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Tres poemarios inéditos de Martín Mairena por Marta de Arévalo

Camilo Villanueva – Iniciando el cambio – Artista plástico argentino

 

Marta de Arévalo – Escritora uruguaya

mfdearevalo@hotmail.com

 

Martín Mairena, mimetizado bajo este nombre literario, que, obvio es decirlo, homenajea a  su admirado  poeta Antonio Machado, se ha decidido por fin, después de largos años de escribir en silencio – pero también con  eficacia- a brindarnos parte de su celosamente guardada creación. Obra rica en temas, vasta hasta el asombro  y excelente en calidad poética.

Ya en 1990 en el Nº 1 de la revista uruguaya BLANCO aparece un artículo de quien esto escribe, sobre el poemario “Tiempo de Blasfemia” que oficiaría de prólogo al editarse en libro en 2004.  Y en 1992, en el Nº 4 de la citada revista, aparecen otros dos artículos destacando su tarea: uno del poeta uruguayo Rubinstein Moreira (1942-1995) expresándose sobre el poemario De amor y ausencia; y otro, de la uruguaya radicada en Francia, Wilborada Xalambrí de Cobo, (¿?) sobre el poemario Los Remos de Caronte. Y no es menos cierto,  que este autor haya merecido dos primeros premios en poesía: en 1987 el Primer Premio: “Juana de Ibarbourou” en Uruguay; y en 1990, El Primer Premio en el concurso dedicado a Gabriela Mistral por el Ateneo de Valparaíso, en Chile.

Hoy nos acercamos a tres de sus  poemarios inéditos: “Trasluz del evangelio”, “Diálogos con el espejo”  y  “Fin de milenio”. Cada uno en estilo y tema diferente.  Los textos se presentan en variadas estrofas. En  el primero, aparecen sonetos, cuartetos, serventesios, quintetos, silvas y estancias (endecasílabos o alejandrinos y algún heptasílabo) además de romances y romancillos.  Es un placer descifrar los juegos que el poeta hace con la combinación de los versos, así como con las rimas. Ora las enlaza a la manera tradicional, ora inventa nuevas disposiciones. Es un artista demostrando  consumado oficio.

En el segundo, en cambio,  se desata  desbordado en el verso libre, en sostenido diálogo consigo mismo. Mientras en el tercero, “Fin de Milenio”,  los poemas se concatenan hasta el 20 (escritos en 1996) en  una serie de sonetos de cuño tradicional. Del  21 al  30 (escritos en 1996) y del 31 al 33, (escritos en 2000) se intercalan sonetos, cuartetos, pareados y alguna estancia. Es interesante destacar las fechas de escritura de este poemario, para atender a  cómo el poeta retoma en distintas épocas el tema, que evidentemente, lo alucina y lo persigue.

Trasluz del Evangelio”   como su título indica es una recreación. El autor, si bien respetando el texto bíblico,  elige aquellos pasajes de la escritura que más lo han conmovido. La figura del Mesías, motivo y principio, campea en todo el poemario iluminando  las escenas con el resplandor de un vitral y la luz purísima de su bondad. No en vano la obra comienza con el bautismo de Jesús por Juan:

 

Hasta el Jordán llegó Jesús, vestido

 con la túnica albar de los esenios.

Juan bautizaba. el mundo por milenios,

había esperado el día prometido.

Lo vio acercarse Juan: se entreveraron

confusamente en su vehemencia santa

palabras por demás en su garganta.

-Las aguas del Jordán Lo bautizaron.-

Y el hombre se hizo Dios en ese instante

para cumplir la vieja profecía

y se vistió de lumbre deslumbrante,

como si el sol Le hubiera dado luz.

_Ya todo estaba escrito; no podía

el Cristo detenerse hasta la cruz.”

 

   Ya está puesta la obra en escena. Podemos ver el instante en que “el hombre se hizo Dios y  se vistió de lumbre deslumbrante…”    Estupenda introducción.

Desestima el principio metafísico de Juan, los antecedentes familiares que refiere Lucas, la genealogía de Mateo, y se ciñe al principio de Marcos “Bautizaba Juan en el desierto”. Nos lleva de poema en poema, por episodios significativos del tránsito misionero del Cristo: la resurrección de Lázaro, la adultera apedreada, los mercaderes en el templo, el temor de los discípulos en el barco, la pecadora que baña sus pies la mirada irónica del fariseo, la curación milagrosa de la mujer que ha tocado su manto, el momento en que una mujer baña sus cabellos con esencia de nardo, cuando ya Jesús anuncia, ante la protesta de alguno por el derroche: “Siempre no me tendréis. Llega Mi hora / y ella se ha adelantado en esta noche/ al ritual fúnebre, pero lo ignora.”. Desde allí se ahonda el dramatismo y  se suceden: la oración en el Huerto de los Olivos, el prendimiento de Jesús, las negaciones de Pedro, la acusación delante de Pilatos, la crucifixión, muerte y resurrección, la aterrada sorpresa del decurión,  la desesperanza de los discípulos… Pero la historia en la versión de Mairena se corre hasta Los Hechos y vemos entre otros, el episodio de Ananías y Saphira; la conversión de Saulo de Tarso, luego Pablo; y el martirio de Pedro cabeza abajo.

