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Recordando a Antonio Machado

Gerardo Molina. Profesor – Poeta y Escritor . Uruguay 

 gerardomolinacastrillo@gmail.com

 

Todo poeta ha tenido

Su Leonor y su Guiomar:

Su Leonor para vivir,

Su Guiomar para soñar.

       Cristóbal Benítez

 

Nací en Sevilla, una noche de julio de 1875, en el célebre palacio de las Dueñas, sito en la calle del mismo nombre. Mis recuerdos de la ciudad natal son todos infantiles, porque a los ocho años pasé a Madrid, adonde mis padres se trasladaron, y me eduqué en el Instituto Libre de Enseñanza. A mis maestros guardo vivo afecto y profunda gratitud. Mi adolescencia y juventud son madrileñas. He viajado algo por Francia y por España… releemos de su página autobiográfica.

Entre tantos poetas fundamentales, hemos elegido para esta evocación a Antonio Machado (Sevilla, 26 de julio de 1875-Collioure, 22 de febrero de 1939) porque el paisaje de Soria y de Segovia (entrañable España), está en la esencia de su obra poética, en el eternal mensaje personal -pero de todos- su propia vida, las nostalgias del amor perdido, las rebeldías, el sueño de una España mejor. Desde las casonas, plazas, fuentes, callejas, mesones, iglesias -en pueblos casi fantasmales- hasta la grandiosidad del campo castellano, alcores, serrezuelas, el Duero, encinares, álamos, roquedas; y estampas seráficas como algunas del campo nuestro: “Dos lentos bueyes aran/en un alcor, cuando el otoño empieza,/ y entre las negras testas doblegadas/bajo el pesado yugo, /pende un cesto de juncos y retama,/ que es la cuna de un niño;/ y tras la yunta marcha/ un hombre que se inclina hacia la tierra;/ y una mujer que en las abiertas zanjas/ arroja la semilla…”

Y ese paisaje exterior que describió como nadie –inmerso en su tiempo vital- lo lleva, sin proponérselo, a su paisaje interior y a bucear en los hondones del alma. Así, se hermana con sus sentimientos para ser, uno y solo, en la creación donde priva la nostalgia, la soledad, la pena que se ahonda al cantarla. Y en ese paisaje transfigurado emerge, surge, fulge, rediviva su joven amada Leonor, tempranamente arrebatada de sus brazos por la muerte.

Los caminos direccionales y geográficos y los caminos interiores –según anota Anglés y Bovet, de cuyas clases disfrutamos, en el Curso Interpretación de Textos al que asistimos- es un claro ejemplo de la expresión lírica bisémica: Sobre la tierra amarga/ caminos tiene el sueño… Lo que también puede aplicarse a los vocablos amarga y sueño. Pero si abarcamos todo el paisaje, en veces la expresión poética se vuelve polisémica, esto es, susceptible de varias interpretaciones que, en lo personal, juzgamos válidas porque cada espíritu lector es único y, por lo tanto, diversas sus resonancias.

Soledades

A los 24 años, Antonio Machado llega por primera vez a París, donde se emplea como traductor de la Casa Garnier y allí comienza a gestarse su libro Soledades que se publica en 1903. Cuatro años después, aparecerá otra edición ampliada (aunque suprime algunos poemas de la primera) con el título de Soledades, Galerías y Otros Poemas. El mismo autor escribirá sobre este libro: Las composiciones de este primer libro, publicado en enero de 1903, fueron escritas entre 1899 y 1902. Por aquellos años, Rubén Darío, combatido hasta el escarnio por la crítica al uso, era el ídolo de una selecta minoría. Yo también admiraba al autor de Prosas Profanas, el maestro incomparable de la forma y de la sensación, que más tarde nos reveló la hondura de su alma en Cantos de Vida y Esperanza. Pero yo pretendí –y reparad en que no me jacto de éxitos, sino de propósitos– seguir camino bien distinto. Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, con voz propia, en respuesta animada al contacto del mundo. Y aun pensaba que el hombre puede sorprender algunas palabras de un íntimo monólogo, distinguiendo la voz viva de los ecos inertes; que puede también, mirando hacia dentro, vislumbrar las ideas cordiales, los universales del sentimiento. No fue mi libro la realización sistemática de este propósito; mas tal era mi estética de entonces.

