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Destellos de luciérnagas – cuento

 

 

 

María García Marichal. Profesora de Geografía. Uruguay.

mariagarciamarichal@gmail.com 

 

Conrado se bajó del auto y se encaminó al almacén maldiciendo el calor ardiente del mediodía que lo hacía sudar y jadear. Sentía la espalda mojada bajo la camisa blanca y la piel de los muslos parecía quemarle cuando la rozaba el pantalón.

Miró hacia atrás para asegurarse de que el viejo Ford había quedado a la sombra de los tilos, se levantó el sombrero para pasarse el dorso de la mano por la frente y siguió los pocos metros que le faltaban. Lo recibió la penumbra fresca, con olor a azúcar y a yerba; le encantó sentirse refugiado en aquel espacio limpio, silencioso y oscuro. ¿Dónde estaría Emiliano? Se sentó en el banco de madera recostado a la pared y cerró los ojos: no tenía apuro. En el aire quieto del almacén, Conrado sintió la calma que hacía horas necesitaba y se adormeció con el sombrero sobre la cara.

 

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Febrero había sido difícil para Irene: la enfermedad de su padre, el trabajo intenso en el vivero… y el calor. Ese calor que se mantenía día y noche sin dar tregua, que le impedía hacer cualquier movimiento sin quedar empapada y sofocada, que enlentecía sus tareas y la volvían torpe.

Ahora, bajo la ducha fría (en realidad tibia; nada era frío en ese mes agotador) imaginaba los días helados de junio y la escarcha en la gramilla con auténtica nostalgia. Seguramente habían sido difíciles de sobrellevar pensó, pero un soplo de aire invernal sería un regalo maravilloso.

Salió y se envolvió en la toalla evitando hacer ruido, entró en su habitación y se tendió en la cama. El largo pelo empapado mojó la almohada, pero Irene  se sintió en el cielo: una mínima brisa entraba por la ventana oscurecida por las cortinas. Se durmió y no escuchó nada en el cuarto de su padre.

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Conrado despertó con dificultad, entreabrió los ojos y no entendió que veía la trama del ala del sombrero. Dejó que pasara un tiempo en el vacío de su inconsciencia; luego abrió los ojos por completo. ¿Dónde estaba? Se incorporó y recordó el almacén de Emiliano y el calor de afuera; le extrañó encontrarse completamente solo, miró el reloj de pulsera y frunció el ceño: había dormido casi una hora.

– ¡Emiliano!

Lo llamó varias veces, se atrevió a pasar detrás del mostrador y levantar la cortina de lona azul para atisbar el interior. El depósito estaba prolijo, pero no había señales del almacenero. Más allá, la puerta que daba a la cocina de la casa aparecía entreabierta; un reloj de pared reverberaba el paso del tiempo en alguna parte.

– ¿No hay nadie aquí?

No hubo respuesta.

Conrado anduvo un rato más por el comercio y luego salió al deslumbrante sol; nadie rondaba por el lugar. Un cardenal trinaba en la profundidad de uno de los tilos cuando se subió al auto con una sensación de extrañeza entre ceja y ceja. Giró la llave de contacto y lo asaltó el silencio. Otra vez. Bajó del coche y caminó hasta su casa sin siquiera sentir el calor. Una palabra que había escuchado alguna vez le daba vueltas por la cabeza: desasosiego.

 

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Irene se despertó de improviso y se sentó en la cama controlándose para entender dónde estaba. La taquicardia parecía moverle todo el cuerpo, hacer audibles los latidos, asfixiarla. Le costó recuperarse. La luz de su dormitorio parecía estar diluida y algo que escuchaba la hizo estremecer; se quedó inmóvil y entendió que, en realidad, era algo que no escuchaba.

Se vistió rápidamente, se alisó el pelo y salió a recorrer la casa cada momento más asustada.

– ¡Papá! – su voz temblaba mientras apresuraba el paso desde la habitación de su padre hasta la sala, de ahí al baño y a la cocina. Salió al patio sumida en angustia y dio la vuelta al jardín sin encontrar rastros de él. Salió disparada a preguntar a los vecinos pensando que nada de lo que sucedía tenía sentido: su padre no podía caminar desde hacía meses.

Irene entró en pánico cuando llamó a la puerta de Elio Rodríguez y nadie acudió; pegó su cara al vidrio de la ventana del frente y no vio más que el desorden habitual en el comedor de su vecino. Se sorprendió a sí misma imaginando la limpieza que haría en ese lugar si le dieran permiso.

– Estoy loca – sacudió la cabeza con furia – ¿Dónde están todos?

