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Columna “Crónica de los Argonautas”: Pseudociencia: el melodioso canto de las sirenas

Miguel A. Méndez-Rojas (*)

miguela.mendez@udlap.mx

 

Recuerdo que, allá por el año de 1983, nos comentaron en la escuela de un fenómeno astronómico raro, que ocurría una vez cada 200 años y por tanto único, que sería todo un acontecimiento digno de presenciarse: la alineación (o conjunción) de los planetas (nueve en ese entonces, ocho según la actual definición de planeta que ha dejado fuera a Plutón). En mi candorosa inocencia, confieso que pasé varias noches espiando el cielo nocturno de la ya contaminada ciudad de México de esa época, pensando que podría percibir tal fenómeno a ojo pelón, lo cual por supuesto no ocurrió.  Pero una cosa que si recuerdo con claridad fue a un señor, vestido con una túnica blanca y con un letrero que decía “El fin está cerca”, caminando frente a un Banco Serfin que existía en ese entonces por a la Calzada de Guadalupe, a una cuadra del Teatro Tepeyac. A la par de su nota apocalíptica, lanzaba en voz alta un discurso que incitaba a todos al arrepentimiento, pues como ya estaba escrito en las profecías, catástrofes y cataclismos vendrían acompañados de esta danza cósmica. Dos años después ocurrió uno de los más grandes terremotos que recuerda la memoria reciente de los mexicanos (el terremoto del 15 de Septiembre de 1985). Claro, una cosa no tiene que ver con la otra, así que volvamos a la historia principal. ¿Quién era ese profeta de la desgracia que trataba de prevenirnos de la inminente catástrofe que se avecinaba? Muy probablemente nunca lo sabré, pero en una época cuando la información se movía de manera más lenta (el internet llegó a mi vida más o menos hasta que entré a la universidad más de una década después de este evento), tuvo que haberse compartido a través de la lectura de algún libro o de boca en boca, como muchas noticias aún siguen compartiéndose.  Sin embargo, en este caso es posible trazar el origen del mito a un libro que apareció en 1982 titulado “La gran catástrofe de 1983” en donde Boris Cristoff, un astrólogo uruguayo (si, leíste bien: astrólogo, no astrónomo que a través de una cuidadosa investigación del movimiento planetario, o matemático que generó un modelo basado en las ecuaciones de Kepler) publicó que la superconjunción planetaria de 1983 sería completamente excepcional, no por el fenómeno astronómico en sí, sino porque dicho alineamiento provocaría terremotos devastadores que terminarían con la civilización como en ese entonces la conocíamos. Claro que Boris Cristoff, curándose en salud, no solo vendió como pan caliente su libro (embolsándose buenas cantidades de dinero pues se vendieron millones de ejemplares, aun cuando de haber sido ciertas sus predicciones, no habría tenido ningún sentido cobrar por ello). Y así pasó. Más bien, nada pasó. Ningún terrible cataclismo invirtió los polos terrestres o partió en dos a un continente. Lo único terrible fue que con el incumplimiento de las predicciones (pese a toda la evidencia científica que existía y se trató de emplear para contrarrestar las improntas predicciones de Cristoff), algunas personas un poco crédulas vendieron todo lo que tenían y se fueron a refugiar a lugares altos o remotos, con la esperanza de poder escapar a la hecatombe. Digamos que para ellos si llegó el fin. No así para Boris Cristoff quien, fiel a sus predicciones astrológicas ha continuado refinando su don de profecía y todavía hace unos años afirmó, lleno de convicción que ahora sí, en el 2012, iniciaría una gran catástrofe que terminaría hasta el año 2013.  Esta vez no indicó si serían extraterrestres, terroristas, terremotos o una lluvia de meteoritos, sino que dejó a la naturaleza sorprendernos. ¿Qué caso tiene predecir lo impredecible o explicar lo inexplicable? Para eso hay gente crédula que, lamentablemente, ante la falta de información (y muchas veces ante la pereza de buscar información fidedigna y real) puede tragarse lo que sea y, peor aún, pagar, muchas veces no de forma retórica, por ello.

