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20 de marzo Día del Policía de Mendoza caído en cumplimiento del deber

 

Son las 20.30hs en la ciudad de Mendoza y la quietud en el ambiente llamaba la atención de los habitantes acostumbrados a las cotidianas ráfagas del zonda que, aunque se manifestara en altura, siempre dejaba su sello de sequedad y el mal humor generalizado que se explica por los cambios en la presión atmosférica. Corría el año 1861 y el paisaje citadino era muy distinto. El radio de la ciudad era de 12 cuadras de longitud por 7 de ancho, la alameda, un canal, dos plazas y 1200 edificios de adobe. La gente se acogía en el calor de sus hogares y las tenues luces que encendían los Serenos iban dibujando las primeras resolanas que se transformarían en sombras y en un juego de luces dibujando caprichosas formas en la oscuridad. Seis minutos, a las 20.36hs de ese fatídico miércoles, la tierra comenzó a moverse como no lo había hecho antes, al menos con la presencia humana para documentarlo. Dicen que el aire se expandía como una onda furiosa que golpeaba cuanto obstáculo encontraba para abrirse paso. La tierra cedió y las grietas fueron ganando las paredes de los edificios hasta alcanzar sus techos. Fueron segundos. Los gritos, los lamentos, la impotencia, el derrumbe y por supuesto, la muerte. Mendoza vivenciaba así la mayor catástrofe natural de su historia.

Algunos alcanzaron la calle y los pocos espacios abiertos que ofrecían las dos únicas plazas. La peor escena tuvo lugar en el Cuartel de Policía; cien personas, entre vigilantes y presos, 14 soldados guardia cárceles, y más de 20 músicos y soldados en el Cuartel de Infantería perdieron su vida; algunos mientras intentaban salvar a los detenidos. Los que no estaban de turno se presentaron inmediatamente para ponerse a órdenes de quien estuviese. Muchos habían perdido a familiares y todas sus pertenencias, sin embargo les primaba el deber de asistencia por el prójimo y fue por ello que otros tantos murieron en las tareas de rescate. Fueron horas interminables y en la oscuridad de la noche, donde ahora golpeaban las olas de aire que producían los gritos, el llanto y la desesperación.

La ciudad se derrumbó. Hoy brindan su silencioso testimonio las ruinas de San Francisco y, cuando puede visitarse, la vieja fuente que aún se conserva en el museo del Área Fundacional.

Así como llegó la luz del día, Mendoza alumbró su futuro y planificó su nueva ciudad hacia el Oeste, con un concepto simétrico partiendo del centro de la hoy Plaza Independencia más cuatro plazas equidistantes, las plazas y la simetría con anchas avenidas permitirían una rápida evacuación de las personas ante un episodio similar, una novedosa medida de seguridad para la época.

Alguna de las tantas costumbres que heredó el mendocino y supo transmitir a través de muchas generaciones, fue el temor a la ausencia del viento en la tarde, a la quietud, tanto que cuando así ocurría se ponían en marcha los ritos vecinales para dormir a la intemperie, en los patios de las casas. Así fue por muchos años.

–“está todo muy quieto, seguro tiembla”

Fue, sin duda, un día negro para todos los mendocinos. Quienes sobrevivieron llevaron consigo la marca de la pérdida de algún ser querido, y por ello quedó registrada la entrega de los Policías que de igual modo siguieron trabajando, primero en los rescates que se extendieron por días asumiendo, incluso, funciones extraordinarias más allá de la tarea de seguridad, y sin paga hasta que se restableció la administración plena; cumplieron con la sagrada misión de asistir y proteger. Hoy se los recuerda, y a todos aquellos que en más de 200 años de historia han ofrendado su vida por cumplir con su sagrada misión.

Sobre la base de la investigación realizada por la Comisión de Estudios Históricos de la Policía de Mendoza, el 14 de junio del año 2000 se firmó la Resolución N° 607-S a través de la cual el Ministro de Seguridad decretó el 20 de marzo de cada año como el día para el recordatorio y conmemoración de todos los Policías de Mendoza caídos en cumplimiento del deber.

Las generaciones que sucedieron a esos héroes rezan en sus promesas una plegaria que los evoca y sobre la cual cimientan los valores que los impulsa, por eso, cuando están en formación se puede escuchar y sentir en el aire, con la misma fuerza que arraso el dolor y la pérdida de cada uno de sus compañeros, la firme convicción que se abre paso contra todo obstáculo porque se forja en el grito que nace de las entrañas, del convencimiento, el sacrificio y el honor:

“Subordinación y valor, para proteger a la sociedad”

Hugo Eduardo Ávila

Mendoza – Argentina- hugoavila1@gmail.com

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