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La Libanesa

 

Prof. Emilia Beatriz Maraude

Profesora, Comunicadora Social , Escritora

 Villa Ocampo, Santa Fe, Argentina – bmaraude@gmail.com

 

Sus ojitos cansinos miraban en derredor, no sabían si eran dirigidos a cada uno de los rostros o solo pedían ayuda de oxígeno. Arduamente su nieta, Médica Pediatra recién llegada, intentaba desde sus conocimientos dialogar con el médico y sujetaba con manos temblorosas la fina manguerita que la estabilizaba, apenas,  a la vida.  Unidas en puro amor, se encontraban las cuatro nietas quienes vivíeron con ella “toda la vida” esas, de las que fue abuela atenta, la cuentacuentos, la de las lecciones de vida, la de la siempre convivencia. Todas allí, también sus cuatro hijas mujeres, en una invocación al amor, a la vida y a la partida;  se tomaban de las manos y sostenían esa cabecita pequeñita como su cuerpecito…Era el momento.  No lo querían aceptar. Sintieron en su fuero más íntimo lo cúlmine de esa vida que en sus más de nueve décadas fuera digna de afecto, de tanta gente que la conoció; múltiple, sincero. Siempre mostró que ella, La Libanesa era una oportunidad de amor, de sosiego, de calma y, en particular, de respeto por el otro; ese que la hacía querible, respetada y escuchada según anécdotas de su país natal.

Se esfumaba su vida, se iba La Libanesa con un último beso en cada mejilla. Ella lo hizo, pudo hacerlo con sonoros y aún tibios labiecitos…

 

Llegó en un barco desde el Líbano. Solo, solo seis años tenía. Un idioma perfecto la destacaba en su incipiente niñez. Sus padres y un hermano pequeñísimo, llegaron a la Argentina a festejar un casamiento. Venían a conocer a la  futura familia de la hermana de su padre y regresarían a Chekka, ese suelo verde y arenoso (del oeste al este), montañas y ríos, solo 350 km de tierra; rodeada por mar, cruzada por quince ríos provenientes, todos, de sus propias montañas.

De allí salieron y vinieron para regresar…

Y aquí se desarrolló la protagonista, nuestra  impecable Libanesa.

Comenzó la escolaridad  y, dado su rápido bilingüismo en la escuela, fue el hazmerreír de inocentes niños y niñas que formaban una ronda  a su alrededor para que cantara en árabe… Entonces las carcajadas se multiplican, esas que con el tiempo se acumularon en sonoros dolores insospechados  (porque  en sus años adultos, eso no callaba, lo repetía una y otra vez, imposible borrar tanto desprecio…)

Y esa niña gestó su propia identidad, con mutismo insólito para tan pequeños años, con apenas recuerdos que no se explayaban, y con otros, de regocijos, apenas perceptibles.

Ya no había retorno. Sus padres se quedaron aquí porque su madre había enfermado y, a la espera de una mejora los  años le robaron la ilusión del regreso.

Uno de los maestros no comprendía cómo una niña con un idioma y escritura tan compleja podía interpretar el español y, además, ampliarlo en sus escritos. Sí, claro que podía  y eso la hacía distintiva.

Así fue que en ese no reconocimiento de la ignorancia adulta, los sucesos acaecían con dolorosa certidumbre de que él, algo encontraría para burlarla o vapulearla…

─Alumna José párese al frente y explique ¿por qué escribió la palabra “ambo” como sinónimo de dos?

─Señor, lo escribí porque en las facturas que recibe mi padre cuando llegan los trajes dicen: un “ambo” “dos ambo”…

─¡Siéntese inmediatamente!   ¿Qué atrevimiento es ese?   Cómo que de facturas y facturas. ¿Qué invento es eso? Con un punterazo y un llanto oprimido se fue a su rinconcito a la espera de más daño infantil pero en su interioridad se decía muchas cosas e incluso desdeñaba los conocimientos “del maestro aquel”.” Aparicio se apellidaba, decía La Libanesa.