La conclusión llega con un poema, recapitulación del significado del evangelio, en que  hace decir a Cristo: “Venid a Mí, almas escogidas...”.   Aquellos que amando al prójimo, saben dar abrigo, agua, y amor generosamente. Y termina: “..cumplisteis con todos los deberes. /_Yo os daré lo demás de añadidura.”

 

No han sido pocos  los autores que recurrieron al tema de los evangelios. Y se han sucedido versiones en prosa, en verso y hasta en cine. (Imposible olvidar, entre otras: “Figuras de la Pasión el Señor”, de Gabriel Miró)  Sin embargo en estos textos de Mairena hay  una diferencia, dada por el enfoque sicólogico que el autor hace de dos figuras clave: Judas y Pedro.  El autor ha puesto en el drama una mirada especial. Hay una mezcla de fe, de psicología y de conmiseración. Es una mirada humana más que creyente.

El tema que desencadena la inspiración – lo ha confesado  el autor- es el  caso de  Judas. No en vano destina  varios poemas a su personalidad. La traición ya se insinúa y  el poema 10 nos muestra  el regateo por la venta del Cristo. Luego,  Judas  comienza a sentir el peso de su conciencia acusadora: “Judas ha quedado a solas. / El sudor en su cabeza / lleva soledad de culpa.”  Y versos después: “Judas con la boca abierta/ toma el pan, pero pregunta/ en voz baja (no quisiera / que nadie más lo escuchara) /- ¿He de ser yo quien te venda?-” Una metáfora, sugestiva y bella, cierra el poema: “_Tú lo dices- Se ha posado / el cuervo ya en su cabeza; / treinta reflejos de plata / irisan sus plumas negras.”  Y llega el instante en que realmente Judas comprende lo terrible de su acción y quiere devolver las monedas al sacerdote: “El Iscariote / salió como una sombra hacia su suerte / del Sanedrín.  Las manos del abismo/ anudaron la soga de su muerte.”

En el caso de Pedro, la contemplación del personaje  tiene una mirada hacia el porvenir. Pedro es la inocencia que obra por la fe. Y es la fe lo que lo redime en la instancia  del arrepentimiento: “Apiádate Señor de mi flaqueza / y no mires mi humana cobardía!(…) ¡Apiádate Señor de mi caída / y enséñame otra vez a caminar! / ¿Me oyes, Señor, verdad? Tú eres el Cristo. / Tú eres el agua de la eterna vida…

Pedro es la Fe, Judas, la codicia. El autor supo expresar en los textos, cabalmente la humanidad de cada uno de los personajes que señala.

Hay un tercer personaje no tan bien dibujado pero sí, mejor estudiado que el resto: Pilatos, que con su mirada de romano culto no entiende el fanatismo de los judíos.  El autor señala la desazón que siente sin razón. Extraña sensación derivada del sueño de su esposa. “No debiera importarle, más le importa / condenar esta vez a un ser humano./ Su mujer ha soñado (-desvaríos-) / con este mismo hombre….”  Los demás personajes de este “Trasluz” también son retratados con mirada sicológica y no meramente descriptiva, aunque no con la misma intensidad que los ya señalados.

Mairena  leyó, asimiló y meditó, quién sabe cuanto tiempo, ya como creyente, ya como lector, y un día, este asumir se transforma, crece y se despierta  en creación. La obra está cumplida y ofrece su versión generosamente.

 

“Diálogos con el espejo” supone una actitud diferente. Aquí lo que se asume y medita es la vida propia, la circunstancia y entorno de la existencia. Dijo Antonio Machado: “Quien habla solo / espera hablar a Dios, un día”. Mairena hace tiempo que habla con Dios. Ya lo hacía en “Tiempo de Blasfema”, y no precisamente para rogar:  “Mas no abuses, Señor, de Tu vasallo/ al insomne pavor de Tu centella.”[1], “Y aun blasfemaré, si es necesario,”  desafiando Tu fuego incinerario.” [2], aunque algún ruego se entremezclaba con su protesta dolorida: “Devuélveme a la nada y al olvido/ y Te devolveré alma y aliento;/ permite que me pierda con el viento/  para siempre en el polvo confundido«[3]

 

“A veces me pregunto

si los adornos nos miran,

riéndose de nosostros

desde su intrascendencia cotidiana.

