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2 de Abril

 

Hugo Eduardo AvilaMúsico, autor y compositor

Mendoza – Argentina- hugoavila1@gmail.com

Texto y foto del autor

 

Son las 7 de la mañana y no es necesario que su mamá llegue hasta su cama para despertarlo. En la cama inferior de la cucheta, con el mismo entusiasmo, su hermano menor se despoja de las sábanas y ambos se lanzan al piso para buscar las prendas del uniforme que cuidadosamente dejaron sobre una silla la noche anterior. Es sábado, no hay escuela, pero hay algo más importante. El batallón de exploradores San Ignacio de Loyola se reunirá en pleno para cumplir con su deber de scout, y caminando por las calles de los barrios de Rivadavia, acompañarán la caravana de vehículos que se aprestan a recaudar cuanto puedan aportar los vecinos para enviar a los soldados que están combatiendo en Malvinas.

 

Escenas similares se replicaban por toda la geografía Argentina. En cada ciudad, en cada pueblo, en cada puesto desolado la angustia y la esperanza se fundían en una amalgama inexplicable de sentimientos y sensaciones; todos tenían a un hijo, un hermano, un pariente, un vecino, un argentino allá lejos, en las Islas, empuñando un fusil o un cuchillo, y soportando la hostilidad del agua y el frío. El tiempo apura, la distancia es larga y el combate no tiene tregua.

 

En el inconsciente colectivo resulta simple destacar la gesta de aquellos que elevamos al nivel de próceres, tal vez porque nos antecedieron y los libros de historia solo nos dejaron sus más altos valores y sentimientos de patriotismo con el sueño de una tierra libre y justa, sin opresión, libre de todo dominio extranjero. Sentir lo mismo de nuestros contemporáneos resulta difícil. Padres, madres, hijos, hermanos, parientes, vecinos; argentinos  que partieron al Sur par a recuperar lo que por Derecho es nuestro, a dejar su vida – y todos lo hicieron- por algo más grande que ellos mismos, su Patria, esa Patria que se traduce en tierra y suelo, en padre y madre, en hijos y nietos, en historia, presente y futuro, que se traduce en sentimiento, cultura y pasión, que se resume en libertad para nosotros, nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo Argentino. Todos quedaron, ninguno volvió. Algunos permanecen abrazados al suelo bajo el cielo que les regaló la última imagen de este mundo y al cual dedicaron su último suspiro, otros navegan por siempre bajo la heladas aguas del Atlántico Sur, y muchos más dejaron allí a quien llevaron y retornaron en retazos, esperando el cobijo de la Patria que habían jurado defender y, cumpliendo con su palabra empañada, lo hicieron.

 

Aquellos que regresaron no eran los mismos que partieron. El brillo en sus ojos era distinto, las facciones en sus rostros denotaban la madurez encontrada y el resultante de la juventud atropellada, la característica que define a los valientes, aquellos que deciden correr hacia adelante derrumbando primero sus propios miedos, y después, abrazando la camaradería que en esas circunstancias nace y que no es más que el amor por el prójimo, por ese que comparte dolor, angustia, desesperación, hambre, sed y frío, pero que aún así permanece porque a su lado está ese hermano que la Patria le regaló.

 

Mucho puede expresarse, desde distintos espacios de pensamiento, sobre los motivos que originaron la campaña de Malvinas, el último enfrentamiento convencional que entre beligerantes se protagonizaría en el planeta; mucho puede analizarse sobre las alianzas, los resultados y los actos fuera de los marcos establecidos para una guerra, sin embargo, ¿quién puede cuestionar el valor y la entrega de nuestros soldados en el campo de batalla? Digo Soldados, porque solo éstos merecen ser reconocidos como Héroes y sobre ellos los pueblos escriben memorias, entonan himnos, los recuerdan en las aulas y los protegen del olvido. Un brazo o una pierna amputada puede ser reemplazada gracias a los avances de la medicina, pero un alma amputada por el olvido no tiene sanación; un Soldado tratado de niño es reducido a eso y despojado de su valor, su entrega y del merecimiento de ser reconocido como tal.

 

Hoy es un día para conmemorar y pensar. Para hacernos cargo de nuestra historia y de nuestros protagonistas. Hoy recordamos a nuestros caídos en Malvinas, los que quedaron en cuerpo y alma, y aquellos a quienes como Patria olvidamos y sepultamos en el olvido. Hoy es tiempo de celebrar su coraje, de leer su historia, de transmitirla, de sembrarla en el inconsciente colectivo; hoy es tiempo de verdad, memoria y justicia, de equilibrar la balanza, de no actuar pendularmente bajo designios ideológicos y tendenciosos; hoy es tiempo de edificar nuestro gen de argentinos.

 

En la actualidad resulta difícil encontrar bibliografía, en las librerías del país, que nos cuenten sobre lo mucho que se ha escrito de ese evento. Algo diametralmente distinto ocurre en Inglaterra, de donde se puede obtener información publicada y entender el respeto y reconocimiento que se ganaron nuestros soldados por su acción en combate. La historia escrita es muy distinta a la que distintas voces tendenciosas pretendieron hacer creer en mi país; pero la verdad, en todas sus variables, aflora y se manifiesta como un sol que se abre paso entre las más tupidas y grises nubes. Así, las historias de encuentros, que a lo largo de todos estos años han tenido soldados británicos y argentinos que se encontraron antes en los campos de batalla, se multiplican por cientos.

 

Cada año, en mayo, en la ciudad de Lourdes, Francia, se reúnen, por varios días, los ex combatientes de todo el mundo, cada uno vistiendo su uniforme y sus insignias. Algunos más veteranos que otros, incluso, acompañados por hijos o nietos que también asisten a aquellos que tienen reducida su motricidad. Quienes llegan primero rinden honores a los trenes o colectivos que llegan de distintas ciudades de Europa o desde el aeropuerto cercano, y allí, con el lenguaje universal del saludo militar, estrechan su alma y se funden luego en el más afectuoso y respetuoso abrazo. El intercambio de experiencias y anécdotas les permite sentirse reconocidos y valorados como soldados y héroes. Cuentan que un soldado correntino, reconocido por su coraje en batalla, fue reverenciado por un oficial de alto rango del ejército británico, pero esa es otra historia; la que hoy nos conmueve es decirle a nuestros Soldados de Malvinas: “…Gracias por tanta entrega, por tanto coraje, por tanto valor, por tanto amor y orgullo de ser argentinos; gracias por ser nuestros héroes de hoy, tan grandes como aquellos que veneramos en el bronce; gracias por regalarnos esperanza, y perdón por haberlos olvidado todo este tiempo…”

Hugo Eduardo Ávila

2 de abril de 2019

 

 

 

 

 

 

 

 

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