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Indio – cuento

Hugo Eduardo AvilaMúsico, autor y compositor

 Argentina

hugoavila1@gmail.com

Llegó a mí por accidente. No solo con el permiso, sino más bien por pedido, habíamos salido esos días al campo con la intención de encontrar ariscas y reducir la cantidad de equinos salvajes que aminoraban considerablemente la pastura que el dueño del campo prefería para el engorde de su ganado vacuno. Yo montaba a Sir Lancelot, un hermoso tordillo, algo maduro, buen caminador, duro de boca pero sin duda, la mejor opción para esa empresa.

En Mendoza es muy simple ubicarse, la montaña resulta un referente invaluable y atractivo, tan imponente como sus temblores. Y así lo sentí, la tierra comenzó a moverse y la vibración ascendía por las patas de Sir Lancelot para alcanzar, sin frenos, mi columna vertebral y llegar a mi cabeza moviendo el ala ancha que me protegía del sol. En ese momento no me inmuté, estoy acostumbrado a los movimientos sísmicos, sin embargo el grito de alerta de Cipriano, el baquiano que nos guiaba, despertó todos mis alertas….

 

– Ariscas!!!

 

El tropel de una treintena de caballos sincronizados entre sí aparecía como de la nada desde una quebrada para ganar el valle donde estábamos. Al frente, un mestizo de media alzada seguido armónicamente por el resto. No había experimentado tal sensación en mi vida, hasta Sir Lancelot estaba inquieto y me costaba mantenerlo firme y en posición. Era un espectáculo imponente. El celeste del cielo pincelado con alguna vaga nube, los picos nevados, el multicolor de los cerros que caprichosamente mutaban según la incidencia de los rayos del sol, el verde de las vegas y el agua de las vertientes enmarcaban la destreza y el brío de la salvaje manada. El aroma de chañares, aún húmedos por el rocío, embriagaba el aroma que la tenue brisa desparramaba en el valle. Podría decir que estaba extasiado entre tanta musa pero no duraría mucho, estábamos ante una arisca y al parecer los únicos que no habíamos reaccionado éramos Sir Lancelot y yo.

Cuando mi consciente decidió ser partícipe de mis decisiones noté que había quedado solo, el resto se había ubicado estratégicamente para encarar la faena. A lo lejos, y traído por la brisa, escuchaba vagamente la voz del hijo de Cipriano. No entendía que decía pero sus ademanes, señas y la cara desencajada de pánico me retornaron a la realidad; noté que la manada cambiaba bruscamente de dirección y se dirigía en estampida hacia donde yo estaba. No puedo explicar la sensación al ver una enorme manada de caballos salvajes corriendo velozmente hacia donde uno se encuentra; la tierra se mueve, el sonido transita como una onda caprichosa por el aire y por oleadas golpea en el pecho. Solo sé que sujetaba las riendas de Sir Lancenlot que al parecer también había quedado atolondrado. Duro de boca, intenté dominarlo y obligarlo a correr al Norte, pero no respondía a ninguna orden.

 

Una corriente gélida ganó mi cintura y sin escalas ascendió hasta erizar cada cabello. Sentí un sudor frío y constante, y solo atiné a hacer lo que tantas horas de prácticas de destrezas gauchas me habían dejado; tomé muy cortas las riendas junto con el mechón de crines dejados en la cruz de mi compañero, puse la otra mano en la montura para sujetarme y fue en ese preciso instante que, en un acto de locura equina tal vez, Sir Lancelot se lanzó al galope en dirección a la manada que teníamos a escasos cincuenta metros. Era un desquicio. Ahora si escuchaba con claridad los gritos y me pareció notar que algunos de mis colegas intentaban ayudar provocando a los salvajes animales para separarlos de su guía. Era inútil. Intenté detener el galope de mi compañero inclinándome hacia atrás para ayudar con el peso el tirado de las riendas. Al soltar la montura mi mano derecha quedó al alcance de las boleadoras que siempre ubicaba entre dos pellones. Por instinto atiné a revolearlas y fue el preciso instante en que Sir Lancelot se detuvo abruptamente. La inercia no podría explicarse mejor. Con un doloroso esfuerzo presione las rodillas sobre la montura para evitar ser despedido por sobre la cabeza de mi caballo, solté las boleadoras hacia el frente solo para desocupar mi mano y ponerla entre el cuello y la cabeza de Sir Lancelot y ayudar en mi intento por evitar lo que era una segura caída. En un solo instante pude imaginar la sensación de mi humanidad impactando entre piedras, agua y algo de pastura solo para esperar el paso de la manada que, según mi percepción, corría furiosa hacia mí.

