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Romance Americano

Marta de Arévalo – Escritora uruguaya

mfdearevalo@hotmail.com 

 

ROMANCE AMERICANO [1]

Del libro Tierra América (1992)

I

Mi abuelo vino del norte,

mi padre nació en Achar

y  el ancestro de mi abuelo

vino cruzando la mar.

Mi abuela, aún la recuerdo,

reposada dignidad,

estirpe de fundadores

desde su Melo natal.

Trajo mi abuelo italiano

nostalgias de su olivar,

gestó hijos junto a sueños

y vio centenaria edad.

Sangre española y nativa,

mi abuela materna al dar

la vida a mi madre dióme

esta  raíz ancestral.

Un abuelo aró mi tierra

con amor y dignidad,

con el sudor de su frente

gozaba su pan en paz.

El otro, enhebrando sueños

saciaba su sed de andar,

polvoriento de caminos

yendo en paz a comerciar.

Mis dos abuelas raíces

eran tierra para amar,

dieron hijos a la vida

y duermen la muerte ya.

Una, me enseñó las trovas

antiguas de Portugal,

la otra,  silencios indios

y algún romance casual.

 

II

 

Crisol de sangres mi sangre,

¿quién me pudiera contar

desde qué remoto origen

viene gozando a cantar?

¿De cuál ancestro los genes

que me hacen llanto y soñar?

¿De cual ancestro los genes

que hacen mi mente vibrar

forjando sueños tremendos

y visiones de otro lar?

De lenguas que desconozco

oraciones siento hablar

y late en mi sangre nueva

una voz universal.

¿Fue tal vez aquel trovero

rey Denís de Portugal

quien me dejó este legado

cual agua de manantial?

¿Fuera tal vez gen itálico

que en misterioso ambular

integrado a mi materia

trae memorias de otra edad?

Tal vez la España guerrera

o la España cultural

me dio este orgullo de casta,

vocación de arte real.

O fue el indio legendario

taciturno en hosquedad

quien me dio el amor al árbol

y el gusto a la soledad.

 

 

III

 

Soy la tierra americana,

crisol de oscuro metal,

devota y supersticiosa,

impenetrable y cabal.

Tengo por venas un río

tan ancho como la mar

y bullendo en las entrañas

llevo el fuego de un volcán.

Por el Ojos del Salado

hablo mi voz primordial

y del Iguazú en la risa

canto la luz inicial,

en las inmensas sabanas

dilato la soledad

y al centro, entre bananeros

tengo entraña mineral.

Las leyendas de El Dorado

y las ruinas de Anahuac,

amazonas profanado

y el sigiloso jaguar,

levantan silencios hondos

cual si quisieran gritar,

en el sur ruge el Pampero,

velan dioses en Tikal.

Desando silbos de quenas

en orquídeas de ansiedad

y roja soy con los ceibos

a orillas del Uruguay.

Caminos del continente

vieron mi cobre pasar,

silencioso como el puma

y como el tiempo fugaz.

 

IV

Aunque a veces me conozco

no sé de mi ser real,

me pienso en alas ensueño

y me pierdo en el volar,

nacida estoy ha milenios

y no por casualidad

voy develando secretos

que ni yo sé donde están.

Voy mirando al infinito

con pupila sin mirar,

estoy muerta de hace tiempo

viviendo en mi ser total,

hablo los nombres dormidos

nombrando mi identidad

y más hablo si es que callo

que si me pongo a nombrar.

Pampa inmensa, verde selva,

ríos de un mar a otro mar,

en secretos cementerios

duermen mis muertos en paz,

en las tumbas profanadas

oro y máscara ritual,

entre las tumbas no halladas

sabe el secreto callar.

América antigua, América,

sabe en silencio rezar

invocando lunas rojas

por un Dios universal.

Mienten el mito inventado

y el arqueólogo rapaz,

solo los textos de piedra

conocen la gran verdad.

 

V

Oculta está en las entrañas

espinosas del nopal

y en los silencios profundos

de los viejos aimarás,

la gritan a voz callando

los silbidos del sabiá

y las paredes   salinas

de la audaz Zipaquirá.

Cerbatanas longicañas

de cubierta palmeral

la dicen mientras curvadas

le dan caza al animal,

los secretos contenidos

en el lago de Atitlán

y montículos de tierra

todavía sin hollar.

Soy la tierra americana

conquistada y sin violar,

virgen de siete secretos

desde el Austro a Canadá.

Me habitan los hombres blancos

que hablan lengua de otro lar

y los mestizos cenceños

que mezclan lengua ancestral,

pero ni el uno ni el otro

conocen mi antigüedad

que enroscada entre la hiedra

canta a la orilla del mar,

pues mi secreto guardado

tan solo se lo he de dar

al hombre de manos limpias

que sepa vivir en paz.

 

VI

Hubo un tiempo entre los tiempos

de la antigua humanidad,

en que los hombres de cobre

unidos y en libertad,

hablaban la misma lengua,

comían maíz en paz,

en paz gestaban sus hijos

y sembraban su solar.

Fue antes de templos mayas

antes del dios Quetzalcoatl,

antes del tiempo del Inti

y de armadura en metal,

fue en un tiempo muy remoto

que en mi gen grabado está,

claro llega a mi memoria

y oscuro se va fugaz.

Cuando el tiempo desperece

esta escondida verdad,

iré creciendo en la savia

del árbol de nunca más,

seré semilla volando

hacia la tierra total

y creceré entre el silencio

fragante de luz astral.

Mas, mi América cantando

su canto de azul y sal,

morena de raza arisca

se abrirá de mar a mar.

Y al mostrar su herida amarga

muy dulce amanecerá,

virgen de miel de guayabos

y corazón de ananá.

 

[1] (1976) Mención de Honor Especial, fuera de concurso (debido a su extensión) en los Segundos Juegos Florales de la Intendencia de Venado Tuerto, Santa Fe, Argentina, en 1977. Se publicó por primera vez  en 1978, en breve opúsculo que fue transcrito en 1979, por el periódico “El Centinela” de San Cristóbal, Táchira, Venezuela;  y en 1989, por el periódico “Los Principios”  de San José, Uruguay.

 

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