¿Qué si es peligrosa la pseudociencia? Para muestra, un botón. En fechas muy recientes se desató un escándalo alrededor de la supuesta efectividad para el tratamiento de numerosas enfermedades (cáncer, diabetes, Parkinson, osteoporosis, entre muchas otras) que una serie de productos comercializados por la empresa MoonLightCare (una subsidiaria de la compañía ALQUIMEX, con base en la ciudad de Torreón, Coahuila, México) claman poseer (dicha publicidad errónea vino como consecuencia de una entrevista que hizo un periodista Ángel Carrillo a la estudiante Diana Quiroz, quien junto con su madre –directora y dueña de las empresas mencionadas- la I.Q. Sandra Casillas desarrollaron dichos productos). El problema más allá de la comercialización y consumo de los llamados “productos milagro”, se encuentran en que los mismos, de acuerdo a las declaraciones vertidas por Diana y su madre, contienen grafeno, un nanomaterial para el cual, hasta la fecha, no existen estudios clínicos ni toxicológicos que puedan asegurar su inocuidad en seres humanos; muy  por el contrario, la evidencia existente en la literatura científica apunta a que, bajo distintas circunstancias y en diferentes modelos biológicos, el grafeno puede ser muy tóxico hacia distintos órganos (pulmones, cerebro, riñones, hígado, páncreas, entre otros). En las instalaciones de las compañías, cientos de personas han acudido para ser “consultadas” (ninguna de las personas mencionadas previamente tiene la capacidad legal de ejercer como médico) para, en su caso, recomendarles un tratamiento para su enfermedad basado en dichos productos milagro (indicándoles en muchos casos que, para mayor efectividad, deben suspender sus tratamientos médicos convencionales). La demanda por dichos productos ha sido tal que la empresa ha tenido que poner un letrero de “productos agotados” y actualmente se encuentran produciendo más, no solo para satisfacer a los enfermos que buscan una esperanza, sino para cubrir los pedidos que vía electrónica están recibiendo de todo el país e incluso del extranjero. La compañía indica que “cuenta con los permisos requeridos”, ya que el producto no es un medicamento, sino un “suplemento alimenticio”. De esta forma, burla la legislación actual en donde la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS) puede exigir estudios de inocuidad y biocompatibilidad, mientras llenan de falsas esperanzas a miles de enfermos terminales, quienes, en muchos casos al suspender sus tratamientos médicos, muy probablemente sufrirán complicaciones e incluso la muerte. En México, la ausencia de normas sobre el uso y comercialización de nanomateriales, en particular en salud humana, expone a la población a productos como éstos que, explotando el desconocimiento de la sociedad, solo buscan llenar los bolsillos de vivales sin escrúpulos. La empresa en cuestión cerró sus puertas, pero recientemente re-apareció con una nueva razón social, en otra ciudad (Monterrey) y promoviendo el mismo tipo de productos para el mismo tipo de aplicaciones milagrosas (y altamente peligrosas para la salud humana).

Los charlatanes o voceros de la pseudociencia las más de las veces no son tan inocentes como parecen. Uno supondría que su principal problema es que carecen de información (o educación en su caso) a través de la cual combatir su propia ignorancia, lo que los hace susceptibles de estar convencidos de ideas o conceptos que, a la luz de la información veraz y científica, se derrumbarían espontáneamente de otra forma. Como una tendencia natural humana, ante la falta de una justificación racional se aferran a sus creencias de una manera casi dogmática (y por tanto irracional), y argumentan (a veces de forma desordenada e ilógica, otras imitando un discurso educado y que disfraza en una estructura narrativa una cierta lógica con la que tratan de mostrar que saben de lo que hablan, aunque todas sus afirmaciones caen por lo regular en lugares comunes, con referencias a estudios oscuros o no relacionados a lo que tratan de demostrar). En otras palabras, llenan libros, conferencias, blogs y comentarios de léxico rebuscado para no decir nada. Solo repiten palabras y conceptos, muchas veces moviéndose entre una idea y otra, sin explicar ni contestar. Y, reflejo psicológico de esa frustración profunda que se deriva de su ignorancia, tratan de atacar a aquellos que claramente están en contra de sus ideas. “¡Fuego y denostación contra el que me contradiga!”, pareciera su lema. ¿Cómo alguien va a atreverse a interponerse entre “su verdad” y la sociedad que DEBE escucharlos y creerles? ¡Qué no ven mi letrero y mi túnica blanca! ¡El fin ya está cerca!

