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La Pirámide – cuento

 

Marta de Arévalo – Escritora uruguaya

mfdearevalo@hotmail.com

 

Siempre quise ir a Uxmal. Hoy cumplo mi sueño.

De pie frente la pirámide del adivino, contemplo la extraña construcción ovalada y me pregunto cómo subir con mis grandes pies, los estrechos y empinados escalones construidos para los pequeños pies mayas. Mi meta es el quinto templo, allá en la altura de esos treinta y cinco metros, ascendiendo sus ciento cincuenta escalones de piedra custodiadas por el dios Chaak, habitante en los cenotes, señor del trueno y  dispensador de la lluvia.

Me han advertido no trasponer la cerca, ya que no se permite invadir la pirámide. Rebelde  por naturaleza, me preguntó ¿Qué es lo que tanto custodian y protegen allá arriba? No acepto que me impongan límites.  Por ello, aprovecho un descuido, traspaso la valla y llego hasta tocar la piedra con mis manos anhelantes. Pulida hace siglos, impregnada de la devoción de los antiguos y soportando milenios, la piedra es suave al tacto a pesar de las cicatrices del tiempo. La acaricio y me acaricia con su hálito de misterio.  Frente al primer templo, la cabeza de la serpiente es un signo desalentador, pero aún así, no me desanimo.

Oscurecida su trabajada arquitectura, la pirámide se yergue desafiante y a la vez incitadora. Poso mi pie en el primer escalón. Por necesidad me inclino para trepar, más que ascender, y la pirámide me invita a proseguir con reclamo silencioso que viene de ancestrales leyendas. Subo con decisión. Abordo el segundo templo. Desde el nivel del suelo, los mascarones de Chaak me reprenden. Subo lentamente, cuidadosamente. No debo perder pie o mi aventura podría finalizar trágicamente.

Al enfrentar el tercer templo se desata la tormenta. Chaak castiga mi desobediencia. Truenos y rayos amenazaban mi integridad. Sin poder continuar debido a las inclemencias y  sin aceptar descender, obstinadamente, me pego, literalmente, a la piedra y  allí soporto casi veinte eternos minutos. Ya al límite, como única alternativa, invoco al chilán morador del monumento. Instante de reverente silencio.  Un  profundo pensamiento, más allá de mi comprensión, interroga atávicos poderes, y de súbito, cesa la lluvia. El sacerdote adivino responde con un tenue rayo de sol que tímidamente colorea arcoiris en los goterones que todavía escurren por la piedra.  Chaak  no me venció. Yo continúo.

El cuarto templo me ofrece su entrada desatando mi pavor.  La abertura coincide exactamente con la boca del mascarón de Chaak, representación quizás del hambre del dios dispuesto a devorarme. La insignificante seguridad que me ampara en la peligrosa escalera me produce vértigos. De algún lugar oculto en la pirámide, se filtran, a través de orificios velados, vapores turbadores atenuando mi raciocinio. Invoco nuevamente al chilán que ahora permanece impasible. Muy abajo, a ras del suelo, el guardia me requiere amenazante. No quiero volver sin culminar mi empresa. Un designio superior me impulsa. Desafiante, me dispongo a todo.

He llegado. Se oyen los  sones de un tunkul. La madera resuena dulce y apagadamente bajo sabias manos, con un exótico ritmo. La música me desorienta. Desconozco el lugar donde me encuentro… y me desconozco.   Contemplo con desconcierto la  greca decorada con serpientes entrelazadas sobre las lisas paredes del quinto templo. Los reptiles se destrenzan para permitirme la entrada. Hay alguien dentro. Orando de rodillas el sacerdote adivino es una sombra apenas.  Puedo oír el murmullo de su voz entonando cánticos sagrados e intuir la existencia de videntes que le precedieron, fluyendo en esa voz…

Concluida su devoción se incorpora con delicadeza, gira hacia la entrada y como si ya hubiera adivinado mi presencia, me dedica un además invitador. Me adelanto con temor y espero. Escucho su acento alentándome. Entro  en silencio  y espero. El sacerdote avanza. Me enfrenta. Me ofrece una reverencia. Oficia  para mí una ceremonia que no comprendo. Luego me abraza … y se diluye en mí.

Ahora yo soy el adivino.

Permaneceré aquí imperturbable hasta el próximo que desafíe a Chaak.

 

Marta de Arévalo

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