Estás aquí
Inicio > Archivo - Archive > Guadalupe Trullén y su nostalgia por Marta de Arévalo

Guadalupe Trullén y su nostalgia por Marta de Arévalo

 

Marta de Arévalo – Escritora uruguaya

mfdearevalo@hotmail.com

 

Guadalupe Trullén  (San José, Uruguay, 1926) es una poetisa que se manifiesta en versificación clásica, generalmente el  romance y el soneto, aunque también escribe, con menos frecuencia, delicados poemas en verso libre. Si bien la tendencia estructural de su poesía es tradicional, su acento, su emoción y su pensamiento, muchas veces metafísico, responden al tiempo presente.   De ello da fe su último libro: Al filo del mundo, en él Guadalupe, ya con mucho tiempo vivido, se dice a si misma: Te acosa en la memoria del espejo/ tu inocencia antigua…te disfrazas. / Resbala en la bruñida superficie/ la furtiva altivez de tu mirada,/ como cómplice fiel que no adviertiera /cuanto tiene ya de águila.

Y no solo la acosa la nostalgia de  una antigua inocencia, la vivida juventud ingenua. Ahora, en esta obra,  su sabiduría de vida la inquieta con la fundamental pregunta, porque el alma, esa  leve pasajera, a la que  considera ubicua e inmortal, la lleva por caminos inefables del espacio divino y su grandeza / que es de su esencia cósmica la fuente.

Pero vayamos a sus comienzos editoriales. Su primera publicación data de 1984. Una breve plaqueta de poesía que tituló Dos patrias simbolizando la patria donde nació y la patria de sus padres: España, de la que ha recibido, a través de los recuerdos maternos, una  como reencontrada nostalgia.  De su solar nativo  extrae la inspiración para el poema Mi infancia donde nos habla de aquel molino harinero o el duraznero en flor que habrá deslumbrado sus ojos niños con su esplendor rosado, o como dice los ojos mansos de mis perros.  Rescata en memorias, junto al cariño y la honesta tarea del entorno familiar, al árbol y al perro.  Árbol y perro, doméstica mansedumbre, símbolo del hombre de paz.

En lenguaje sencillo nos lleva hacia la nostalgia por un sendero de glicinas  / alfombrado de cielo, cuando navego tu celeste borde del recuerdo.  ¿Quién de nosotros no tiene un lánguido azul de glicinas temblando en la bruma de sus recuerdos?  Es la esencia peregrina de la vaporosa flor, lo que revive en la palabra de Guadalupe Trullén,  porque talvez  se le quedó en el alma  la visión de un zarzo celeste entrevisto en alguna callecita de San José. El mismo azul  que  se confunde en los ojos de su madre. La madre, origen y fuente, quien esparce círculos concéntricos desde la poesía: Ojos claros, cristalinos, / tan diáfanos como el aire./ Ojos que guardan recuerdos para mi alma, inolvidables / pues fueron azul celeste / las pupilas de mi madre. Y en la memoria de la madre, llega la visión del baúl que la representa, pues vino con ella desde España cruzando el mar. Colmado de abanicos y puntillas, su vientre de madera crecida en la tierra que la poeta ama sin conocer, pero que sabe suya porque en ella fue gestada. Canto y nostalgia. Presentida vida ancestral en estas memorias.

En 1992 la poetisa publica En la dimensión de un sueño poemario premiado por el Ministerio de Educación y Cultura. Se inaugura este libro con Tríptico  en ultramar  que hace referencia a esas sus dos patrias. Y a continuación nos dice en el siguiente poema  A veces:  Siento cantar esta sangre /ultramarina que llevo, nostálgica e impetuosa / que me recorre por dentro.  Y reforzando esta idea los siguientes cuatro  poemas son reiteraciones de algunos de los  textos de la edición  a que antes hicimos referencia.  Luego se deja deslizar por otros temas  variados hasta el final del poemario, donde no falta el poema amatorio  y de ausencia, tal como  el siguiente soneto:

 

Te amalgaman las notas de mi canto

y el vago soliloquio de la fuente,

en tu ausencia mi sueño más ardiente

repitiendo tu nombre se hace llanto.