Desde 1996 (tal vez un poco antes, pero no de forma pública como en el año que menciono), luego de convencerme de que en este mundo hay dos visiones de la realidad que se confrontan continuamente (una, la informada que intenta mostrar hechos y derribar mitos a través de la evidencia científica; otra, la distorsionada o pseudocientífica, que intenta reclutar a través de la ignorancia a nuevos discípulos que sean incapaces de tomar decisiones informadas a través de la información veraz). Y no es un problema simple ni ajeno a los riesgos. La pseudociencia representa un mercado de miles de millones de dólares anuales, y es el origen de las fortunas de numerosos charlatanes que han encontrado un nicho de oportunidad que vende libros, medicinas diluidas hasta alcanzar el rango supramolecular, pulseras, películas, talleres, camisetas e incluso modelos educativos (como el Waldford) y que para millones de personas alrededor del globo constituyen esa “religión” que necesitan para sentir una pertenencia a algo, aunque no tenga sentido ni esté apegado a la realidad. Desde ese año, he tenido la curiosidad de aprender a comunicar la ciencia de una manera distinta y accesible. La verdad, no creo haberlo conseguido todavía y estoy seguro que estoy muy lejos de ser “el divulgador” que hubiera querido ser. Pero no por no hacerlo de manera perfecta he dejado de intentarlo. Porque una amenaza se cierne sobre la sociedad, quizá hoy más que antes y sus consecuencias pueden ser realmente terribles. La desinformación en la era de la información es una gran amenaza para nuestra sociedad y civilización. Aunque vivimos en una época en donde prácticamente contamos con toda la información conocida por el hombre (se estima que actualmente el Internet contiene cerca de 1.3 trillones de gigabytes de información, el equivalente a una columna de iPads con una altura de 545.6 km), mucha de esa información sin la capacidad de asimilarla y clasificarla como útil o veraz, es inservible. En otras palabras, no porque a un mono le pongamos al frente una computadora con acceso a todas las obras literarias escritas por la humanidad, terminará por apreciar las obras de Shakespeare, Borges o Fuentes. La información, como algo acumulable, no sirve para nada si no tiene un interlocutor que sea capaz de entenderla y asimilarla.

Ante tanta información, ¿cómo diferenciar la ciencia de la pseudociencia? Mario Bunge dice que una pseudociencia posee al menos un par de las siguientes características: a) invoca entes supernaturales, ajenos al examen empírico; b) es crédula, depende únicamente de la fe, no de los hechos; c) es dogmática, no cambia sus principios aunque se demuestre su error o falla; d) rechaza la crítica, recurriendo al argumento ad hominen en lugar del argumento honesto; e) no usa leyes generales; d) no interactúa con ninguna ciencia; e) es fácil, no requiere de un largo aprendizaje ni de una formación académica para adquirirla; f) no busca la verdad desinteresada, no admite la ignorancia, tiene explicaciones para todo; g) se mantiene al margen de la crítica científica, sus partidarios no publican en revistas, ni confrontan sus ideas ante pares, ni muestran evidencias de sus alegatos ante una audiencia especializada. El lector interesado puede abundar un poco en las falacias lógicas que muchos charlatanes emplean para argumentar “educadamente” en sus discusiones escépticas buscando al respecto en distintos foros y redes sociales. Lo cierto es que, si a tu puerta toca alguna vez un charlatán, no vale la pena darle entrada a una discusión estéril que no llevará a ningún punto. No lo convencerás de su error, ni entenderá que no es más válido un argumento basado en la referencia que en la evidencia. Mientras su creencia se mantenga limitada a su propia realidad, no tendrá consecuencias. Pero si intenta ganar adeptos engañado a otros, entonces no queda de otra más que continuar informando al público en general para que, poseedores ahora de información útil, puedan discriminar la realidad de la charlatanería.

(*) El Dr. Miguel Angel Méndez Rojas es investigador titular Senior en el Departamento de Ciencias Químico-Biológicas de la Universidad de las Américas Puebla. miguela.mendez@udlap.mx

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