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De eclipses, asombros y misterios – Especial para Diafanís

 

Texto y fotos de Jorge Hadandoniu

Jorge Enrique Hadandoniu Oviedo 

Profesor de castellano y literatura. Poeta. Escritor. Docente.

Villa Mercedes, San Luis

ejeho2012@hotmail.com

Exclusivo para “DIAFANÍS”

 

El mes se inauguró con una franja favorable para el turismo local nacional. La promesa era excepcional y su fugacidad, apetecible. En una notable maniobra comunicacional, asumimos el rol estratégico de un fenómeno cósmico, para confirmar nuestra vocación globalizante. Toda la alegría razonable y entusiasta se enfocó en un hecho astronómico que ocurre en lapsos cuasi inconmensurables. Nuestras agendas nos mostraron ocupados y preocupados por anteojos, vidrios, telescopios, radiografías, cascos de soldador, pequeños orificios en papeles especiales y cualquier otro recurso que permitiera, durante minutos o segundos, presenciar en vivo y en directo la causa de esa “noche en pleno día”. También registramos de inmediato que la televisión, internet y las redes permitían presenciar el hecho.

En plena euforia, la memoria nos llevo a pasados eclipses, a famosos, sutiles o muy humildes. Los de nuestra infancia, los había retratado con maestría Juan Ramón Jiménez:

“Mirábamos el sol con todo: con los gemelos de teatro, con el anteojo de larga vista, con una botella, con un cristal ahumado; y desde todas partes:”

Pareciera que nos estaba observando el moguereño, en medio del “campito” (un baldío que había frente a casa), en la Villa Mercedes de los cincuenta, los sesenta, los setenta…

Y así como íbamos creciendo, los medios se sofisticaban, pero el sol (y la luna también) seguían caminando sus rutas predecibles sin descanso y despreocupados de los permisos, disposiciones o protocolos.

Y así como crecíamos, también se nos aclaraba aquella imagen final del relato de Jiménez:

“Platero parecía, allá en el corral, un burro menos verdadero, diferente y recortado; otro burro…”

La realidad se transforma; en realidad lo que se transforma es la naturaleza; o más bien nuestro contexto; o, por mejor decir, la percepción que tenemos de esta realidad visible; o nuestras miradas; o las miradas de los celulares que se enfocaban para “sacar la foto” sin mirar el sol; o…  Pero dejemos las oes tranquilas y regresemos a nuestro tema. Pasó el eclipse y el mundo no desapareció. Sinceramente, ni nos dimos cuenta.Pasamos de tema porque venía un partido increíble, espectacular, único, inasible, incontrastable, y las calles alborotadas por el eclipse se despoblaron de inmediato y el silencio cayó más rápido que la sombra solar. También, de pronto, cesaron las precauciones, las “noticias falsas”, las recomendaciones, prescripciones y rumores de todo tipo. Todo fugaz, como ese momento impactante. Es decir que, volviendo a nuestra realidad, la naturaleza ya inventó desde siempre lo instantáneo, lo asombroso, la fugacidad…

Hasta el 14 de diciembre de 2020, no dentro de 300 años, habrá que esperar por otro (según anticipa la inefable Wikipedia); pero los destinos turísticos serán más al sur o más al norte, lejos ya de la franja central que transitamos. En la historia de la humanidad se registran hechos, leyendas, mitos y acciones originadas por los eclipses que el lector curioso podrá indagar en la red de redes, con lujo de detalles, precisiones u omisiones lógicas. Guerras, ejecuciones, alucinaciones, descubrimientos y otros asombros y misterios recorren nuestro paso por la tierra, desde muy temprana edad. Entre esos papeles del ayer, aparece un paisano de mi padre, Aristarco (de Samos, su tierra natal), quien determinó la distancia de la Tierra a la Luna, gracias a un eclipse total de Luna.

“¿Y si la tierra fuera plana?” pregunta un actualizado de asombros. Regreso a la indagación y hay materia de todo tipo y color: a favor, en contra, en duda y en seguridad. En cualquiera de los casos, a la moda antigua o moderna, el eclipse se lleva a cabo inexorablemente. Para qué sirvió, sirva y sirviere, ya es cuestión estrictamente humana. Por lo tanto, poco predecible.

Ahora que pasó esta ola de segundos, los temas cotidianos regresan para demostrarnos ciertas particularidades de la existencia. Se podría decir, que ha sido una pausa romántica en un mundo más superficial y distante. Y muchos se agruparon en torno a una situación que no desató fanatismos o enconos. Por unos minutos, tal vez segundos, mirando al cielo o a través de otros mecanismos de transmisión, grupos más grandes o pequeños, familias, amigos, desviamos la atención-tensión cotidiana, para que el Universo nos recordara la partícula que somos y el potencial que tenemos. Y, tal vez al estilo precolombino, borroneo estos versos pretendidos:

“¡Oh!, grandioso sol,

toda tu magnitud se oculta

porque un pequeño cúmulo de rocas

se interpone, te obstruye y te eclipsa.

Eres poderoso en tu luz

pero un punto en el universo

puede opacarte sin avergonzarse por ello.

Y, sin embargo, después renaces.

Asombro. Misterio.

¡Oh!, sol grandioso,

has regresado para darnos vida

y devolvernos la humildad

de tu renacimiento.”

 

Jorge E. Hadandoniou

Villa Mercedes, San Luis, 3 de julio de 2019

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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