 

Como vara de nardo aquí en mi frente

alivias por momentos mi quebranto,

o medras junto a mí como el acanto

que esparce su fatídica simiente.

 

Ambiguo eres al fin, dulce o aleve

a veces barro, a veces nieve;

me halagas embriagándome en tu miel.

 

Tan rendido, tan mío, tan amante

y al pronto tan ajeno, tan distante

que mi cáliz desborda de tu hiel.[1]

 

La poetisa es emotiva observadora de su entorno (o sus recuerdos) y su verso es hábil describiendo aquello que le roba la mirada: Callecita angosta de gris empedrado / de adustas mansiones de enorme zaguán, /de mármoles blancos y cristal tallado/ y mosaico en guardas que roba el mirar./ Todavía conservas los negros balcones/ de hierro forjado con arte sin par, / verdaderos palcos desde donde entonces / miraba la vida, la mujer pasar. [2] Se filtra en todo el poemario una leve tristeza, un haber andado la vida  con sus altibajos de dicha y pesares, y su presente solitario.  Así expresa: Salí a la calle, / me llamó la tarde y sola anduve / con mi hastío a cuestas.  O, ¡Que me abruma el hastío esta mañana / y me sabe la vida a cosa vana, por lo que alzo mi queja en rebeldía; / para forjarme un mágico universo / donde mi alma se evada en cada verso / al horizonte azul de una poesía.  Silencio y soledad son los compañeros eternos del poeta.  Silencio y soledad para crear y ser él mismo en su dimensión de ensueño.  A veces impuestos, a veces buscados.  Aunque la necesidad del silencio es imperiosa, cuando el dolor fustiga, el  silencio es un  fantasmal espanto.   Si el amor  enciende  sus fuegos ilusorios, el desengaño  sepulta  al ser humano en soledades donde el alma desfallece. Y el poeta llora como si cantara…

 

Se extinguió ya la voz

que me nombraba, me llega nada más

un eco extraño

e iluminando mis recuerdos

vaga,  el iris de su risa

y de mi llanto.

Gritando está el silencio

entre las sombras, como un ardiente viento

huracanado,

su silbido de huecas caracolas

en un tiempo ya gris sin calendarios.

 

Nimbada en soledad

y frío olvido,

un torrente de miedos en mis venas

apresura el reloj

de mis latidos y se escapa mi alma

tras sus huellas.[3]

 

Finaliza el poemario con un tema que reitera la nostalgia  no vivida de la tierra de sus mayores:

(…) ¿Ay! Ávila tu muralla

sin nunca verla la llevo

fuerte cual dura piedra

como corona en el pecho.

Portal de San Teresa

y su casa en el Convento,

por cuanto evocó mi madre

sin conocerte te quiero.

(…)

la casa que nunca vi

la caricia de mi abuelo,

las raíces de mi estirpe

todo lo que es valedero.

Pero ha de llegar un día

que en un milagro ya eterno,

de la mano de mi madre,

habitaré tus senderos.[4]

 

En su antología de 2003, recopilada por Fredo Arias de la Canal,   se reeditan muchos de los poemas de libro analizados junto a otros que habían permanecido inéditos.  Los temas son variados y variado es el tiempo en que fueron escritos, pero la voz de esta poetisa  se levanta desde ellos con la misma emoción y afirmada permanencia.

o0o

 

Bibliografía de  Guadalupe  Trullén

Dos patrias. Plaqueta. Asociación de Literatura Femenina Hispánica. Montevideo, 1984. – En la dimensión de un sueño. Montevideo, 1992. – El duende azul. (poesía para niños) Ed. AULI. Montevideo, 1993. – Antología de la Poesía Cósmica y Tanática de Guadalupe Trullén. Frente de Afirmación Hispanista. México, 2003. Al filo del mundo. Poesía. Frente de Afirmación Hispanista. A.C. 2019. Tiene numerosa obra inédita;  dos poemarios premiados por el Ministerio de Educación y Cultura y textos premiados en diversos certámenes.

 

Referencias

[1] Nardo y acanto, p. 30

[2] Callecita. p.25

[3] Desde el silencio. p. 45

[4] Ávila de los caballeros. p. 60

Top