Hechos similares y  otros,  la marcaron de  por vida; porque en sus últimos años traía con dolor esa experiencia dañina a un inocente ser (aunque en ese mismo momento ella ya comprendiera que el maestro ignoraba tal sinonimia).

Una y otra vez episodios como esos fueron forjando su identidad. Pero lo extraño fue  que jamás con rencor ni odios, sino con la comprensión que le daban sus padres; al explicarle en su idioma el porqué de actitudes como esa.

 

Inútil ya, imposible ya, o ¿era el intrínseco orgullo de su  madre por no volver así?  O ¿quizá el dolor de la indiferencia de Oriente la anulaba a emigrar?, ¿ahora sí a su suelo querido?

Y aquí se quedaron “todos” por siempre y para siempre, nadie regresó siquiera. ¿Tanto mutismo, tanto dolor impedía el viaje?

“Argentina fue entonces el suelo que los cobijó”, permanente dicho de la madre de La Libanesa. Y con el devenir, de ella misma.

En ocasiones cuando sus padres la encontraban llorando, a escondidas, le preguntaban por qué y se negaba a decirlo. No quería lastimarlos. Pero ante tanta insistencia les comentaba cómo algunos paisanos del lugar se reían de ellos, (de sus padres) al escucharlos hablar en su medio dialecto.

Así fue que sintió un alivio profundo en su íntimo ser al verlos reír  a carcajadas, invitándola a hacer lo que a continuación se describe:

─Acérquese hija nuestra, a ellos, a los que se ríen, invítelos a viajar al Líbano y que allí intenten expresarse en nuestro idioma… Sabiduría milenaria para acallar tanta aflicción.

De esa manera el dolor se apaciguaba con palabras tan dulces y con la ternura dicha, ¿Cómo no aceptar esa necedad de la ignorancia?

No lo hizo, no se acercó a decir nada a ninguno. No se atrevió. Pero jamás olvidó avatares como esos.

Niñez y adolescencia intempestivamente se esfumaron. Su rol de hija mayor le sugería que dado el idioma no debía alejarse jamás de sus padres.

 

Sus hermanos, cuatro; uno  también, como ella del Líbano, otros argentinos, crecieron unidos en el seno de dos culturas que los forjaron bajo esa consigna “bendigan el suelo que nos cobijó”.

A los quince años, dada  su locuacidad y profuso intelecto, la constituyeron secretaria del Club Social. Y en ese mismo tiempo, los dueños de una casa comercial de ramos generales visitaron a sus padres,  a ellos que nunca lograron hablar bien el idioma, pero entendían muy bien su fonología; para solicitarles le permitieran a La Libanesa ingresar como tesorera de la firma, en realidad, cajera ya que en tiempos pretéritos su condición era esa, justamente.

Cuando la joven se interioriza de la situación dijo un rotundo no a los mismos ya que su deber ser era estar en el negocio paterno y ayudar allí con todo. En particular en las misivas que viajaban a la ciudad de Buenos Aires donde se adquirían las prendas para damas y caballeros del  lugar y de poblaciones cercanas.

Su padre, un hombre calmo, le explicó que debía aceptar ya que eso le permitiría conocer otros mundos de comercio a escala nacional.

Era una niña -mujer-  sumamente respetuosa y aceptó la confianza de sus progenitores con gran angustia, aunque sabía que igual se ocuparía de las cuestiones del comercio familiar.

Así, inicia un nuevo tiempo laboral que asume con total responsabilidad. A punto tal que cuando entregaba dinero de la caja, a los dueños del emporio comercial, quienes lo extraían  sin comunicárselo, ella les solicitaba le firmen, en un cuadernito organizado por sí misma, no solo dichas firmas sino día, hora, y montos extraídos. Eso dialogado con sus padres con los que compartía todas y cada una de sus decisiones.

