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Cuarenta

 

Antonio Rojas. Fotógrafo mexicano. Voluntad indomable (Huatulco, México, 2017)

icaro.creativo@gmail.com

 

CUARENTA

Mtra. Jasmín Cacheaux – Escritora mexicana

jasminczcx@gmail.com

 

A mi hermano Enrique

Abres los ojos. Te vistes e intentas recordar lo menos posible cualquier otra cosa que no sean las voces de tus hijas. Sirves apresurado agua en una taza, no te importa si no está caliente, “Nescafé, café”, repites, mientras colocas dos cucharadas en una taza. Bebes de prisa. Tomas tu bolsa del gimnasio y recorres los 300 metros que te separan de llegar al primer aparato. No tienes nada en mente apenas son las 6:00 de la mañana, pero para ti hace un día que comenzó la mañana. Dejas los recuerdos en el primer ejercicio, pides al encargado del gimnasio que suba un poco la música. “¡Máquina, soy una máquina!”, gritas sonriendo. Y la risa de tus compañeros te acompaña el pecho. Esa mañana no piensas en nada más que no sea de cuántos músculos se componen tus brazos, cuál es ejercicio que debes hacer en repetición para tu abdomen. Cuando llega el primer dolor, afirmas que el ejercicio está haciendo efecto y vuelves a sonreír.

Afuera del gimnasio hay una ciudad moviéndose, agitada, conversaciones tan dispares, como diversas, tratos y negocios como gente que va o regresa, y no importa y parece que a nadie le importa. Adentro estás tú y tus pensamientos, ya son las 7:00, las ideas salen de entre tu cabello. Alguna vez fue pelirrojo, pero ha pasado el tiempo, recuerdas la noche que llegaste con un mechón de tu cabello antes de raparte y se lo entregaste a tu hermana, la mayor, la que escribe. Le dijiste: “…quédate con esto, estoy soy yo a los 17”. Y lo guardó veintitrés años y tú no lo sabes. También recuerdas que debes darte prisa para llevar a tus hijas al colegio. Sales del gimnasio sonriente. Tienes una verdad en los ojos y te la repites: “estoy vivo, estoy vivo”. Caminas hacia tu auto y al prender el motor te recuerdas por un momento en bicicleta, a los once años, escondiéndote de tu tío, el dueño de la bicicleta, saliendo por el corredor que nunca atinaste a saber si era una cochera o sólo un diseño equivocado en la casa de tu abuela. Esa sensación de no ser dueño de nada, hoy te parece tan lejana.

Mientras recorres el camino a casa, piensas en los años transcurridos, haces un breve repaso: tu esposa, tres hijas, tu madre, tus hermanas… tu abuela. Mujeres, mujeres, mujeres, rodeándote y tú siempre con preguntas.

Elegiste el nombre de tu primera hija con cuidado, querías que tuviera un significado, desde entonces pensabas en darle una herencia, una profecía; con la segunda te dejaste llevar por el espejo y le ofreciste uno de los tuyos, ese, el menos pronunciado; el nombre de la tercera fue natural, casi como un impulso, sólo lo dijiste al aire y el cielo sonreía. Entre mujeres, sí, así fueron tus primeros años. Entre mujeres sigue caminando tu vida y el hombre que eres se abraza a la fuerza de su origen.

Avanzas la carretera y te vuelves a ver caminando al mercado, de pequeño te molestaban los apodos que te gritaban. No sabías por qué te ofendían; no entendías por qué tus ojos claros, tu estatura, tu cuerpo robusto era motivo de burla. Ahora que has crecido te das cuenta, se burlaban de sí mismos, sabían que no estarías en una bicicleta prestada tanto tiempo; aceleras un poco y llegas por tus hijas, entran en el asiento trasero del auto y antes te han saludado, por el retrovisor ves sus rostros, te gustan sus miradas, una tiene en los ojos agua clara y la otra un torbellino. No tienes tiempo de sonreír, pero algo en ti está agradecido. Te asomas por la ventanilla y ves a tu esposa, agita la mano, siempre lo hace, como si fueran a emprender un largo viaje y no sólo un par de cuadras antes del colegio, mueves la cabeza, hay algo en ti que entiende.