A su vez, el profesor Roberto Bula Píriz señala en su estudio sobre el poeta: En este libro, con el impulso claro de la sinceridad pasan recuerdos de niñez, de juventud, pasan la presencia y la ausencia del amor; y envueltos andan mundo, muerte y vida. Hay un hombre en él; pero desde su barro fosco se levanta alto, puro, porque está henchido de música, idea, amor, angustia, y salvado por el sueño…
Recordamos uno de los poemas de este libro que aprendimos en nuestra época de estudiantes en el Liceo Tomás Berreta de Canelones:

 Yo voy soñando caminos

de la tarde. ¡Las colinas

doradas, los verdes pinos,

las polvorientas encinas!

 

¿Adónde el camino irá?

Yo voy cantando, viajero

a lo largo del sendero..

-la tarde cayendo está-

 

“En el corazón tenía

la espina de la pasión;

logré arrancármela un día:

ya no siento el corazón”.

 

Y todo el campo un momento

se queda, mudo y sombrío,

meditando. Suena el viento,

en los álamos del río.

 

La tarde más se oscurece;

y el camino que serpea

y débilmente blanquea

se enturbia y desaparece.

 

Mi cantar vuelve a plañir:

“Aguda espina dorada,

¡quién te pudiera sentir

en el corazón clavada!

Antonio Machado

Leonor

Profesor de Lengua Francesa, en 1907 Antonio Machado dicta su cátedra en Institutos de Soria. De las clases a la pensión y a sus paseos por el campo castellano – paisajes del Duero, el Camino de San Saturio- pautan su vida sin sobresaltos. Hasta que, en un instante, todo cambia cuando conoce a Leonor Izquierdo Cuevas, por entonces una adolescente de catorce años. Breve de estatura, trigueña, con frente despejada y ojos oscuros –según la describe Roberto Bula Píriz- Leonor era una muchacha provinciana, sencilla, juguetona, ignorante de escuelas y estilos artísticos, pero con escondida inclinación hacia lo bello. Un año y medio después, el 30 de julio de 1909, en la Iglesia de Santa María la Mayor, se realiza la boda. Viajan por Zaragoza, Pamplona, Irún, Fuenterrabía. En 1911, llegan a París por una beca concedida al poeta. Éste, perfecciona sus conocimientos del francés y asiste al curso dictado por Henri Bergson. Pasan preciosos días junto a Rubén Darío y Francisca Sánchez. Pero el 14 de julio, cuando Francia comenzaba a vivir su fiesta, Leonor sufre una hemoptisis. De regreso en Soria, el 1 de agosto de 1912, se extingue, ante el asombro, la desazón y el dolor de todos y la impotencia de la ciencia, la vida de su joven esposa. Unos días antes, Leonor había sonreído feliz al tener entre sus manos el primer ejemplar de Campos de Castilla, que había ido conociendo en su gestación, paso a paso, con la dedicatoria manuscrita de su poeta: A mi Leonor de mi alma.

Unos meses antes, el 7 de enero, moría en París, Ana Cecilia Luisa Dailliez, impar musa y compañera de Amado Nervo, a quien éste inmortaliza en su célebre poemario La Amada Inmóvil.

Campos de Castilla (1912)

En esta obra, sentimiento y paisaje se funden para transformar aquel amor efímero (por su brevedad temporal) y terreno en celeste e imperecedero. La hondura de su verbo le llevará a plasmar en versos inmortales no sólo el amor sino, amén de su retrato, la entrañable significación de la tierra castellana, el amor de la naturaleza, el destino de España.

Ya, en Baeza, donde el poeta continúa su periplo de profesor, escribe a Unamuno: Tengo motivos que Ud. conoce para un gran amor a la tierra de Soria… La muerte de mi mujer dejó mi espíritu desgarrado. Mi mujer era una criatura angelical segada por la muerte cruelmente. Yo tenía adoración por ella; pero sobre el amor está la piedad. Yo hubiera preferido mil veces morirme a verla morir, hubiera dado mil vidas por la suya.

