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Reseña: La abuela francesa

Gerardo Molina. Profesor – Poeta y Escritor . Uruguay   

gerardomolinacastrillo@gmail.com  

 

“La abuela francesa” de Luján Fraix, 200 páginas, Amazon, España.

La novela es una verdadera epopeya familiar, desde los tatarabuelos suizos de la autora Juan José y Francisca que, en la segunda mitad del siglo XIX (1865) se largaron a “la aventura de América” hasta la mítica Melanie, ya en tierra argentina -máxima heroína de la obra- , pasando por las distintas generaciones, cada una con sus luchas, triunfos y fracasos, alegrías y tristezas, esperanzas y desazones, historias personales admirables hasta María -en nuestra época- la talentosa y admirada autora amiga. Se destacan, además, páginas antológicas como -por ejemplo- el retrato que hace de Melanie, la Gra- Mamá. Paralelamente al desarrollo de la obra, con más de historia que de ficción, la autora va integrando el contexto americano y europeo de la época, lo que da al lector un panorama real completo del tiempo y del espacio y nos hace viajar con ella hasta volver a centrarnos en el campo y ciudades de la provincia de Santa Fe como la capital y otras más pequeñas que tienen un gran peso en la trama. A propósito, Luján Fraix nos escribe: Por supuesto que hay ficción porque sino no hubiera podido enlazar las secuencias, pero está basado en todo lo que mi papá me contaba de aquellos años. La bisabuela estuvo siempre presente en mi vida a través de mi padre y es por eso que decidí escribir esta historia allá por 1994.

Conspicua descendiente de aquellos pioneros, dedica muchas de las páginas a la evocación de su bisabuela Melanie Bourdet Chabot du Champ quien, por decisión de alguien de la familia, pasó a llamarse La Gra-Mamá (grandmother, abuela).

Melanie, la gran heroína

Veamos como la imagina en pleno viaje, a bordo de la nave El Bargaret”: Melanie Bourdet, la hija de Francisca y de Juan José, inventaba narraciones de príncipes y doncellas en un universo de magia permanente. Su personalidad algo díscola y solitaria mostraba, a veces, la fuerza de su temple; no aceptaba opiniones, ella tenía las propias y eran dignas de respeto y admiración por parte de sus progenitores. Los hermanos derrochaban la sabiduría propia de la edad; los más grandes leían “Los viajes de Gulliver” y “De la tierra a la luna” de Julio Verne; sin embargo, era Melanie la que desacomodaba las palabras, las volvía a armar y

creaba verdaderas obras de arte. Era el hallazgo mismo de sus ficticias historias. Y en su juventud: Melanie tenía condiciones para convertirse en una educadora modelo. Ya había cumplido dieciocho años y el espíritu de la poesía rondaba por su alma y exteriorizaba, a menudo, las vibraciones que surgían de un corazón solitario propenso a la melancolía. Era alta, morena, impetuosa y de movimientos ágiles; no se dejaba manipular por nadie hasta el punto de que ella misma tomaba las decisiones. Sus ojos, de agudo mirar eran altamente emotivos, casi como si hablaran. Su debilidad era la escritura y amaba a esas personas que, de un momento a otro, eran capaces de hacer resonar las fibras fuera de esa realidad que los encasillaba. Quería ser libre para elegir un camino diferente.

Todo era tan verdadero que resultaba obvio; ella crecería al

abrigo de la “Pampa Gringa” y a merced de un destino que trazaba huellas obligatorias. Melanie era distinta, porque tenía demasiada fuerza en su interior…

Y después

Aquella mujer se instaló en la vivienda con una parcela de ochenta hectáreas que las compañías inglesas le entregaban junto con los víveres y arados, además de los bueyes y manceras, ya que debían pagar ese terreno con su faena. Por 1875, Melanie conoció a un hacendado joven, hijo de inmigrantes, con quien se casaría luego, llamado Roberto Chabot.  De esta unión nacieron seis hijos, cuando él murió ella continuó con los animales y sembrados. Pagó sus tierras, compró más hectáreas y puso una fábrica de quesos…

Tiempo después conoció a Francois que venía de los combates de Europa y sería su segundo esposo. Melanie y François se casaron y tuvieron tres hijos, pero al tiempo el francés murió con su opulento título de militar y su afán desmedido de contienda. Viuda dos veces, comenzó a viajar constantemente a Francia ya que amaba la tierra de Colette, aquella viejecita de nívea mirada, madre de François. Con los años acrecentó su capital y se convirtió en una mujer de carácter que fue un ejemplo de lucha para las generaciones futuras.

Melanie, en la estancia, era una hacendada orgullosa de su

patrimonio que había logrado sola con la furia de su genio, duro y varonil. Tuvo alegrías que compartió bajo la higuera donde se reunía con sus nietos que le decían Gra-Mamá. Sintió el cariño y la nostalgia, el desarraigo y la grandeza como vivencias auténticas; dio vida a otros con sus mismos ojos y con su valentía: seres libres en busca de legados, caballeros irrepetibles y campesinos buenos.

El fin

Melanie, inventora de palabras era artífice de su propia leyenda: dejó un legado único que más tarde alguien recogería para inmortalizar su imagen. ‘Sólo hacen la historia los que cambian las leyes’.

Muchos años después, María, su bisnieta (la autora) visita el lugar donde transcurrió gran parte de la vida de la gran heroína.  Y describe, magistralmente, ese momento: La casa desierta estaba destruida. Los cristales rojos y blancos en cuadros de la galería de los vitrales eran trozos minúsculos esparcidos por el piso de mosaicos, como si algún ladrón se hubiera enojado con aquella familia de labriegos.  Esos muros llenos de palabras se enfrentaban a la primera mirada de María. De repente, alguien habló: -Buenas tardes. Un haz de luz penetró por una grieta y ella no pudo gobernar el impulso de darse vuelta: era una figura extraña que se desdibujaba; una mujer con un vestido de tafetán que parecía una lámpara de noche. Llevaba un sombrero con plumas despeinadas y un solo guante de raso. Su cuerpo temblaba por el frío en un verano caliente como si la humedad del campo hubiera entrado en sus huesos. – ¿No tiene miedo de recorrer la chacra?  -Sí, porque está anocheciendo. ¿Usted no se asusta un poco cuando aparecen las sombras en un lugar tan silencioso donde tantas vidas lloraron o rieron?  -Bueno-dijo la desconocida-antes… cuando vivía, sí. María retrocedió azorada y el mismo hielo le recorrió la sangre ante la presencia sobrenatural de aquella madre. Escuchó el sonido de un reloj que golpeaba el silencio con su esfera inmóvil, ¡el tiempo! María corrió hacia el auto lo más rápido que pudo porque temía que la figura se debilitara ante el universo físico y despoblado de magnificencia. Regresó al instante con el manuscrito de “La abuela francesa” en letras doradas. -Gracias-le dijo con la voz entrecortada por la emoción mientras le entregaba su obra. El patio de naranjos era un jardín vacío con polvo y telarañas paralizadas. Un profundo rumor sacudió la imagen íntima que retrocedió unos pasos mientras se escuchaban murmullos de voces antiquísimas.

-Gracias a usted-le contestó la abuela Melanie y, con el libro en sus brazos, se alejó por los surcos arados rumbo a su estancia en el llano.

La autora Luján Fraix Profesora de Letras y destacada poeta y novelista, nació en la ciudad de Carcarañá (Santa Fe-Argentina) donde reside.

 

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