietos en alguna de estas ceremonias; cada uno tiene su propio fixture para cubrir sus compromisos, y si bien conocieron algo de esta esencia en la casa de la Eloisa, mi mamá, me encuentro muy lejos del magnetismo familiar que tenían ella y mi abuela.

Hugo Eduardo Ávila
Dic.2019

NOTA: Entre 1877 y 1878 se llevaron a cabo los movimientos preliminares de la expedición al desierto. Estas campañas finalizaron con la derrota de Namuncurá, Catriel y Pincén. Pueblos no guerreros y muy extendidos, como los Huarpes y Comechingones, padecieron el sometimiento y su mano de obra esclava fue utilizada por el huinca. En la foto, en el regazo de su madre -matriarca Huarpe de Las Chacras- Doña Marquesa. Se evidencia el recorte de la foto original para pegarla luego en el centro del Escudo Nacional Argentino. Se acostumbraba en la época. Herencia en mi poder, Doña Marquesa mostraba orgullosa a su madre que, en una de las tantas intervenciones políticas que tuvieron las mujeres de la época, salvó a toda su comunidad de lo que pudo ser una segura aniquilación.

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