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Ovidio Fernández Ríos por Gerardo Molina

Horizontes de Luz – Casas Editoriales Maucci Hnos Bs As, México, Cuba, sin fecha

 

 

Gerardo Molina. Profesor – Poeta y Escritor . Uruguay   

gerardomolinacastrillo@gmail.com  

 

Ovidio Fernández Ríos                                        

Hacia el final de la década del cincuenta, años de alada juventud y de dorada bohemia literaria y estudiantil, tuvimos la oportunidad de conocer a Ovidio Fernández Ríos, y de ser, del gran poeta, un poco amigos, un poco discípulos, un poco confidentes. Por entonces, su libro “Horizontes de Luz”, que conjuga magníficamente lirismo y rebeldía juveniles, era un verdadero breviario para quienes nos iniciábamos en las lides del verso y de la idea. Traemos hoy, como impar homenaje, el recuerdo anecdótico de su adolescencia humilde y pobre y de su triunfo –merced a su talento, inteligencia, voluntad, dedicación y honradez- como hombre público y como escritor:

El Farolerito de la Plaza de Flores

Montevideo, fines del siglo XIX. Un farolerito humilde –nuestro amigo- cumple su diaria tarea en la Plaza de Flores, es decir, enciende las luces en la ciudad donde luego encendería, también, estrellas, ahuyentando las tinieblas en el espíritu de los hombres, flores de luz como una continuación de los viejos faroles –como en la prosa romántica de Víctor Hugo los hijos, en la mujer, continúan la última muñeca-. Las imágenes se vuelven nítidas, precisas. Balzac señala que nuestra alma se siente íntimamente unida a los lugares en que los placeres o los dolores nos acaecieron, detalles pintorescos que quedan grabados en la memoria en los momentos importantes del transcurrir de nuestra vida. Y Ovidio comenzaba allí el duro aprendizaje del vivir. Imágenes de un desvaído romanticismo: las parejas sonámbulas, irreales, como escapadas de un cuadro de Renoir, deslizándose lentas por las avenidas ricas de las primeras hojas del otoño, cómplices de tenues suspiros, idilios en flor, miradas aleves y besos furtivos… Y otra que impresionaba fuertemente al farolerito –adolescente, casi niño aún- la imponente figura del portero, un viejo cochero de plaza –de dura galera y frac raído-, a quien observaba, noche a noche, cuando extraía la llave enorme, gigantesca, que cerraba la verja de la Plaza de Flores y que le hacía pensar en un sacerdote grotesco que oficiaba el consabido rito de una religión extraña. Pasaron varias décadas. Aquel muchachito enjuto y pobre, a impulsos de su talento, de su voluntad, de su inteligencia y de su esfuerzo llegó a ocupar muchas altas dignidades del país: legislador, ministro de Estado; fundador y director de importantes instituciones y movimientos culturales: de la Biblioteca Rodó –editorial a la que debe tanto nuestra literatura-, de la Sociedad Uruguaya de Autores, de la Casa del teatro, entre otras… Y una noche, en su definitiva y gloriosa madurez, en un alto de la labor parlamentaria, acodado en las “barras” del Senado –era por entonces Vice Presidente del Cuerpo- y luego de recibir el plural saludo admirativo de quienes allí seguían las alternativas de la sesión, logró abstraerse y evocó, con singular emoción, a aquel farolerito humilde que fue y que se le representó vívidamente en la memoria, en una inasible aproximación de planos temporales: en ese mismo lugar en que se elevó majestuosamente el Palacio Legislativo, sede del poder homónimo del que él era, en ese momento, uno de sus más conspicuos representantes, en ese mismo lugar estuvo la Plaza de Flores donde encendía los faroles como luego, también, encendería estrellas en la ciudad, flores de luz que ahuyentan las tinieblas en el espíritu de los hombres… ¿No es éste, pues, un alado ejemplo para los jóvenes que buscan su camino? ¿No es ésta la clara efigie, el leal reflejo, la silueta moral no sólo de un gran poeta, sino de un “hombre nuevo” que triunfó por su inteligencia y por sus méritos en una tierra democrática y pródiga que sí asegura que no habrá entre las personas otra diferencia que la de los talentos y las virtudes? Que la anécdota sirva, entonces, para reafirmar nuestra fe en la vida, nuestra confianza en el propio esfuerzo, en el valor de la inteligencia y en la proyección de la virtud.