Allí están

-la mayoría inútiles-

para el solaz de nadie…”

 

En este dialogar con el espejo, que no es otra cosa que dialogar consigo mismo, con su conciencia, dice verdades que olvidamos.   Centra su mirada en las cosas banales  para desvestirlas de la inútil importancia que les damos y mostrarnos la esencia de lo verdadero, el aspecto profundo de lo único necesario.

A medida que pasan los días…se hace más necesario / enterrar el silencio/ y abrir de par en par la puerta/ del corazón…”  ¿Supone esto buscar el diálogo espiritual con el prójimo y compartir sentimientos?  ¿Qué cantidad de soledad  descubre su expresión poética? Sólo el poeta lo sabe.  El poeta que no quiere ser “ridículamente serio mientras la vida se escapa indiferente y desnuda Y quiere en cambio: “olvidarse de Dios.”  Velado reproche  que nunca  deja de asomar en su poesía para contender con Él,  como si hubiera entablado con Dios un debate eterno.

Hay desde el primer poema  una protesta no disimulada hacia el protocolo social que  se rige por las apariencias. Este rechazo hacia las fútiles acciones e irrisorias posturas humanas va en aumento en todo el poemario, que es ni más ni menos, un diccionario de las absurdas costumbres y necias actitudes con que el ser humano disfraza sus fracasos, sus dolores, su desesperanza. Todo esto proyectado desde sí mismo frente al espejo, juzgando  y condenando vicios. Se mira en el espejo como individuo y representante de la especie humana en una visión desafortunada que la civilización ha llegado a imponernos: “A quién le importan / los mezquinos papeles / las palabras discretas / las sonrisas corteses? / ¿Es necesario /vender nuestro tiempo / a la vanidad gregaria/ que como un vampiro / nos va sorbiendo la sangre…?

 

También advierte:  “Ni el tiempo / ni la distancia / nos hicieron extraños/ sino nuestros disfraces…”  aunque desliza la esperanza : “Es tiempo aún / enciende el sol /y desnuda tu palabra…!” Y refuerza la esperanza en otro poema menos amargo: “¡Amigo, canta! /Siente cómo la música /recorre tu piel y tus entrañas/ con su vibración de fuego! (…) ¿Amigo, ¡canta, canta, canta…! / que se retuerza  el aire / en un remolino de ecos / eternamente vibrantes…”   Al leer detenidamente este poemario, penetramos en la especial filosofía de un alma que ha vivido y sufrido, y, espectadora alerta de la vida y del mundo, refleja en el espejo imaginario de su conciencia verdades eternamente ejemplares.

 

“Fin de Milenio” es un poemario de terror. Una visión alucinante de castigo divino y destrucción cósmica. San Malaquías, Ibn Arabi (Abenarabí), Nostradamus, (por citar sólo algunos); y antes, todos los profetas bíblicos desde Edras a Juan,  nos provocaron el estremecimiento. Y ahora es Martín Mairena quien eriza nuestra conciencia, abruma nuestro espíritu y descubre para nosotros el significado del pavor.

¿Que oscura razón o inspiración terrorífica llevó al autor a consumar estos poemas perturbadores? Talvez los pronósticos negativos de voces pesimistas que hacia los últimos años del siglo XXy aún en éste acosan las conciencias más sensibles, inspiraron estos textos. Pero no descartamos  lecturas esotéricas, depresiones existenciales y obsesivos  delirios de acoso y castigo.  Y que el autor nos perdone si levantamos el velo de su espíritu.

 

Vendrán tiempos de furia y de justicia.

que arrasarán la tierra. Las ciudades

verán desmoronar las  vanidades

de los hombres. Milicia tras milicia

abonarán los campos de batalla

en la insanía buscada de la guerra.

La carne – ya carroña- con la tierra

se fundará en silencio. La metralla

de Dios, como un granizo,

tumbará a los que queden tadavía

de pie y con esperanza. So el plomizo

cielo de Armagedón –velo luctuoso

de tierra moribunda- el santo día

terrible del Señor será espantoso.”

