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Leyendo y comentando. A propósito de la “Oda al Arbol” de Gerardo Molina

Prof Jorge E. Hadandoniou. Docente, poeta y ensayista. Villa Mercedes, San Luis, Argentina. e-mail: ejeho2012@hotmail.com

 

LEYENDO Y COMENTANDO

A propósito de la “Oda al Árbol” de Gerardo Molina

Leer la poesía de Gerardo es escucharlo. Y su tono coloquial culto se trasunta en este poema con esa habitual mansedumbre del que disfruta de la palabra y del tiempo.

La Oda al Árbol presentada como poema en estructura de isla constituye una declaración romántica, en el sentido conceptual; y con proyección ecológica si queremos adaptarnos a las modas de nuestro tiempo. De por sí, el doble lítotes con que comienza y finaliza no concibo la vida sin el árbol contiene una afirmación reduplicada: la vida necesita al árbol para ser como tal. Y su latido ecológico no responde a ningún otro requerimiento que a la vivencia humana profunda, podría decirse inocente y primigenia. Está plenamente despojada de intereses circunstanciales. Ha nacido como toda la poesía de Gerardo cual un río que crece prístino.

Ante todo, la Oda se presenta como un hecho estético, proyectado a una comunidad de lectores o de oyentes. Es una declaración de principios sin estridencias. Es una “fiesta vegetal” que se ofrece, ante todo, para disfrutarla:

El campo era/ como una fiesta vegetal./ Y era/ el regocijo de los sembradíos/

en los surcos solemnes, paralelos/ -bajo su haz de colores/ tan negros y tan serios-./ Allí, junto a “la linda”, el desgarbado/ ñandubay y los talas/ enmarañados, con su verde viejo,/ tan mansos a pesar de sus espinas;/ el gracioso espinillo;/ como embobado de pasión, el ceibo;/ y el ombú paternal,/

nido de juegos.

A partir de allí, disponemos de varios niveles de análisis y enfoques que terminarán inexorablemente en el reconocimiento de una voz popular, emocionada y armónicamente enraizada en la tierra natal y provinciana. El rescate de los valores más sencillos de la infancia sirve de contenido para describir al árbol (sus árboles) en contextos que los contienen y los proyectan a la eternidad de la memoria (“¡Ah, el tiempo/ nos deja la memoria…”)

¿Cómo lo logra? Utiliza recursos propios de la poesía iterativa, aquella que nos va ganando por el ritmo de los sonidos y por la consistencia de las repeticiones: enumeraciones, uso de intensificadores y de aliteraciones, epíteto de construcción que destaca el carácter emotivo de los sustantivos. Paralelismos muy próximos a la música consolidan esta sonoridad.

El empleo del habla coloquial, con trazos castizos y arcaísmos merece un apartado especial ese uso de la lengua, discreto pero obligado referente en el análisis de la obra de Molina,  “Diz”, “abuelazgo”, “nacencia”, “las casas”, “la linda” no operan como ornato sino que nos facilitan el enclave de la dicción. Conforman el puente necesario entre la tierra que alude, nuestro autor y su auditorio. Es importante señalar la sutileza con que se integran estos términos afines a la vida del interior de nuestros países y que reconoce, a la vez, el hilo sutil del idioma heredado.

En cuanto a la métrica, tenemos una oda moderna, heredera de aquella ruptura que produjo Neruda con sus Odas Elementales (1955). Aun así, la presentación visual se aproxima por momentos a la lira tradicional de cinco versos; pero el poeta se desprende de los límites de la misma y articula sus estrofas y sus versos según requiera el hálito expresivo. Así encontramos estrofas de seis, siete y hasta quince versos. Y la versificación va desde un alejandrino (14 sílabas) hasta un trisílabo. Los hay heptasílabos, hexasílabos, endecasílabos. Lo que regula la métrica no es el requerimiento formal sino el desarrollo temático del contenido.

El recorrido de la vida y su trascendencia se  hilvana sin apuro, con el deleite que aportan breves descripciones de cada árbol y una pizca del sentimiento detenido en algún momento de la existencia. Enumeración y paralelismo, en este caso nos aproximan a la síntesis de la concepción existencial del poeta: “y prisas y trabajos y desvelos/ y los caminos que parecen/ en cada fin nacer de nuevo.” La existencia en un continuum, un peculiar sentimiento de origen y de tránsito. Como buena poesía bucólica abreva en un carpe diem peculiar. Es el gozo de la naturaleza, en el momento preciso del encuentro con el yo particular: en la niñez, durante la adolescencia, “en la bonanza”, “en la lid”. Es decir, en cada circunstancia de la vida hay un árbol, una secuencia de amorosa contemplación y gozo.

El fenómeno poético tiene sus misterios y ha tratado de ser dilucidado por diversos caminos y con posturas no pocas veces contrapuestas. ¿Es descriptivo o meramente emocional? ¿Legible o hermético? ¿Atado a cánones o libérrimo? La respuesta de Molina es tan contundente como precisa. Es un poeta convencido de su misión en la tierra. Es el nombrador de su terruño, de las cosas simples que solemos olvidar en la celeridad de la vida contemporánea. Es un decidor y como tal ejerce su oficio de aeda, breve a veces, más desplegado otras, como en este caso, para dar el testimonio de una biografía conteste con su palabra.