 

Horizontes de Luz

Por los años cincuenta, “Horizontes de Luz”, aparecido en 1908 y sucesivamente reeditado en Montevideo, México y Buenos Aires, lucía su plena vigencia poética y acicateaba los naturales impulsos de la juventud inclinada al arte: inquietud lírica, deslumbramiento estético, apasionada rebeldía, búsqueda de la verdad y de la belleza. Era –y es- un libro augural, sugerente, definitivo, esclarecedor. Voces unánimes habían ya consagrado el nombre del autor – águila, cóndor, eterno habitante de la altura- impulsado en su vuelo solitario por una vigorosa inspiración y una verba fácil, sonora y elocuente, ora fustigante, rebelde y destructora, ora tierna, rendida, pasional, aunque a veces, como lo afirmara Alberto Lasplaces “el poeta se halla solo en su cumbre y entonces, despojándose de su soberbia, como se despojaría de un vestido demasiado lujoso, baja lleno de tristeza hasta la mísera llanura a buscar un hermano”. Ejemplos de esa dualidad poética y temperamental abundan en la citada obra. Así, enciende con altivez las estrofas de “Desde la cumbre”: “No me hiere la envidia. Empeño vano/ de quien pretenda desgarrar mi velo:/ ¡para escuchar las burlas del gusano/ no detienen las águilas su vuelo! La vibración encomiástica de la juventud –valor, amor, triunfo y verdad-, primera y segura destinataria de sus versos: “Juventud es valor. Fe en la victoria. / Ver la vida y la muerte de igual modo. / Juventud es pensar. Soñar la gloria. / ¡No tener nada y ofrecerlo todo! y el implacable y fulmíneo estallido de su corazón volcánico en “Chispas de Ira”: “¡Espíritus sin luz! Redil de ilusos;/ naves que no arribáis a ningún puerto;/ caravanas de hombres inconclusos/ que vagáis por la noche del desierto…// Contra vosotros, infelices, quiebro/ mi pluma, sin dobleces un recatos; / ¡yo tengo el brillo dentro del cerebro/ vosotros lo tenéis en los zapatos! // Quiero enseñaros con salvaje anhelo/ con todas mis soberbias rebeldías/ que yo soy cóndor de incansable vuelo:/ ¡todas las cumbres que hay, todas son más! Y el reverso de su dualidad, la anécdota, el remanso sentimental y la desbordada ternura de quien sabe que tiene “perfil de águila y entrañas de paloma” en “Recóndita Armonía”: “Mujer, que has alcanzado vivir en mi memoria/ que ante tu amor, tan sólo, mi orgullo se inclinó…// Por ti busco la gloria para adormirte en ella./ Por ti a la lid se apresta mi noble juventud;/ y en mis noches de ensueños tu imagen es mi estrella/ y en mi camino incierto mi estrella es tu virtud”; y el ruego, la pasión, la indecisión, el miedo en “Hasta que al fin”: “¡Oh Señor! murmuraba, haz que me quiera/ que a decirle mi amor no llegue tarde./ Y al llorar, comprendiéndome cobarde/ el corazón me consolaba ¡espera!”, como si se diese el intercambio de las cualidades de uno y de otro sexo de que nos hablaba Hugo “en el verdadero amor, la joven se vuelve osada, valiente, y el joven tímido y cobarde”.

La temática de Ovidio Fernández Ríos inmersa en un mundo que poco a poco dejaba de ser caballeresco (“En las lides diarias fracasa la hidalguía” al decir de Eudoro Melo, amigo común y entrañable), gustaba, no obstante, de emular al andante manchego como en “Medieval” (“De los tiempos galantes”): “Yo quisiera saber si alguien os ama,/ porque anoche soñó este pobre loco/ que os quería: ¡piedad! que siento un poco/ de rubor, al hablaros, noble dama.// Caballero que soy, hoy mismo quiero/ hacer que sepa mi rival osado,/ como por vos, se muere atravesado/ en la fina elegancia de mi acero”: o “España y yo somos así, señora”: “¡Cuánto diera por ser yo el Caballero/ de vuestro corazón; y vos, mi Dama,/ para poner a vuestros pies mi fama,/ mi honor, mi nombre y mi gentil acero.// Pensar en vos y derribar molinos;/ entuertos desfacer; cuidar doncellas;/ y matar a la luz de las estrellas/ los gigantes que van por los caminos!” y era, también, dúctil, variada, intemporal, polifacética; v.gr. su desazón ante el avatar de los tiempos: “Ya no hay la Provenza que dé luz a un Mistral,/ ni un farol que sea digno para ahorcarse un Nerval./ Y a la bella locura, a la noble hidalguía/ de Quijotes manchegos y Cyranos gascones,/ le responde la grave matemática fría/ con sus impertinentes guarismos de millones” en “Ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño.”