Tan solo quince años y una extraña belleza se visualizaba en su fino rostro: ojos oscuros, nariz bien definida, pómulos apenas visibles, boca roja empeñada en estarlo; ya que sus labios amplios y finos requerían el labial carmín…

Mientras tanto,  sus primos que habían nacido del matrimonio al que habían venido invitados desde Beirut (Líbano) iban creciendo y la buscaban cada mañana o tardecita del trabajo. Jamás sola regresaba…

Y era la plaza y su recoleta la que la hacía soñar o era el tren al puerto del  río Paraná, lo que le permitía mirar el agua que corría feroz hacia su desembocadura, la que la hacía imaginar que, las mismas en su avanzada, un día, serían testigo del regreso a ese Mediterráneo; al que añoraba de una forma implacable, unívoca; sentimentalmente dolorosa.  Quizá cada castillo de arena allí construido fuera ya pensado en perspectiva de futuro.

¿Cómo podría una niñita imaginar que la arrancarían de ese vergel y que nunca volvería?  ¿Cómo pensarse extranjera en tierras tan disímiles si su vida allí era plenitud total?

Abuelo paterno esculpía el oro para las iglesias, abuela materna junto a su abuelo tenían embarcaciones que viajaban permanentemente a Grecia, donde seguramente realizaban el comercio de especies, perlas, adornos ─y otras milenarias actividades del hombre libanés─ que  exportaban a través de ese mar.

Cuantas veces, aún en Chekka, Líbano, los saludaba con sus pequeñas manitos; diciéndoles que vuelvan pronto con una sorpresa de cada lugar que recorrían.  Y allí también estaba aguardándolos; viendo cómo, sus tíos, se acercaban a esos inmensos barcos para verificación del orden “correcto”, vocablo que signó su vida…

Lo correcto, lo honesto, lo bueno, lo educado, lo respetuoso, lo amable y, cuántos más que recordó y puso en práctica en su larga vida esa libanesa precoz. Qué niñez coartada.

¿Jugó alguna vez? ¿Tuvo amigas en su infancia?, ¿correteó por caminos polvorientos y zigzagueantes? ¡No, de hecho,  jamás!

Mientras el devenir transcurría, ella y su madre dialogaban sobre su bendita tierra. Y Omme, así se decía en árabe el significado de mamá, le contaba con un sesgo de dolorosa remembranza el porqué habían venido al norte santafesino…

Los vericuetos del destino se enroscaban en cumplir con la condena:

─ “Hermana, debes seguir a tu marido”.─ Fue la sentencia del varón mayor de la familia Exfure.

Ella era la única hija mujer y la tradición se respetaba. El varón tenía la autoridad. ¿Ni siquiera su madre pudo contradecir tal destino? Esta no emitió pensamiento alguno. Silenció su dolor y permitió que su hija y familia viajasen a una boda  a lo opuesto de ese,  su mundo…

¿Qué daño quebró el lazo filial?  Dos lejanos continentes los separarían, tierras distintas: una paradisíaca, otra, en ese tiempo y lugar; páramo casi lúgubre por sus casas de algarrobo y barro. ¿Era real tanta disparidad, tanta negligencia?  ¿Cómo fue posible que concluyeran allí?, sí, allí, en esa vivienda considerada provisoria…Ella, Omme la del Mediterráneo y barcos petroleros ¿Qué conjuro se alineó con otro para tal supervivencia?

No disparaban de una guerra, no venían a encontrarse con América, ¡no! ¿Solo fueron invitados a pasear a un mundo inhóspito? ¿Por qué y para qué?  ¿Acaso el maleficio estaba escrito?

¿Qué ocurrió con la poderosa familia materna? ¿Qué destino determinaba que la única mujer de cinco hermanos varones tuviese que desprenderse de su simiente poderosa? tierras, barcos, políticos adinerados, dirigentes importantes de partidos políticos Y, también de las instituciones de Chekka. Poderosos todos porque venían de una estirpe señera: bisnieta del Libertador del Líbano quien fuese envenenado por los turcos otomanos en pleno vuelo a Italia, país al que destinaba su misión diplomática… Reconciliar conflictos que, creía, poder desenmarañar. ¡Inútil ya!