El árbol, motivo y tema de tantas páginas de la literatura local y universal, renace con un sello propio y que confirma este paralelismo del poema: “tan grato a mis remansos / tan grato a mis silencios.” Y la síntesis de su significado, para quienes conocemos la obra de nuestro autor, es también una precisa calificación de este modo tan particular de decir: “Tutela, abrigo, confidencia, canto…” ¿Y por qué? En lo tutelar se esconde sutilmente, discretamente y con amoroso cuidado, la función educativa siempre encubierta o explícita en la obra de Molina. Es el abrigo la protección que encuentra el poeta para exponer sus vivencias y el lector para aventurarse en mundos novedosos. De por sí, la confidencia es la necesaria complicidad de autor-lector para compartir un espacio profundamente humano y humanizado. Y, finalmente, el canto es el resultado de esta poesía sonora y, como ya lo ha probado, dispuesta al pentagrama para su transformación en melodía.

Molina: poeta para leer y para escucharlo, con la seguridad de que tocará las fibras más íntimas de nuestra humanidad.

 Prof. Jorge E. Hadandoniou. Docente, poeta y ensayista. Villa Mercedes, San Luis, Argentina. e-mail: ejeho2012@hotmail.com

 

Oda al Árbol – Gerardo Molina

  No concibo la vida sin el árbol.

Diz que había una senda de eucaliptos

Desde el Camino Real

hasta la casa de mi bisabuelo

-lugar de mi nacencia-.

Sus jugosos butiás de un gualda intenso

Allí una joven palma prometía.

Lejano ayer que casi no recuerdo…

(El campo era

como una fiesta vegetal.

Y era

el regocijo de los sembradíos

en los surcos solemnes, paralelos

-bajo su haz de colores

tan negros y tan serios-.

Allí, junto a “la linda”, el desgarbado

ñandubay y los talas

enmarañados, con su verde viejo,

tan mansos a pesar de sus espinas;

el gracioso espinillo;

como embobado de pasión, el ceibo;

y el ombú paternal,

nido de juegos.)

 

Entonces, niño aún,

en la chacra del abuelo materno,

muy cerca de “las casas”,

sorbí  mi jarro de espumosa leche

aún tibia del ordeñe mañanero.

Junto al nogal que siempre estaba

señoreando en el azul ¡tan bueno

regalándonos su corazón

en innúmeros frutos!… ¡Ah, el tiempo

nos deja la memoria

por lo que ya vivimos,

por lo que más queremos,

tenaz, piadoso y siempre

inexorable arquero.

 

¡Cómo olvidar los transparentes,

los paraísos jóvenes

con su rumor alado! (Adolescencia en sueños)

fraternales, guardianes, confidentes

de las lecturas ávidas, de aquel amor primero,

tristes a mi partida,

gozosos al regreso…

 

Después,

en tantos avatares del destino

no me faltó nunca la sombra amiga

de un árbol compañero,

vertical, sufrido y fuerte

con el ejemplo claro del renuevo,

feliz en la bonanza

y en la lid, consejero.

 

Con su abuelazgo de nidos y de flores

rumoroso o austero.

tan grato a mis remansos,

tan grato a mis silencios

sonoros y a los cauces

por donde infatigable

transcurre el pensamiento.

 

O acercándome estrellas

con su hálito fresco

para que bordase de fulgores

mis románticos versos,

luz que con mi voz lírica pagaba

hecha de música y de sentimientos.

 

Arbol, lejos quedaron

tu primera sonrisa

vuelta cuna que mi madre meciera

y prisas y trabajos y desvelos

y los caminos que parecen

en cada fin nacer de nuevo.

 

Tutela, abrigo, confidencia, canto…

Guardarás, luego, mi postrero sueño

que buscará otras albas del arcano

donde también habitarás tu cielo.

 

No concibo la vida sin el árbol.

 

Prof Gerardo Molina. Escritor uruguayo

e-mail: gerardomolinacastrillo@gmail.com

 

Notas. Dicc. de Aut. Diz- Apócope de dice o dícese.

Butiás- Frutos de la palma o palmera (“coquitos”, dátiles).

Gualda- de color amarillo.

“La linda”- Del lenguaje campesino, el o la linde, límite.

Ñandubay- Árbol del género de las mimosáceas (acacias),

de madera muy dura y pesada, que se emplea general-

mente en cercos de estancia, corrales, etc. Lo hay negro

y colorado. Clavado un poste de ella en tierra, no se pudre

jamás, antes se petrifica. (Daniel Granada: Vocabulario

Rioplatense Razonado).

Tala- Árbol frondoso, de hojas chicas, aovadas y escotadas,

y de ramas muy torcidas, fuertes y espinosas. Su madera es

blanca y se utiliza en muebles y obras de carrretería. Una

vara recta de tala, de que pueda formarse un bastón, se aprecia

en mucho por lo fuerte. (Obra citada).

Espinillo- Árbol de la familia de las mimosáceas, con ramas

cubiertas de espinas y hojas diminutas y florecillas esféricas de

color amarillo, muy olorosas.

Ceibo- Ärbol de flor amariposada; que se cría formando monte

en las vertientes e islas del Uruguay y Paraná; de tronco escabroso

y lindas hojas aovadas y venosas en cruz, a saber, dos opuestas

y una en el ápice de cada ramito, algunas, no todas, con una

espinita encorvada hacia abajo en el nervio por el lado del envés,

espinas que asimismo se halla diseminadas con irregularidad por

los ramos.  Al acercarse la primavera, cúbrese, a la par con las

hojas, de largos racimos de aterciopeladas flores de hermoso color

de lacre o granate claro sombreado, henchido de miel el cáliz.

(Obra citada).

Ombú. Árbol frondoso. Prende de rama y en cualquier terreno.
Su madera no arde ni sirve para nada; pero sus hojas tienen pro-

piedades medicinales: son purgantes. (Obra citada).

El bisabuelo, en cuya casa nació el autor, fue Domingo Molina.

El abuelo materno, a donde va a vivir con su hermano mayor y su madre viuda (su padre murió a raíz de un accidente cuando el poeta tenía sólo siete meses) se llamó Ángel Castrillo.

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