 

En el primer soneto, el autor, arteramente se defiende: “No me toméis jamás por un profeta./ No soy más que un poeta que procura/ escribir sus verdades de poeta / (que son verdades de literatura)”   Pero a  pesar de presentar su profecía como literatura, nos dice que debemos estar alerta. Y prosigue con  irónica demanda expresando que la verdad de sus frases puede ser; “un reflejo del tiempo vislumbrado” pero sólo por “mera coincidencia”  Sabe el autor que nos producirán pánico y limpia su conciencia con ese eufemismo. Pero igualmente advierte: “Sin embargo, leedlas con cuidado”   Así presenta el poemario. Lo que sigue es muy serio. Mairena abandona la ironía y se vuelca inspiradamente en una serie de profecías apocalípticas.

“Tiempos de furia y de justicia” nos adelanta.  Es la furia castigadora de Dios. El caos y el espanto. “Y la carne no ha de heredar el cielo”. La guerra, la muerte, el desconsuelo, la desesperación. No quedará lugar para la raza humana desterrada. Adelanta la barbarie,  el mar embravecido, la tierra en temblores catastróficos,  gritos que erizarán el corazón de las piedras, vientos y huracanes nunca vistos… Dice en forma  bella y terrible: “   ”Los genios del aire en mil trazos / invisibles proclamarán  su bando / de confusa osadía. E intentando / llegar al cielo en espirales brazos/ el mar se estirará como un Titán / y volverá a caer en su horizonte”   La hermosura y la justeza de la imagen  no destierra su eficacia para hacernos temblar.

¿Dónde encontrar la tranquilidad del ánimo para leer esta visión de cuando llegue para los humanos esa noche maldecida?: “Se arrastrarán a tientas cual reptiles / de cubil en cubil los condenados/  a partir con la noche. Serán miles…/ Nadie los salvará.”   Y más adelante que “Ya ha comenzado el fin. Guerra tras guerra/ los humanos se matan con empeño.”   ¿Quién osará desmentirlo?

 

Los profetas,  desde tiempos lejanos, han estado lanzando sus presagios y  anatemas, sobre la humanidad desprevenida. Profecías que señalan acontecimientos nefastos. Varias de ellas,  se convirtieron en realidad, otras, perdieron su validez en las fechas indicadas o  en episodios parecidos o  equivocados, y otras aún, estarían por cumplirse. Martín Mairena sigue la corriente escatológica  de los videntes antiguos y nos adelanta acontecimientos temibles para el planeta y la humanidad. Pero algo  lo distingue de los profetas que le precedieron: aquellos no daban cuenta de sus propios destinos. Este autor, en cambio, está invocando el fin del mundo que conocemos aquí y ahora… Y se ve a sí mismo como el solitario sobreviviente y testigo de la tragedia. Destino que se le ocurre más tétrico aún que el de los demás mortales. “he quedado solo – entre cuatro horizontes.  / Soy pastor de las piedras –  que han dejado los montes …/ Corro detrás de ellas… / y las unzo a mi grito de despreciable humano,/  pero pierdo mi grito sin dejar de gritar.”

¿Imágenes  espeluznantes que imaginó la fantasía del poeta  o, transformado en profeta trasmitió sus visiones, por inspiración superior?  “No habrá rincón sin fuego, / no habrá lugar baldío / de fétida carroña amontonada./ Con  la mano segura / la ballesta del Ángel del Pavor/ comenzaba a tensar su cuerda oscura”.  Así  pronostica y sin embargo vislumbra que, una vez todo destruido, un nuevo comienzo dará principio a nueva civilización primitiva: “…y habrá una nueva raza ingenua e ignorante, / que creerá que la historia jamás ha transcurrido…/ …volverá poco a poco el esfuerzo del agua / a mover los molinos, y la maza y la fragua/ a templar lentamente el alma del metal”

 

Fin de Milenio”, visión de poeta o de profeta, es inquietante. Subyace entre las palabras el temor milenario del hombre por la muerte, el temor supersticioso del hombre por lo desconocido, y el temor del adepto por la prédica apocalíptica de diversas religiones.  Lectura tan sugerente puede considerarse como advertencia o como sabiduría para apreciar la vida y el instante. Lo cierto es que eriza nuestra conciencia, abruma nuestro espíritu y descubre para nosotros el significado del pavor.

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Referencias

[1] M. Mairena. Tiempo de Blasfemia. Montevideo, 2004.P. 26

[1] Tiemode Blasfemia. p. 33

[1] Tiempo de Blasfemia. p. 33

 

Bibliografía de Martín  Mairena

Phonopoemas, bajo el seudónimo Merrin Tatiana. Ediciones del Cantor.  Montevideo, 1993. – Tiempo de Blasfemia, Ediciones AG.Montevideo, 2004.

[1] M. Mairena. Tiempo de Blasfemia. Montevideo, 2004.P. 26

[2] Tiemode Blasfemia. p. 33

[3] Tiempo de Blasfemia. p. 33

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