Vaya estirpe de la Libanesa. Aunque aquí nadie supiese quiénes eran y qué linaje tendrían. Ellas sí lo sabían pero callaban, ya que la madre siempre les decía: “Nunca digas de donde provienes, que tus acciones hablen por vos”; por “Uds”, legado ese, que se transmitió de generación en generación.

Pacto sellado de doloroso silencio.

Trágico porque la muerte llegó despacio, lenta para llevarse a Omme…

Solo una pluma imaginaria pudiese relatar  lo que en su cama de expiración ”Omme” hizo estallar como  una gota de agua salada del mediterráneo, simbolizando el desgarrador extrañamiento, así también desgarró a quienes la escucharon, quienes le tomaban sus manos en son de adiós.

─”No te perdono Antonio, hermano mío, que me hayas arrancado de mi amada Chekka, de mi madre, de mi familia toda” ¿Por qué lo hiciste, por qué…?

Y quedó aquí en esta tierra, desgranándose sus huesos para alimentarla como ella lo hiciera cuando llegaron a este suelo bendito.

La Libanesa ya otorga en silencio el dolor oculto de su madre pero no da explicaciones, ese pacto se cumplió por siempre y para siempre.

¿Mandato de silencio honorífico, vergonzoso, piadoso, inconmensurable, triste o lapidario?

Cuál de todas esas adjetivaciones era la adecuada para el silencio demasiado pesado; para quien tenía una hermosa familia con su Henry amado. Quizá a Él le contó… Quizá… Pero nunca se supo ya que el pacto es el pacto y el juramento es perjuria si lo dices.

Esa fue Omme, la madre de La Libanesa, quien legó a su hija toda su sabiduría, su filosofía ya que trajo desde allá el pensamiento de los filósofos… “Los que creían que la razón humana en armonía con las normas del funcionamiento formuladas en la lógica aristotélica podía conducir a una verdad demostrada”  (Albert Hourani).

Leía en otros idiomas, como el francés o el ruso. Asimismo tanta literatura del siglo XIX,   tanta lectura de libros que trajo de Oriente y que ella, nuestra Libanesa, los releyó ya que ella hablaba, escribía y leía el mismo idioma (árabe).

 

Así se desarrolló La Libanesa, así fue gestando su propia identidad, su mutismo callado, insólito para una adolescencia sensata, muy temprana. Ya denotaban su porvenir callado. Predicción cumplida en su matrimonio y maternidad. El silencio fue su bitácora y la engañosa dicha del país generoso, logró que todos así lo sintieran.

Nadie se percató de la omisión de lo que hubiese sido su regreso (junto a sus padres) o su correspondiente legado; herencia correspondida y negada por sus ancestros mediterráneos.

“Juventud divino tesoro”; en sus paseos de domingos junto a sus primos conoce a un joven apuesto, erguido, bello, de ojos índigos que impactaron en la Libanesa…

No le dio favor alguno, por el contrario, se corría de lugar para no caminar cerca: íntima vergüenza, trémula timidez; temerosa de ser elegida.

Es que ella era única, como Él, (descendiente de franceses), pero La Libanesa tenía su particular encanto. No era simple, ni común, ni sumamente bella; era extraña presencia, era figura genuina de otros lares imposible de imaginar.

¿Qué hacía esta joven extranjera en este norte santafesino?  ¿Cómo quedó en este suelo?

¿Qué les impidió regresar a su Chekka natal? ¿Reminiscencia, quizás de los primeros escritos, del dolor de su madre por el desprecio de uno de sus hermanos?

Pero estaba aquí, en Argentina; inocente cual pan  manteca en el amor. Pero segura en sus convicciones: eximia contadora (estudió por correspondencia) en la Academia Pitman: Jefa de Contabilidad y Teneduría de libros; fueron sus primeros títulos porque su misión era indisoluble, siempre, siempre, ayudar a sus padres que aun adultos; no podían expresar claramente el idioma castellano. Y ella, bilingüe, los asesoraba, los guiaba y los hizo grandes comerciantes, en particular a “Baie” (en fonología árabe significado de papá).

