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Un paso, luego otro … y otro más

 

Hugo Eduardo ÁvilaMúsico, autor y compositor

Mendoza – Argentina- hugoavila1@gmail.com

  Texto y fotografías del Autor

 

La escarpada se presenta dificultosa porque la arenisca entre las piedras pone a prueba el entramado de la base del calzado en cada paso; sin embargo, el esfuerzo es altamente recompensado. A escasa distancia, el Plata vigila mi presencia escoltado por el Cerro Negro, el Lomas Amarillas y el Franke, mudos testigos del paso del tiempo en ese valle cordillerano.

En la subida, cada mirada está destinada a encontrar el lugar propicio para el próximo paso; por ello es vital detenerse, cada tanto, para observar cómo cambia el paisaje de acuerdo a la perspectiva. En la inmensidad, el color ceniza se exhibe dominante en el cromático paisaje, y da vida al recuerdo.

Son casi las nueve de la noche y el frío de julio en la montaña se ve alterado por las constantes ráfagas del zonda. Los primeros llamados de emergencia son para dar cuenta que los cables de distribución eléctrica danzan al compás del viento y ponen a prueba la sujeción en cada poste. Finalmente ceden, y algunos de ellos deciden abandonar el vaivén en las alturas para dejarse caer en tierra dibujando su trayectoria con destellos dignos de fuegos de artificio.

Los vecinos, conocedores de estos temporales, comienzan a encontrarse en la calle principal, saben que hay muchos turistas que no conocen el lenguaje del viento enfurecido y, probablemente, más que inquietos, están asustados. En la oscuridad aparecen luces blancas abriéndose paso en la noche al tiempo que las intermitentes luces azules anuncian la llegada de los policías de la villa. Están todos de acuerdo, hay que verificar el estado de la gente que vino a pasar el fin de semana, pero entonces, el inquieto Gilanco, preso en las ráfagas del zonda, despliega su salvaje imaginación y acelera en oleadas que se bifurcan en las caprichosas formas de los cerros y se manifiestan en estruendosos sonidos arrancados de las copas de los arboles. Es necesario evacuar. Móviles policiales, vehículos particulares y el colectivo de la empresa de transporte que cubre la zona, son utilizados en la tarea. La oscuridad es una fiera aliada del viento y parece ser enemiga de los operadores que ya han pedido asistencia; pero todo podía cambiar, y así fue. Luminiscencias naranjas comienzan a dibujar caprichosas formas a lo lejos, y nuevamente Gilanco se manifiesta travieso al esparcirlas por la sequedad de los montes avivando la luz del que ahora, es un fuego enfurecido.

Horas o minutos, el tiempo no tiene tiempo. Las llamas avanzan y dibujan saltos acrobáticos que dan inicio a nuevos focos. A lo lejos, paredes de fuego parecen gritar en son de guerra y, en casi nada, el calor se siente vívido en la piel sudada y con tierra adherida que fue esparcida por el viento. Las corridas, el agua, la vegetación, los animales, las casas; los gritos y la desesperación. Todavía más. Como misiles se disparan al aire las garrafas de las casas incendiándose, y la fugaz y violenta flecha de luz, anuncia el estruendo de la explosión que la acompaña.

La mañana llega y la Pacha Mama interviene retando al Gilanco del zonda, y como dicta su penitencia, el espíritu del indiecito se calma ante la salida del febo invernal. Después de las tareas propias, el paisaje ennegrecido se muestra allí donde la naturaleza vestía colores arbustivos y cactáceos; y la desazón, y el llanto. Pero la Pacha Mama es vida, es sincrónica y fértil, y la montaña es agua, desafío y aire. Y así lo percibí hoy. A escasos meses de aquella fatídica noche, entre oscuras raíces y ennegrecidas piedras, miles de pequeños y amuchados verdes anuncian vida.

Un paso, uno más, y luego otro; y detenerse para apreciar con otra perspectiva. La Pacha Mama, la Naturaleza, la montaña y el cielo nos gritan con su callado mensaje. Allí donde todo parecía muerto había vida por florecer. En un ciclo constante e incontenible, se abre paso y anuncia que la primavera tendrá color.

El cansancio me invita a la reflexión y a la profunda bocanada de aire que recorre mis pulmones y retorna al ambiente con dejos de exhalación y suspiro. Y pienso… ¿Cuántas veces sentimos que todo terminó y no quedan más salidas, que no hay más, que no podremos, que no se puede? Está en nuestra naturaleza, somos parte de un todo, de un ciclo constante que se renueva y evoluciona, que a veces cambia pero que siempre tiene color. Me detuve a observar las plantas que apostaron a vestir sus oscuros tallos con verdes y frescas hojas, a los cactus que se despojan de sus amarronadas carcasas para dar lugar al verde que nace desde abajo, y a las quemadas piedras que permiten el visual contraste con los pequeños vergeles que en algún verano volverán a vestir de esperanza el marco de la villa cordillerana.

La mañana avanza y el sol se manifiesta con la fortaleza y el calor de noviembre. Una mirada más, y comienzo el descenso. A lo lejos, el Plata y sus fieles custodios me observan, y según creo, con la pacífica certeza de que he comprendido el mensaje. La vida siempre se abre paso, y siempre te da una oportunidad si estás dispuesto a seguir.

Hugo Eduardo Ávila.
Nov.2019

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