Años más tarde, en 1917, dirá: Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada –allí me casé, allí perdí a mi esposa, a quien adoraba-, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano. Todo lo que se refleja en este libro. Y, desde Segovia, escribe a su amigo Pedro Chico residente en Soria: Vive Ud. en un pueblo al que profeso un cariño entrañable.  Si la felicidad es algo posible y real, lo que a veces pienso, yo la identificaría mentalmente con los años vividos en Soria y con el amor a mi mujer cuyo recuerdo constituye el fondo más sólido de mi espíritu.

Y después

Transcurre el tiempo. Su actividad docente lo lleva a otras ciudades. Cada tanto, se reunirá con sus hermanos en el arte, en Madrid. Maduro, envejecido prematuramente, por la pérdida de Leonor, dolor del que no habría de recuperarse jamás: Por estos campos de la tierra mía/ bordados de olivares polvorientos/ voy caminando solo/ triste, cansado, pensativo y viejo, había escrito antes de dejar Soria.

El 1 de noviembre de 1912, comienza a dictar sus clases en Baeza (Andalucía), donde permanece varios años. Su próximo destino (1919), Segovia (de nuevo en tierra castellana).

Guiomar

Medita, escribe y publica, entre otros trabajos poéticos y disquisiciones filosóficas sus Canciones (A Guiomar) en la Revista de Occidente (1929).

¿Creación o realidad? ¿Mujer de carne y hueso o heroína de su fantasía? En otras Canciones a Guiomar leemos: Todo amor es fantasía:/ él inventa el año, el día,/ la hora y su melodía;/ inventa el amante y, más,/ la amada. No prueba nada,/ contra el amor, que la amada/ no haya existido jamás. Y en otra: …Guiomar, Guiomar,/ mírame en ti castigado:/ reo de haberte creado,/ ya no te puedo olvidar.

No obstante, los estudiosos del tema afirman la existencia de Guiomar -en la vida real Pilar de Valderrama-, a quien habría conocido en Baeza en 1928. Fuerza sería entonces trastocar la cuarteta de Cristóbal Benítez (poeta español a cuya tertulia concurrimos en Barcelona por 1998) que luce como epígrafe de estos apuntes, de este modo: Todo poeta ha tenido/ su Leonor y su Guiomar:/ su Guiomar para vivir,/ su Leonor para soñar.

El misterio se devela en 1950, cuando la escritora Concha Espina da a la estampa su obra De Antonio Machado a su grande y secreto amor donde se publican fragmentos de las cartas del poeta pero no da el nombre de la mujer. Llegará, luego, (1981) en forma póstuma el libro de Pilar: Sí, soy Guiomar. (Memorias de mi vida).

Leonor siempre

… Hacia la fuente del Duero/ mi corazón ¡Soria pura!/ se tornaba… ¡Oh, fronteriza/ entre la tierra y la luna!// ¡Alta paramera/ donde corre el Duero niño,/ tierra donde está su tierra! escribirá Machado en Canciones de tierras altas (Nuevas Canciones 1917-1930). Porque la luz eternal y verdadera de Leonor, de aquella adolescente de vida efímera que le amó, fulgurará siempre en la poesía de Machado y sus fantasmas seguirán in aeternum e idealmente vagando por los campos sorianos: ¿No ves, Leonor, los álamos del río/ con sus ramajes yertos?/ Mira el Moncayo, azul y blanco; dame/ tu mano y paseemos…

Gerardo Molina. Profesor – Escritor. Uruguay

 

Bibliografía

Antonio Machado: Poesías Completas (Losada, Bs. As. 1951)

Antonio Machado: Abel Martín, Cancionero de Juan de Mairena, Prosas Varias (Losada, Bs. As. 1943)

Roberto Bula Píriz: Antonio Machado (La Casa del Estudiante, Mdeo. 1970)

Francisco Anglés y Bovet Apuntes del Curso Interpretación de Textos (1977)

Andrés Amorós- La mujer que más amó Machado (Gente ABC es., Madrid 22-2-14)

 

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