En “Páginas del saber humilde”, Primer Premio de Poesía en un concurso organizado por la revista “Bohemia”: “Una noche de insomnio” y “Mi testamento” cautivan por el clima irreal de locura y delirio: “Tuve fiebre y he visto visiones que me espantan/ todavía. ¡Yo tengo la culpa!… ¡Soy un loco! / ¡Tengo frío!… ¡quisiera poder dormir un poco!… / ¡Ha de ser medianoche porque los gallos cantan!”, la impresión inédita, la subjetividad trascendente y la maestría formal a pesar de la variante rímea en los sonetos. Asimismo, la soledad y desnudez del alma y el misterio subyacente conllevan a una peregrina confesión donde sorprenden los detalles minúsculos: “el gato, el reloj que cesa de latir, la luz vaga del velador; las impresiones sinestésicas “húmedo olor, “negro silencio”; la prosopopeya “mis ojos extraviados/ ven llegar a la muerte disfrazada de bruja”; la súbita lucidez del enajenado que al ver llegar su hora postrera desea dejar escrita su última voluntad: “Me incorporo. Es la última hora de mi existencia. / Quiero testar mis bienes… ¡pero si no los tengo/ Nunca se lega un gato ni un reloj… y convengo/ dejar mi Biblia escrita como una humilde herencia” y un desenlace extraño, inesperado, bisemia lírica y actitud metafísica: “La dejo para un hijo, que de mi propia entraña,/ ha de nacer la misma noche que yo haya muerto.” Otras veces el autor viaja hacia el pasado en pos de los hitos de la historia que recrea con singular maestría: “A Cristóbal Colón”; “14 de Julio”. Pero ese hurgar en la edad pretérita es fugaz y vuelve formidable y premonitorio hasta el presente para loar a José Batlle y Ordóñez con una lira opulenta y valerosa, vibrante y aleccionadora, porque “para cantarle es necesario un himno/ que tenga notas mágicas y extrañas,/ que sea un ala de luz de ritmos suaves/ mezclados con crujidos de montañas” y con entusiasmo juvenil su voz se levanta desde el proscenio del teatro “Stella D’Italia” el 14 de diciembre de 1910 para defender y anatematizar: : ”Sí; es preciso defender a Batlle;/ porque va contra él la sombra, el vicio/ el dogma del temor, la forma rancia/ la ambición, la impotencia y el prejuicio;/ la divisa, el ayer y la ignorancia…” y para exaltar, justicieramente, con un coraje digno de sus férreas rebeldías, al preclaro estadista, en plena vigencia de su obra y cuya figura nos sigue llamando hoy, a la distancia, con su inmarcesible bandera de ideales. Su verbo, al fin, enfervoriza, estalla, cuando dirigido a los más jóvenes que pueblan la tribuna exclama triunfante: “Por eso, Juventud, piensa un momento/ que son sus enemigos, impotentes;/ y ten sincera fe en su gran victoria, / porque cuantas más piedras les arrojen/ más pronto harán su pedestal de gloria!

Poesía extremadamente sentida y popular es la de Fernández Ríos porque, profundo conocedor de su “métier”, gustó siempre de la difícil sencillez de la auténtica belleza, por ello, también, penetró muy hondo en el alma del pueblo, “pero no del pueblo vano”, como diría Maragall, sino del que es poseedor de una sutil e intransferible intuición para captar o descubrir las ricas vetas de la poesía auténtica, más allá de escuelas o de ismos efímeros y extraños. “La Carta Aquella” es una de las páginas entrañablemente unida al sentimiento popular y que, a modo de los viejos romances, se dice o se canta “de coro”, tanto que casi podríamos decir que ya es anónima o que ya ha vuelto al pueblo, de donde tal vez surgió, después de haber pasado por el crisol único y divino del poeta: “Después de tanto tiempo, hoy el cartero vino/ con una carta suya. ¡Qué profunda emoción! / me causó ver su letra de rasgo femenino/ tan familiar que antes fuera a mi corazón. // ¿Por qué me escribe ahora? ¿Retornará al camino/ del bien, arrepentida, o me pide perdón? / ¿O me ruega que olvide su amor? ¡Oh yo no atino/ a comprender! ¿Quién sabe que dice, corazón? // ¿La abriré? ¿Y si los celos me tornan asesino? / ¿Y si acaso me pide la reconciliación? / ¡Dios mío! ¡Tengo miedo que el puñal florentino/ con que la carta abra, parta mi corazón! // ¿Qué hacer, Señor? De tarde, cuando el cartero vino/ le devolví la carta temblando de emoción:/ – ¡Cartero, aquí no vive, será para el vecino/ mi corazón ha muerto, no tiene dirección!

Gerardo Molina

Las imágenes que acompañan a este trabajo han sido enviadas por el autor del mismo. Agradecemos su colaboración.

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