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PRIMERO DE MAYO

 

Hugo Eduardo AvilaMúsico, autor y compositor

Mendoza – Argentina- hugoavila1@gmail.com

Texto e ilustración del autor

 

Si hay días especiales el primero de mayo es, por lo que hemos permitido que constituya, uno de los más emblemáticos. Trabajo, acción que nos define, voluntad manifiesta; tiempo y servicio a disposición de otros y absolutamente necesario para abastecernos en un marco de respeto por el entorno y el ambiente. No siempre es remunerado, de hecho, los más valiosos e indispensables ni siquiera son reconocidos como tal, sin embargo son los que nos han permitido ser y existir, pensar y crecer.

Todos merecen ser citados este día, y por ello, a sabiendas de la incapacidad que me asiste para tan loable tarea, me limito a saludarlos y a dejar el resultante de una anécdota que un hermano de la vida me regaló. Las modificaciones surgieron para contextualizar los tiempos en que los hechos transcurren; es probable que muchos no asimilen el valor añadido que tiene, solo por la especificidad de la profesión, sin embargo, en lo profundo de cada vida, algo del todo puede reconocerse como similar o propio.

RECORDAD EL PRIMERO DE MAYO…

Con sigilo fue cumpliendo el sagrado ritual de cada madrugada en los últimos 30 años. Tras la ducha, y mientras se afeitaba, escuchaba atentamente la radio que, a volumen imperceptible para un oído no entrenado, le permitía ponerse al tanto de lo que ocurría en ese preciso instante en todo su ámbito de competencia profesional.

Es primero de mayo y en Mendoza no solo se conmemora el día internacional del trabajador; es el día que, año tras año, se celebra el inicio oficial de sesiones ordinarias en la Legislatura y él tiene a su cargo el dispositivo de seguridad. Así, mientras se viste, atiende el teléfono y recibe los reportes y detalles del operativo.

Todo avanza conforme lo esperado y entonces se permite un instante de desayuno hogareño, algo que parece un lujo en el marco de una vida signada por el servicio y la atención a su profesión, a sus conducidos y a la gente que juró proteger; mientras atiende la frecuencia radial observa a su esposa que se ha levantado, y cumpliendo una ceremonia de pocas palabras, intercambio de miradas y alguna tostada, se dispone a compartir ese grato momento. Sus zapatos lustrados, el impecable pantalón azul y la camisa celeste le imprimen cierta restricción a sus gestos, como si el atuendo lo condicionara, y tras una breve y entretenida charla observa la hora en su reloj y decide dirigirse a la habitación para terminar de uniformarse.

Tras abrir el placard se enfrentó decididamente al espejo para anudar su corbata mientras, de reojo, observaba la chaquetilla y controlaba que los atributos estuviesen correctamente ubicados. En las paletas superiores los rombos y laureles bordados le enuncian su nivel de responsabilidad, entonces, al volverse definitivamente al espejo encontró su rostro maduro, los rasgos firmes y la experiencia que en sus ojos fue macerándose en casi una vida de trabajo. Fue ese instante en que se percató que un cordón necesitaba ser ajustado y, antes de colocarse la chaquetilla, se agachó para hacerlo; allí lo observó. En el piso del placard, y cubierto por ropas de ocasional uso, asomaba la vieja manija de un bolso azul. Su rostro se iluminó; era más pequeño de cómo lo recordaba, y el evidente desgaste denunciaba que había permanecido con él por más tiempo del que su conciencia le había permitido percatar. De repente se vio joven y luciendo un flamante dormant azul noche, sus manos cubiertas por guantes de tela blanco y la cintura ceñida por un cinturón laureado sujeto en la dorada hebilla que acuñaba el emblema de su centro de formación. Es un Cadete de la Escuela de Policía General Don José de San Martín y viaja en un Mercedes Benz 1114 de la empresa de transportes Matienzo, que además de su distintivo color rojo, exhibe el cartel 7B.

Correctamente parado, y acompañando el vaivén del movimiento, con una mano sujeta el arco metálico que sobresale de un asiento y con la otra sostiene ese mismo bolso que contiene todo lo necesario para vivir una semana más en el colegio donde cursa bajo la modalidad de internado. Absorto, siente que la habitación ha desaparecido y el paisaje se ha transformado. La Escuela, el encuentro con sus compañeros, una última mirada al brillo de los zapatos mientras se cambia los guantes por otros, preparados especialmente para el control, y camina decididamente hacia la puerta de ingreso escoltada por los dos viejos cañones que tantas veces limpió dejándolos brillantes.

Su marcial estampa acompaña la potente y decidida voz en el pedido de “parte” al oficial que controla su llegada. De repente la escena se desvanece y ahora se encuentra con sus compañeros vistiendo el uniforme de fajina; está agitado, dolorido y cumpliendo las ordenes del Instructor que los ha reunido en la plaza de armas para tener un distendido dialogo doctrinal y dogmático sobre el correcto uso del uniforme al transitar en la vía pública. El sudor corre por su cuerpo, el dolor le indica la existencia de músculos que de otro modo tal vez no hubiese sabido que tenía, y en su retina, marcada a fuego, la cara del Oficial instructor que constantemente reiteraba:

– Recordad el primero de mayo.

La frase se completaba, cada vez que la enunciaba, con algunos adjetivos que en ese momento podían incomodarlo y que ahora le producían sonrisas y afecto; incluso el rostro del Oficial Inspector, que por entonces le parecía la de alguien que disfrutaba hacerlo sufrir, era en realidad el cúmulo de gestos de un protector que bajo el quepis y tras un llamativo bigote, se esforzaba por no hacer evidente el cariño y el amor que sus discípulos le iban ganando. Su trabajo era forjar el carácter, la vocación de servicio, la obediencia y la disciplina, pues, en la profesión policial estas características son esenciales para tomar las decisiones más acertadas en las más intrincadas situaciones.

El instante, tan breve como un segundo y tan eterno como el tiempo mismo, se alejó en el recuerdo y se vio nuevamente en su habitación, inclinado y acariciando el viejo bolso. Al reincorporarse el espejo le devolvió otro reflejo; tras sus rasgos de experiencia pudo encontrar el brillo del joven cadete que alguna vez fue, los miedos y las sensaciones de sus primeros años de trabajo como Oficial de Policía, su unión marital y la llegada de sus hijos; todo estaba allí, más vívido que nunca.

La humedad lineal en su mejilla y en dirección a la comisura de sus labios le hizo entender que el recuerdo no había llegado solo, una lágrima fue inevitable. Se volvió hacia la cama y se sentó un instante, y cuando parecía que se perdería nuevamente en el recuerdo, un tropel de pasos cortos y ágiles invadió la habitación. No había alcanzado a levantar la vista cuando sintió que su cuello era presionado con dificultad por dos pequeños brazos que intentaban entrelazar los dedos de sus pequeñas manos. El peso lo tumbó sobre la cama y, sin importar la pulcritud del planchado, el grito de “…abuelo, abuelo…” le devolvió la sonrisa y la alegría de cada marca ganada en las expresiones de su rostro.

Finalmente pudo uniformarse y salir hacia su destino. De algo estaba seguro, jamás olvidaría el primero de mayo.

Hugo Eduardo Ávila
2019

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