Fue un instante, apenas unos segundos, y parecieron eternos. Cuando recobré la conciencia me encontré abrazado al cuello de Sir Lancelot y a punto de caerme. La manada había pasado pero sin impactarnos, algo los había obligado a abrirse hacia ambos costados. Casi inmediatamente lo noté. Caído frente a nosotros y con mis boleadoras de manea, relinchaba el mestizo. Estaba sentido por el golpe de la caída. Junto a él, Cipriano, su hijo y el resto del grupo, hábiles para la tarea, habían sujetado al animal que intentaba zafarse entre patadas y mordidas; su agitada respiración podía oírse a distancia y hacía eco entre los cerros.

 

La costumbre indica que el primer animal atrapado es propiedad del patrón o dueño del campo. Claro que jamás se alcanza primero al Alfa y mucho menor es la posibilidad que éste no supere los tres años.

 

Después de asegurar al salvaje animal se dirigieron a mí. Pasé sin escalas de ser un adolescente inexperto y paisajista a un trastornado e inconsciente. El hijo de Cipriano me miraba de reojo y con cierto rencor. Cipriano y el resto, más asustados que enojados, me recriminaban y sentenciaban que allí había terminado mi aventura. Ninguno estaba dispuesto a tenerme con ellos porque, claramente, no estaba preparado y además no acataba órdenes.

 

Vanamente intente explicar lo que en realidad había sucedido. De igual manera, en ese contexto, no me atreví a explicar mucho. Preferí el silencio y el día, que recién comenzaba, terminó e iniciamos el regreso al casco de la Estancia.

 

En el camino pude apreciar mejor al mestizo. Era brioso; el sol potenciaba el brillo del pelaje castaño y dibujaba la fibrosidad de su estructura. Una pata blanca, de crines negras y una coloración oscura sobre el lomo que a modo de línea nacía en la cruz y dibujaba su centro hasta la naciente de la tupida cola; una característica propia de los Puro Criollo. Por supuesto, no emití palabra alguna; casi ni levanté la cabeza y así transitamos en silencio acompañándonos con la percusión cadenciosa del paso de nuestros cuadrúpedos compañeros.

 

Ya en la Estancia Cipriano se encargó de contar lo sucedido al dueño del campo. El tono telúrico transitaba entre pedidos de disculpas y justificaciones. Allí tome razón de cómo habían percibido, desde sus preferenciales lugares, lo que había ocurrido. Don Jorge escuchó tranquila y atentamente mientras dirigía una que otra mirada hacia donde me encontraba. Yo todavía estaba adolorido y con dificultad intentaba disimular mi generalizado temblor.

 

Ya en el almuerzo Don Jorge tuvo unas palabras conmigo.

 

– Muchacho, no puedo dejar que te quedes más días. Lograste inquietar a todos, aunque en realidad están más celosos que enojados, jamás vieron tal destreza y atrevimiento, nunca lograron alcanzar al Alfa de una arisca y menos a un potrillo. Sin duda es un animal excepcional. Creo que mereces un reconocimiento. El animal es tuyo.

 

Mis sentidos no lograban alinearse para dimensionar lo que escuchaba. Yo no había actuado con destreza ni con valentía. El azar había querido darme una oportunidad de seguir con vida. Así le explique a Don Jorge, sabiendo además que no me permitirían volver a ese lugar al que tantas veces había ido a pasar hermosos días y donde tanto había aprendido sobre las costumbres del campo. La respuesta no se hizo esperar:

 

– Tal vez no fue destreza, tal vez fue el destino que quiso hermanarte con ese padrillo salvaje. ¿Cómo lo llamarás?

 

– Indio.

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