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La rosa que se enamoró del poeta

 

 

Gerardo Molina. Profesor – Poeta y Escritor  – Uruguay   

Poema y foto del autor

gerardomolinacastrillo@gmail.com  

 

Albores de junio. El poeta, gustador de azarosos periplos en su bici y de largas y soledosas caminatas que suelen acercarle las musas –en veces esquivas, en el bullicio de la ciudad-, una tarde de sol que atenuaba el frío que ya invadía la campaña, decide hacer una visita en el paraje Las Brujas Chico. Por las graciosas ondulaciones del solar nativo, dirigió sus pasos. Y en lo alto de una colina verdeante, una casa de ensueño, parecía aguardarlo. Ornada por un parque, lugar paradisial que, seguro, elegiría Dios para una estancia en la tierra, con plantas y árboles autóctonos, natural refugio de habitantes, no tan comunes hoy, como búhos, ñacurutúes, urracas, picapalos y una inimaginable variedad de pájaros, premio a la sensibilidad y cuidados de sus dueños: Ángel y Mireya.

Llama, desde el patio, mientras se inclina a admirar y aspirar el aroma de una rosa. La historia, las anécdotas, la poesía, colmaron esa tarde de preciosas vivencias y afectos compartidos.

Pasó el tiempo. La rosa siguió allí, incólume, enhiesta, airosa, elegante, con su perfume y su gracia, y encendido color dominando el jardín, ora extática, ora ondulante cuando las auras la besaban suavemente. Así, esperó horas, días, meses. Transcurrió todo el invierno, soportó estoicamente sus rigores, pero el poeta, a quien no olvidó, no llegaba. ¿Intuyó, imaginó acaso que, muchos años atrás, aquel adolescente –poeta en cierne- ya la había soñado e imaginado cuando escribió: Jesucristo entre todos los dioses, / una estrella entre todos los astros, / entre todas las flores, la rosa/ y una frase entre todas ¡te amo!? ¡La rosa! Sí, no cabían dudas, era ella, la única, la elegida.

Pero, al fin, sin abdicar de su fidelidad inquebrantable, transida y resignada, fue marchitándose, poco a poco, transfigurada, casi humana, con el recuerdo del vate y sus versos que marcaran su destino y cuyos ecos aún guardaban las colinas, el valle verdeante, los caminos…

Mireya, sensitiva y gentil, guardó amorosamente sus pétalos y eternizó, con palabras nacidas de su corazón, aquella historia del poeta y la rosa:

La rosa, ¡tan linda! / Por todo el invierno, / Guardó su perfume, / Guardó su color/ ¡Ay!, para el poeta/ Que ya no volvió. // Se rindió la rosa/ Y dentro de un libro, / Guardó su perfume, / Guardó su color.

 

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