El llanto le ganó cuando comenzó a llamar a otras puertas y el resultado fue el mismo: todas las casas estaban vacías. Irene se detuvo frente al portón de hierro de la entrada de su hogar irreconocible en la quietud absoluta y miró en torno. Nada. Ni el sonido de un motor, ni la voz de un niño, ni siquiera el ladrido de algún perro. Solo el trino de un cardenal entre las ramas de un árbol lejano.

Un frío extraño la asaltó desde su interior. No podía quedarse allí; calculó que en unas horas caería la noche y entró corriendo en busca del teléfono, con la certeza de que nadie respondería al otro lado de la línea.

 

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El tiempo  había pasado con una lentitud pasmosa, tanto que reiteradamente se pellizcó los brazos en un intento vano por despertar de aquella pesadilla. Conrado había recorrido el vecindario sin encontrar a nadie, ni siquiera a Corbata, su perro.

El atardecer lo encontró sentado en el piso de la entrada de su patio, pálido como la cera y helado a pesar del calor que apenas había cedido.

No había línea telefónica, ni señal de radio, ni vehículos transitando en el pueblo y hasta el pájaro que había extendido su trino por horas estaba callado; vio algunas garzas volando a un altura inmensa, eso sí; después, nada. Hacia la plaza, las calles se veían como en una fotografía olvidada: oscuras e inmutables.

Desorientado, perdido en la incertidumbre, Conrado lloraba calladamente y se secaba las lágrimas con el dorso de la mano.

– ¿Qué es esto? – preguntó en un susurro una vez y otra y otra más, hasta que se desahogó en un grito desesperado que se prolongó en un eco interminable.

Entonces la vio: temblorosa, el cabello largo despeinado y los ojos irritados de llorar, Irene llegaba hasta él como un náufrago. Se puso en pie cuando ella se detuvo observándolo con incredulidad; le tendió las manos impulsivamente y la vio correr hasta él entre sollozos. Se conocían muy poco, se habían visto en el almacén de Emiliano y se saludaban cuando se cruzaban en alguna de las calles del pueblo; él sabía que la muchacha estaba dedicada a su trabajo en el vivero y a su padre enfermo; ella, que aquel hombre entrado en años vivía solo y que era un cascarrabias más por gusto que por carácter. Ahora, en la realidad alterada e indefinida de su pueblo desierto, eran una familia reducida y agitada por algo que no llegaban a interpretar y mucho menos a entender.

Conrado tenía las manos de Irene apretadas entre las suyas, reteniéndola innecesariamente: ella no se iría a ninguna parte.

– ¿Qué haremos? – ella se recobró despacio ante la imagen conocida y la certeza de la presencia del único lazo con su vida que había encontrado luego de mucho andar.

Conrado sacudió la cabeza con desesperación; se había quitado el sombrero y su pelo fino  escaso caía sobre la frente contraída.

– Irnos. Buscar a alguien que sepa algo. Intentar entender que pasó aquí.

Irene asintió con la cabeza.

– ¿Querés un vaso de agua?

La pregunta la sobresaltó por su trivialidad inesperada y contestó que sí; entraron a la casa de Conrado y ella sintió un perfume reconocido: albahaca. En una maceta de barro bajo el parral del fondo, una hermosa planta desplegaba sus hojas oscuras en la luz disminuida del atardecer de febrero. Eso y el agua fría que se bebió de una vez lograron que Irene se ahondara en el temor: la cotidianidad se había transformado en una rareza; las cosas que le pasaban inadvertidas cada momento de cada día se volvían detalles alarmantes.

– ¿Usted cree que sabremos algo si nos vamos?

Conrado miró por encima de ella hacia la calle vacía atrapada en el marco de la puerta abierta.

– ¿Qué haríamos quedándonos?

Salieron callados. Mecánicamente, el hombre sacó el llavero del bolsillo del pantalón y pasó llave. Sin hablar, buscaban con la mirada hacia los lados anhelando un indicio, alertaban los oídos para escuchar un mínimo sonido, olfateaban el aire que permanecía absolutamente quieto en el crepúsculo de febrero. Sus pasos creaban un eco largo que se perdía en los confines del pueblo y vibraba en sus cabezas.

Habían andado un rato cuando Conrado vio brillar el lucero en el cielo transparente; se lo señaló a Irene sin decir nada: hacía mucho que no se detenía a observarlo, tal vez porque la rutina invariable lo mantenía atado al tiempo que fluía como agua sin que lo advirtiera. Siguieron sin atreverse a mirar atrás, hacia el pueblo que se sumía en la oscuridad más densa que esa en la que ellos se internaban, siempre vacía, permanentemente silenciosa en la cinta negra de la carretera. Si se hubiesen vuelto, no habrían visto nada. En la noche morada que se cernía sobre el espacio que habían integrado, los perfiles del pueblo se diluían hasta desaparecer entre infinidad de destellos de luciérnagas.

 

 

 

 

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