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El ocio ausente

Texto e ilustración de Jorge Hadandoniu

 

Jorge Enrique Hadandoniu Oviedo 

Profesor de castellano y literatura. Poeta. Escritor. Docente.

Villa mercedes, San Luis

ejeho2012@hotmail.com

 

“Qué descansada vida

la del que huye…”

Fray Luis de León

            Cargado de connotaciones negativas, el ocio fue arrastrado por la sociedad industrial, a un desmerecido lugar, superpuesto a la pereza y como instigador de la misma o su consecuencia natural y simbólica.

Es verdad que también, con sus políticas de descarte, las sociedades globales, avanzadas o en estado de descomposición por cualquier sistema imperante, también lo produjeron generosamente con despidos, tecnología y transformaciones laborales de todo tipo, incluidas las aún en pañales o prefiguraciones.

Alabado por quienes no deberían esforzarse demasiado en lograr su sustento, también se acurruca en los pies del vagabundo, del desesperanzado, del habitante de las calles ruidosas que no consigue trabajo o ha sido víctima de los sabuesos descompuestos de una sociedad enajenada en su propia velocidad individualista. Al pensar en estos parámetros, la aceleración del mundo actual nos lleva a contraponerlo como una válvula de escape o como la rémora que no facilita el avance natural de la vida plena.

“La actividad sin descanso también está asociada con el relativismo ético y social” dice OweWikström. en un libro que viene asociado con el tema de nuestras reflexiones, “El elogio de la lentitud”. Precisamente, el apresuramiento se condice con la destrucción de los absolutos, que no es lo mismo que los absolutismos. Y en dicho tren de igualar todo con nada y nada con todo, las verdades se hacen todas relativas y afloran las ambigüedades como parámetro natural de la existencia. Se acentúan los ruidos tanto físicos como interiores. El pulso no se contiene y las palpitaciones superan los límites alguna vez establecidos a fin de preservar la salud. “Los lugares para disfrutar de la calma y del silencio se han ido reduciendo hasta convertirse en algo exótico” continúa el lento sueco del libro redescubierto. Y como si fuera poco, confirmando la ausencia más o menos notoria de nuestro invitado de hoy, asevera: “Las personas que viven con prisa nunca percibirán la fuerza de aquellos que disfrutan del ocio.” De esta manera, reactivado el valor del ocio, se lo comercializa como un objeto de deseo que saciará las ansias apresadas de libertad, ante el acoso de los relojes implacables, los horarios descontrolados y la planillas o tarjetas apretujadas de firmas impuestas con rabia apresurada y angustias de llegar tarde.

El caso es que, confirmando todas las hipótesis o solo algunas, el ocio está ausente. Es decir, cierto ocio, un determinado ocio, un ocio placentero, el ocio creativo de subjetividad o de arte o de la nada. Recordemos que, al menos, frente al nihilismo, nos queda la expresión relativa. Pasamos a toda marcha sobre la avenida colmada de autos, humo, motos, gente apurada y nos detenemos en una cafetería. Imprimiendo la pausa para leer el último diario o ver la última noticia, nos podrá angustiar descubrir que pasan por la televisión una serie antigua o el diario deshojado que tomamos al pasar es el de ayer. Y descubrimos una imagen que parece aislarse de su contexto de conversaciones altisonantes, ágiles movimiento de los mozos y sonidos lejanos de vasos que se lavan y máquinas de café que soplan sin descanso. En una mesa, abstraído de su entorno, hay un hombre de madura edad leyendo con parsimonia todo el diario, pero todo, incluidos los avisos, clasificados, licitaciones… Su café pequeño alienta la esperanza de no enfriarse demasiado hasta que se digne ingerirlo. ¡Hay que leerse completo un diario! Pero, a su vez, disfrutarlo, paladearlo, mirar con ojos de asombro a cada paso, no inmutarse por la noticia altisonante o la pelea de moda en el ámbito político. ¡El ocio ausente se ha hecho presente! Y volvemos a los versos de Fray Luis, en un contexto tan diferente. Entonces, ¿cuál es el ocio ausente a que nos referimos? Justamente el que está cercano a nuestra mesa repleta de papeles, con el celular ardiendo de whastapp y la taza vacía de una lágrima fugada en un santiamén. No se trata de algo personal, es claramente social. Nos obliga a reparar en una nueva conceptualización de aquel ocio edénico, eglógico y sencillo “como la música del grillo” diría Conrado NaléRoxlo. Es el espacio a que aspiramos y puede ser ambiental, al aire libre de contaminantes, en medio del campo, en una cabaña, ascendiendo a fuerza de piernas por la montaña, bajando por el arroyo o en el silencio interior de cualquier manera de aislarnos de una sociedad vigente en la prisa, aún en medio de ella. Habilidad se requiere, sin duda; disociación de los parámetros temporales; ligera paz consigo mismo.

Por lo que concluimos que el ocio está ausente, en este sentido de pacificadora calma, de reencuentro con el aire más puro o con la conciencia aquietada. Y el bien preciado se va escondiendo, tal vez para valorarlo más o para incentivar la aventura de buscarlo y, eventualmente, encontrarlo.

 

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