En el camino, te recuerdas en la primaria, los primeros días, llegaste solo, pero tu hermana menor entró después, nadie sabía qué hacer con ella en casa y tú no sabías qué hacer sin ella en clase. Mirabas los salones y veías bajar a tu hermana mayor, qué solitaria te parecía en ese entonces, casi siempre cabizbaja. Ahora tu hija mayor te la recuerda, tiene su mismo gesto. La piensas de otra manera. Por un momento, casi puedes escuchar cómo te llama tu hermana la menor, tu compañera de juegos, la que te ha hecho trampa eternamente, sólo para reírse juntos. Vas de regreso en el auto y aún tienes en las mejillas la saliva de tus hijas al despedirse. Has intentado llevarlas a la escuela siempre, incluso del modo más impresentable, pero para ti es importante.

No tienen ya nada de ayer las calles que cruzas más que los nombres, es un lugar pequeño, la gente se conoce y se saluda. También se incrimina, se juzga. El semáforo en rojo se prolonga y algo en ti se inquieta. Quieres regresar a casa y abrazar a tu esposa, no sabes por qué. Recientemente cumplieron veinte años de casados. ¿Cómo ibas a saber que aquel día en que te enfermaste y ella sólo te visitaba ya no se iría? Debe ser que es lunes y cierto aire de nostalgia te ha llenado el día. En la esquina en la que doblas vivía la familia de tu primer amigo, con el que te fumaste un cigarro, Raleigh, a escondidas, cerca del río, tosieron tanto que pensaron que no volverían a hacerlo jamás. Cambiaste de marca de cigarrillos, él no cambió, sólo ya no está, queda su recuerdo en el río y en ti, como el de tantos otros en esa tu memoria larga que hoy estás seguro heredaste.

Continuas sin doblar y pasas las vías del tren, “el tren… en este pueblo pasa el tren todavía”, piensas. Sigues el camino hacia el mercado y casi puedes oler la carne que descargan, el pescado, las verduras. Ahí estabas tú hace algunos años, caminando entre corredores, tratando de entender a quienes comerciaban, ahí, sí, ahí estuviste tú, con todas las apuestas en tu contra. Subes el aire acondicionado,  te gusta tu auto, sentir el aire fresco; subes también el volumen de la música. Es lunes, tu hija mayor llegará el sábado, pero hoy es tu cumpleaños cuarenta, cuarenta años. Cuatro décadas y sabes que de la última te declaras sobreviviente; de la tercera recuerdas tanto y todo de prisa; de la segunda, el deseo, el hambre, la sed, las ganas; y de la primera, el frío, las tantas preguntas.

Cuarenta años bien vale subirle un poco más al volumen de la música. Abanicas la mano, tocas el claxon, no hay quien no quiera saludarte. Saben tu nombre y hacen una que otra historia que tú sabes que no has vivido. Hoy lo comprendes, porque eres un hombre y crees en lo que piensas y piensas lo que crees. El mundo se volvió más grande y posible el día que te encontraste cara a cara con la muerte, la viste a los ojos y no le temiste, por el contrario, el mundo se te reveló en la sangre y en el corazón, así, más ancho y más fuerte, porque tú lo conseguirías.

Estás de nuevo en carretera, tarareas la canción que escuchas, es la misma de tu cabeza; el camino es tranquilo, tú estás tranquilo. Llegarás a la cita a tiempo; el teléfono no ha parado de sonar, no quieres seguir sin responder. Estás en un buen sitio, sin esforzarte mucho puedes ver la playa y hasta el comienzo de una ola, como tú, cada mañana con el primer café, mientras repites: “nescafé, café.

Jasmín Cacheux[1]

[1] Cuarenta, es el primero del triptíco: Enrique III, un homenaje. Inédito. (2018)

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