Era verborrágica, pero, solo para los íntimos (su familia). Porque para ese apuesto galán, las palabras no salían, se quedaban acorraladas en la laringe incapaz de emitir sonido. Es que la armoniosa figura la inhibía…

Poco a poco escuchaba el diálogo que mantuviera con sus primos y primas y sin perderse detalle guardaba como en una cajita con mil llaves todo lo que iba conociendo de Él… Algunas la sorprendían, otras la animaban, y en ocasiones se preguntaba cómo una persona tan creativa, impulsora de grandes ideas, casi desafiantes para la época, todavía no había logrado su propia independencia laboral.

Sí, fue ese el punto de partida del interrogatorio que escapó de sus labios carmesí sin detenerse. A borbotones le cuestionó, sin pudor alguno, su pensamiento ya transgresor… ¡Claro que sí!  ¿Por qué? ella desde sus 15 años  ya trabajaba en un comercio mayorista con dueños de Buenos Aires? ¿Y ese joven con la brillantez que demostraba en cada escucha aún no había tomado tal decisión?

No demoró Henry en responder, era lo que esperaba su corazón enamorado, era esa especie de flor que se abre en primavera para mostrarse tal cual y allí en ese mismo instante y con todos a la expectativa le contestó.

─Tengo todo listo (fue listo al decirlo, porque sabía de su gran compromiso con lo laboral): salón comercial y hogar, proveedores de todos los rubros, incluso anexos para  la decisión de una mujer. Sólo necesito el sí suyo,  y la pondré en un pedestal.

Silencio abrumador de La Libanesa, exultante asombro y algarabía de sus primas…

─Será Ud. la dueña de su comercio anexo al mío. Por eso y porque me he enamorado de Ud perdidamente, es que me atrevo a tenderle mi mano en son de compañía por siempre y para siempre. Y permítame también  hablar con sus padres para ofrecerles lo que le acabo de decir y pedir formalmente, su mano…

Y allí fue Henry con su locuacidad, con su enamoramiento sincero, con lecturas de literatura universal, con su señal de futuro, con ideas innovadoras para la época (1939).

Sí,  un pionero, un visionario que les propuso una común unión para el proyecto que ya cimentaba raíces…

Las nupcias fueron soñadas. Se casaba “La Libanesa”. Su  traje de reina oriental con un tocado quimérico deslumbraba a quienes allí estaban.

Él con un smoking azul, que lo hacía más esbelto, más extrañamente interesante como si sus ojos púrpuras, relucientes como el alba, fueran los que denotaban orgullo de haber logrado su sueño… casarse con La Libanesa.

Ya era, definitivamente, este su destino; al contraer matrimonio en la Argentina, al norte de la provincia de Santa Fe.

Luna de miel en el mar argentino… un mes de pleno amor con corridas en el agua salada, abrazos prolongados en  las largas noches de luna menguante, arrullos de sinceramientos acogedores en son de la musicalidad de las olas que iban y venían en pos de  sentencias de una vida colmada de futuro venturoso. Ensoñamiento….

Nada les parecía imposible. Ella con sus 21años, él con sus treinta abriles casi ya…

 

Cuatro hijas mujeres fueron sus continuadoras. Todas siguieron el legado de ambos y se formaron en distintas profesiones. Fueron a la Universidad, obtuvieron sus títulos, contrajeron matrimonio, tuvieron hijos e hijas,  nietos y nietas; también bisnietos (mansedumbre de su vida)…  Sí, ellas, las cuatro formaron una solidez tal que nada ni nadie pudo jamás romper ese bloque de amor filial; enarbolados por sus padres… Henry y La Libanesa.

La vida continúa…Pero esta ficción tiene su recodo,  tiene su impás. Pero  tiene también, su continuidad. ¿Dónde? En otras escrituras, impactantes quizá… El tiempo puede considerarse; pero  las decisiones quedan a cargo de sus lectores…

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